La conmoción por el femicidio de Agostina Vega volvió a poner en primer plano una pregunta: qué está ocurriendo con las adolescencias más vulnerables y cuáles son las responsabilidades de una sociedad que, una y otra vez, llega tarde. Para el padre Melchor López, vicario de los Pobres de la Arquidiócesis de Córdoba, la respuesta no puede buscarse únicamente en las fallas institucionales o en las carencias materiales. El problema, sostuvo, es más profundo y tiene que ver con una pérdida de sentido colectivo.
Desde su trabajo cotidiano en los barrios populares, advirtió sobre una sociedad “anestesiada”, atrapada por el consumo, con dificultades crecientes para conmoverse y para construir redes de cuidado capaces de proteger a niños, niñas y adolescentes. En diálogo con Perfil Córdoba, el sacerdote reflexionó sobre las causas de la violencia, el poder de las redes sociales, la retracción del Estado y el desafío de reconstruir comunidad.
—¿Qué revela sobre una sociedad el asesinato de una adolescente cuando, pasada la conmoción inicial, la vida colectiva sigue su curso casi sin interpelaciones de fondo?
—Revela lo “pasados de rosca” que estamos. El corazón humano está hecho para amar y ser amado, para tener sentidos trascendentes y significativos. También está hecho para conmoverse, para “moverse con” lo que acontece y transformar la realidad. Pero hemos comprado la falacia de “tener es ser” y de que “aparentar es gozar”. La velocidad con la que vivimos detrás de los consumos impuestos nos encegueció el corazón. Tenemos que recuperarlo.
—En los barrios donde usted trabaja, ¿la pobreza sigue siendo principalmente la falta de recursos o se ha convertido también en una falta de protección y de futuro?
—Sin sentidos, sin metas profundas y sin objetivos humanos trascendentes no hay futuro. Hay apenas un presente para soportar o anestesiar. Sin duda faltan recursos en los barrios más vulnerables, pero también faltan pertenencias, valores y sentidos que convoquen las fuerzas del corazón para luchar, amar y transformar la realidad. Somos un pueblo lleno de posibilidades, pero estamos un tanto narcotizados. Es tiempo de despertarnos.
—¿Qué cosas dejaron de estar presentes en la vida cotidiana de los chicos más vulnerables?
—Pienso que hoy carecemos de un tejido social más contenedor, más cuidador. Necesitamos una trama comunitaria más sólida y amigable, sin tanta sospecha. Cuidar a todos y todas es lo propio de vivir en sociedad. O nos cuidamos entre todos o nos dañamos entre todos. Necesitamos desplegar una cultura del cuidado, tener tiempo, ojos, espacio interior y paciencia para los demás. Contenernos es cuidarnos.
Para De la Sota, no alcanza con cuestionar al Gobierno para ser parte de lo que viene
Cuidado
La preocupación de López no se limita a los sectores más pobres. Su diagnóstico alcanza al conjunto de la sociedad y pone el foco en los cambios culturales que, a su juicio, modificaron profundamente las formas de socialización y de construcción de autoridad.
—¿Quiénes están llegando hoy primero a los adolescentes en situación de fragilidad: la familia, la escuela, el Estado, la Iglesia o las lógicas de la calle y las redes sociales?
—Pienso que primero las redes sociales y luego la calle. Tienen un poder descomunal sobre adolescentes y jóvenes, pero también sobre los adultos. Las instituciones tradicionales vamos detrás, un poco cansadas y desorientadas frente a lo que vemos que pasa. A esas instituciones se les exige el cuidado de los menores, pero el poder de convocatoria lo tienen las redes, con su intencionalidad de manipulación y consumo. De todas maneras, cuando una familia está básicamente sana sigue siendo la institución que más puede hacer. Cuando está enferma, su poder destructor también es enorme.
—¿Hay una relación entre el crecimiento de la desigualdad y la naturalización social de la violencia?
—La violencia se padece, se sufre y siempre escandaliza. Lo que sí se naturaliza son sus causas. Entre ellas mencionaría la cultura del consumo y del descarte, que enceguece el corazón humano y puede llevar hasta el desprecio de la vida, especialmente de la más frágil y vulnerable. Cuando hay desigualdad, todo se recrudece. El mandato de consumir alcanza tanto a quienes tienen recursos como a quienes no los tienen. Y eso genera dinámicas muy dañinas que condicionan ampliamente la libertad personal.
—¿Qué responsabilidades tienen las dirigencias políticas, económicas, religiosas y mediáticas?
—Las mayores responsabilidades las tienen quienes hoy ejercen más poder sobre niños y adolescentes. Pienso en los medios y también en las familias. Pero esas familias están sometidas a estilos de vida que dificultan la vida compartida y el seguimiento adecuado de los menores. Respecto de la política, la veo bastante alejada de la realidad de la gente de a pie y más aún de los empobrecidos. Y la Iglesia, aunque no perdió autoridad en los territorios vulnerables, sí perdió presencia significativa. No estamos con la calidad e intensidad con la que deberíamos estar.
—Cuando observa el caso de Agostina, ¿le preocupa más el crimen en sí mismo o las condiciones sociales que lo hicieron posible?
—Mi respuesta es primero emocional. No puedo dejar de preguntarme cómo es posible llegar a un crimen así y al tratamiento que recibió el cuerpo después. Quedé bloqueado frente a eso. Luego aparece una indignación infinita. Pienso que hay que llorar más, no dejar que la cosa pase, dejarnos afectar para impedir los olvidos. Y respecto de las condiciones sociales, creo que este caso muestra hasta qué punto está narcotizado el mundo adulto, que es el supuesto responsable de las nuevas generaciones.
—¿Qué efectos concretos tiene la retracción del Estado en los barrios más pobres?
—El efecto es profundamente nocivo e inmediato. La retracción del Estado deja a los vecinos a merced del narcotráfico, que regula todo según una lógica de destrucción del tejido social y de muerte de las personas.
—¿Qué papel pueden cumplir la Iglesia, las escuelas, las organizaciones sociales y los vecinos para reconstruir redes de protección?
—Un rol fundamental. El gran desafío es organizarnos, hacernos uno y fuertes. Iglesia, escuelas, organizaciones sociales y vecinos, todos juntos, soñando e invirtiendo tiempo, cabeza y corazón en la organización de la comunidad. El narco no puede hacerlo porque su lógica es la muerte. El Estado tampoco puede hacerlo solo porque, aunque tiene recursos, no posee el cuerpo a cuerpo necesario. Tenemos que salir de los encierros institucionales, soñar juntos y planificar una salida donde entren todos, comenzando por los más pequeños y vulnerables.
—Si este caso obligara a Córdoba a hacerse una sola pregunta incómoda, ¿cuál debería ser?
—¿Qué decisiones personales y de raíz tengo que hacer hoy para que nunca más ocurra algo igual?