“Vayan preparando la indemnización”. La frase se viralizó entre propios y extraños, apenas se conoció la contratación de Jorge Sampaoli como nuevo DT de Talleres, un día antes del inicio del Mundial de México, Canadá y Donald Trump. Aludía a las sistemáticas y millonarias desvinculaciones forzadas que ‘El Hombrecito’ protagonizó antes de su sorpresivo desembarco en el Predio Amadeo Nuccetelli, y al mismo tiempo insinuaba una profunda crisis de fe entre los devotos del club de barrio Jardín. Dos meses, cinco partidos y cuatro derrotas después, con un equipo que marcha último en la Zona A y es el más goleado del Torneo Clausura de la Liga Profesional de Fútbol, las almas albiazules ya no saben a quién rezarle. “Una buena jugadita, por el amor de Dios”, claman parafraseando al escritor uruguayo Eduardo Galeano en ‘El Fútbol a sol y sombra’.
Después del 1-3 ante Gimnasia de Mendoza, la imagen que recorrió las redes fue la de Sampaoli saliendo de la cueva del ‘Lobo’ cuyano, en silencio, desconcertado y camuflado con un gorro que acentúa su apariencia de Pitufo. Un vigilador tuvo que indicarle ‘qué trole’ había que tomar para seguir. Al menos hasta Córdoba. La guardia periodística ni se molestó en seguir sus pasos, más apurados que esos de costumbre, con los que suele hacer surcos delante del banco de suplentes, yendo y viniendo como poseído durante los partidos. El otrora ‘mejor director técnico del mundo’ (‘Chiqui’ Tapia dixit) se marchó sin hablar, aunque la verdad es que no quedaba mucho por decir. No había forma de explicar semejante actuación, por más que el casildense apelara al enrevesado diccionario de los entrenadores presuntuosos, su manual de cabecera, o sacara de la galera algún verbo desconocido. ‘Nunca logramos transicionar’, había dicho después de que Lanús también le metiera tres goles a su Talleres, en el Estadio Kempes, algunos días antes del fiasco en tierras cuyanas.

Esta vez no hubo línea de cinco, o de tres, como para echarle la culpa al sistema, o al empecinamiento del DT en meter en un molde a sus jugadores, sin respetar las mejores posibilidades que cada uno de ellos puede ofrecer a la causa colectiva. Con una defensa más clásica, pero igual de frágil que las anteriores, Talleres apostó una vez más a hacerse fuerte con el toqueteo de Fattori y Galarza, quienes esta vez no pudieron hacer sus habituales y tediosas sesiones de ‘pata-tenis’ en la mitad de la cancha y sucumbieron ante la asfixiante presión del rival. ¿Cristaldo? Bien, gracias. Un ‘intocable’ que alterna como enganche, carrilero, mediapunta, ‘doble cinco’ o lo que venga, y que indefectiblemente termina deambulando por la cancha, intrascendente. Adelante, ni Martínez, ni Barticciotto, ni Dávila. Sampaoli zanjó la polémica de los delanteros apelando a los ligeritos Depietri y Rick, quienes alternaron en la función de ‘falso 9’, una alquimia que supo poner en práctica con el mismísimo Lionel Messi durante su fallida gestión como seleccionador argentino en Rusia 2018. En una cancha chica, sin tantos espacios para las réplicas, no pareció lo más acertado apostar por los dos velocistas. A la hora de buscar variantes, ya en desventaja y al borde de una catastrófica goleada, el sucesor de Carlos Tevez gastó tres de los cinco cambios con dos laterales y un zaguero. Las modificaciones no modificaron nada. Ni el juego ni la actitud. El beso al escudo de su camiseta de Santiago Fernández, tras el gol del descuento, resultó un excepcional gesto de identidad y ganas de estar, más allá de un modelo que concibe al jugador como ave de paso, o mercadería perecedera.

Transiciones
La imagen de un DT impotente, sin dar indicaciones y esperando que el telón bajara lento y piadoso en Mendoza, es la otra cara de una moneda que mostró su anverso días atrás, con un presidente esperando que le acerquen al auto al césped del Kempes, para emprender la retirada sin moros en la costa. A salvo de la incómoda interpelación de algún hincha, y también de la inoportuna pregunta que alterara el ritual de embolsar centros a la olla.
Dos meses, cinco partidos y cuatro derrotas atrás, Andrés Fassi definió a Sampaoli como ‘el entrenador de mayor jerarquía que ha llegado a Córdoba’. A pesar de haberle dedicado semejante piropo, el mandamás de la ‘T’ blindó de la exposición mediática al flamante entrenador, a quien presentó a través de las redes sociales del club y mandó de pretemporada a Buenos Aires. Raro. Nada mejor que un nombre rutilante -un técnico ‘carteludo’, en este caso- para recuperar espacios en la agenda de las noticias futboleras, por entonces dominada ampliamente por la vuelta olímpica de Belgrano. Ni fuegos artificiales, ni bombas de estruendo, ni pitos y matracas; ameritaba simplemente una conferencia de prensa.
Está claro que, tras surfear la ola del conflicto con la AFA y digerir ‘la afrenta’ que le representó disputar el poder con otras dos listas de candidatos, la gestión de Fassi sufrió un golpe inesperado con la consagración del Pirata. El impacto no sólo lastimó su orgullo; también dañó seriamente la propaganda. Desarmó el discurso del éxito deportivo vinculado exclusivamente a un modelo de gestión privatista, exportador y con el déficit cero como principal meta de gobierno. La aventura de contratar a Sampaoli, un golpe de efecto sin efecto, coincidió con el momento de máximo desconcierto de una conducción que sigue sn mostrar nombres propios que puedan convertirse en alternativa para el día después.

“En el caso de Talleres, he dejado que el club maneje el tema del mercado, porque en otros lugares me generó bastante incomodidad con los dirigentes el hecho de tener posturas diferentes”. En su último diálogo con la prensa, Sampaoli dejó en claro una de las claves de su convivencia con Fassi. Moraleja: fue el directivo quien eligió a Fattori, Riquelme y Fascendini (flojitos los tres ante Gimnasia de Mendoza); activó con Guido Herrera el ‘compromiso de salida’ (término que sólo se escucha en Talleres); negoció a Ortegoza a Racing; ‘colgó’ a Catalán por no renovar contrato; ofreció a Martínez a San Lorenzo como moneda de cambio de Alexis Cuello; contrató al uruguayo Álvarez Martínez (cuatro goles en la temporada pasada en la Serie B de Italia); bajó a la reserva al pibe Dávila (cuatro goles en este año); y vendió al brasileño Guth al equipo neerlandés que el año pasado le había vendido al brasileño Guth. Ahora trata de colocar en Colo Colo de Chile a Barticciotto, quien firmó planilla ante Lanús a pesar de estar lesionado, una vez más. En simultáneo, Fassi buscó cerrar alguna buena transferencia, léase Baroni, Galarza o Cristaldo. Lo suyo, se sabe, es el libre mercado. La sustentabilidad como la ‘estrella’ más preciada.
Perdido y sin rumbo, así anda Talleres. Adentro de la cancha, donde no da pie con bola, muestra un preocupante desconcierto y suma derrotas. Y afuera del rectángulo de césped, donde tampoco termina de convencer su estrategia, más allá de que la acumulación de ceros resulte un mejor indicador en las planillas de Excel que en las tablas de posiciones. Cara y cruz de una misma realidad. Aunque ya sabemos de qué lado termina cayendo siempre la moneda, cuando la cosa se complica y hay que definir a suerte y verdad.
Vayan preparando la indemnización.