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CóRDOBA / EN PRIMERA PERSONA
domingo 8 septiembre, 2019

Víctima cuenta cómo pudo salir del círculo de violencia machista

Evangelina relató su testimonio a PERFIL CORDOBA. En 2016 denunció a su expareja, después de 11 años de convivencia. Cómo vivía antes y qué rol tuvo el Polo de la Mujer.

por María Ester Romero

EVANGELINA GONZALEZ. “Al Polo (de la Mujer) le debo lo que soy ahora”, dice después de dos años de haber iniciado el camino para abrirse del círculo de violencia que padecía. Foto: Fino Pizarro
domingo 8 septiembre, 2019

Es difícil, pero se puede.Ese es el mensaje que decanta luego de escuchar la historia de Griselda Evangelina González (41 años), madre de dos hijos adolescentes, quien nació en Formosa y vivió un tiempo en Buenos Aires.

Una de las veces que viajó a su ciudad natal para visitar a la familia, conoció a quien fue luego su pareja durante casi 12 años. “Fue mi primer novio, apenas nos conocimos nos vinimos a vivir juntos a Córdoba”, narró a este medio. Entonces, él tenía 24 años y ella solo 16.

Por padecer trombofilia, perdió seis embarazos. “Después de tres años de convivencia comenzó la violencia verbal hasta llegar a la física”, relató. Aún hoy recuerda algunos episodios. Durante los embarazos, recibió trompadas en el vientre. Un día, él la empujó contra la pared. Ella, para defenderse, se cubrió el rostro con su brazo izquierdo. Terminó con la muñeca quebrada. Un vecino la llevó al Hospital de Clínicas, en barrio Alberdi. A la médica le dijo que se había caído por la escalera, pero no le creyó. Quedó con secuelas, como no poder mover la mano para saludar.

Por aquellos años, ella trabajaba como empleada doméstica hasta que se incorporó a una empresa que tenía su pareja. Él era chef y tenía la concesión del servicio de catering en la sede de un colegio profesional. “Aunque no tenía deseo , tenía relaciones sexuales para que al día siguiente él se levantara bien”, señaló.

Griselda no tenía amigas ni familiares. “No podía ni tomar mate porque siempre decía que eso era de vagos y atorrantes”, recordó. Siempre estaba mal vestida, se recogía el pelo en un rodete, usaba remeras más grandes que su talle: “Mi mamá nunca estuvo de acuerdo con la relación –añadió- y me recriminaba que me presentara de ese modo porque decía que teníamos dinero para comprar ropa”.

En su vida hubo un antes y un después, a partir de la concreción de la denuncia judicial en 2016. Siempre la llamaron Griselda. Desde que salió de la espiral de violencia en que vivía, decidió comenzar a usar su segundo nombre: Evangelina.

Gran parte del tiempo que convivió con su expareja estuvo signado por las discusiones por celos. Le reprochaba ser una “loca”, “problemática”. Por lo general, la mujer que vive en un ámbito de violencia familiar carga con culpas de las situaciones violentas. Se siente responsable de ello.

Los hijos presenciaron no pocos hechos violentos. En uno de ellos, el mayor se interpuso para evitar que la golpeara. Una de las circunstancias que le quedaron grabadas fue una conversación con su madre, quien falleció a los 51 años por un paro cardiorrespiratorio. Le recomendó que “sea feliz” porque la veía con los “ojos tristes”.

 

ENTREVISTA

“Percibo enseguida cuando una mujer es maltratada”

 

—¿Se daba cuenta de que vivía en un ambiente violento?

Sí, pero no tenía adonde ir. Cuando (mi pareja) me golpeaba, inventaba que me caía, faltaba al trabajo dos o tres días hasta que desaparecieran los moretones.

—¿Cómo logró salir?

—Un día, mientras pasaban por televisión un informe sobre la marcha “Ni una menos”, mi hijo mayor me dijo que yo tendría que haber estado ahí. Y después me impactó la historia de Rosa (Baigorria, una mujer de 74 años que sobrevivió al intento de femicidio perpetrado por su novio, a quien había conocido en un centro de jubilados). Yo vivía con miedo, palpitaciones. Un día, cuando íbamos a casa, él me amenazó y me largué a llorar frente al Patio Olmos. Le pedí ayuda a un policía y nos llevaron a la comisaría 1º. Fue la primera denuncia que hice. Después volvimos a casa y él no reaccionó, no pasó nada.

—Y hubo un día en que decidió terminar con esa situación. ¿Cómo fue?

Fui al Polo de la Mujer. Fue el 12 de mayo de 2016, a las 13 horas. Ese día nací de nuevo, por eso recuerdo la fecha. Me atendió Lili en mesa de entradas. Me contuvo hasta que a las 19 entré a hablar con asistentes sociales y psicólogas. Pedí que no me mientan, porque pensé que después volvería a mi casa y todo sería igual. Me contuvo Claudia Martínez (titular del Polo).

—¿Volvió a su casa?

—Sí. De madrugada y con custodia policial. Yo temía porque él tenía un arma de fuego, heredada de su papá. Inmediatamente, el juez dictó una perimetral y me dieron el botón antipánico. Todo sucedió muy rápido. Él se tuvo que ir de la casa.

—En ese momento trabajaban juntos, ¿cómo pudo subsistir?

—Conseguir trabajo era muy complicado porque ni siquiera tenía el secundario completo. Lo terminé en el Polo de la Mujer. Me otorgaron una beca de $3.000 mensuales. Una tía me dio capital para vender ropa. Ahora tengo cobertura de Apross. Y comencé a cursar Trabajo Social, estoy en segundo año.

 

Evangelina pasó del rodete al pelo corto y arreglado. Varios anillos pueblan sus dedos. Usa ropa de colores claros, vistosos y una sonrisa amplia inunda su rostro e ilumina sus ojos. Actualmente, trabaja en una dependencia de la Dirección de Estadísticas de la Provincia. “No quiero ser más víctima”, subraya. Cuando es convocada para ayudar en actividades del Polo de la Mujer asiste con gusto y afirma: “Percibo enseguida cuando una mujer vive violencia”. Es comprensible. Esa misma violencia le atravesó el alma y el cuerpo.


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