CULTURA
escándalo en francia

Michel Houellebecq se expide contra la eutanasia y sacude a la sociedad francesa

El escritor francés rompe el silencio y lo hace con dos artículos de tono apocalíptico, publicados mientras el país mira fútbol. A partir de Yeats, Chesterton y la sombra de “Soylent Green”, el escritor denuncia la conversión del moribundo en un costo, cuestiona la retórica de la dignidad y la autonomía, y advierte que una civilización empieza a deshacerse cuando elimina la última excepción al cálculo de la utilidad: el cuidado de quien ya no puede devolver nada.

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Eutanasia. Arriba: Michel Houellebecq. Abajo: Leurent Freémont. A der, de arriba abajo: Albert Camus, G.K. Chesterton, Victor Hugo y William Butler Yeats. | cedoc

El jueves pasado, día en que la selección francesa de fútbol competía contra su par de Marruecos, a seis días de la votación final en el Senado del proyecto de ley de eutanasia, el escritor Michel Houellebecq –nacido Michel Thomas hace 70 años, en la isla de Reunión, territorio ultramarino galo–, publicó un artículo en el diario Le Figaro bajo el título: “El mar ennegrecido por la sangre”. Esta intervención resulta llamativa en semejante tribuna mediática y significa un gesto de ruptura de su silencio ante un Parlamento que, se sospecha, aprovecha la nube deportiva para avanzar a espaldas de la sociedad en tan polémico tema.

Allí afirma: “No estoy seguro de querer pertenecer a una sociedad que legaliza la eutanasia. Al pedir a sus ciudadanos acceso a la eutanasia, Francia está pidiendo su propia eutanasia”. El título evoca al poema El segundo advenimiento, del poeta irlandés William Butler Yeats –escrito al finalizar la Primera Guerra Mundial–, más precisamente a los versos: “La anarquía se abate sobre el mundo,/ se suelta la marea de la sangre, y por doquier/ se anega el ritual de la inocencia”.

Con la oposición de esta metáfora, Houellebecq ataca el discurso legislativo desmoronando su carácter técnico y frialdad normativa, apela a la conciencia –acaso a una moral subyacente– de una sociedad francesa cuya juventud se muestra desinteresada en un 77% sobre esta legislación. ¿Lo escucharán los senadores? Hasta ahora no parece eso. La campaña del escritor contra la “muerte asistida”, sobre la “elección y acompañamiento”, se remonta a más de seis años atrás.

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En todo este tiempo desarrolló distintos argumentos, uno de ellos el de pendiente resbaladiza, según el cual la legalización de la muerte asistida crearía una presión sobre las personas vulnerables, ancianas o discapacitadas para que “elijan” la muerte para no ser una carga social, descartando cualquier garantía al respecto. Entre las referencias utilizadas por el escritor incluyen a la película Soylent Green (Cuando el destino nos alcance, 1973, dirigida por Richard Fleischer), distopía sobre una sociedad que utiliza la eutanasia como obligación social y así reciclarlos como alimento. Canibalismo tecno.

El segundo argumento critica la noción de “dignidad”. Houellebecq cree que la palabra ha sido malinterpretada por los defensores de la ley para justificar el abandono de la solidaridad. También se burla del vocabulario de la comodidad y la autonomía, al que señala como neolengua que intenta enmascarar una regresión antropológica. Cuando los defensores de la ley hablan de “elegir la propia muerte con dignidad”, Houellebecq escucha “deshacerse de quienes estorban”.

Pero el mismo día, Michel Houellebecq publica otra columna, escrita junto a Laurent Frémont –profesor de Sciences Po, cofundador del colectivo Démocratie, Éthique et Solidarités, que reúne a destacados médicos, cuidadores, abogados e intelectuales opuestos a esta propuesta de ley–, esta vez en Le Point. Allí expone que quien padece una enfermedad terminal, el desahuciado, es “entre todos los hombres, el único que ya no devolverá nada: en la contabilidad de flujos, un puro costo, el único ser humano completamente en déficit. Frente a esta aritmética, cada civilización ha establecido un sistema de excepciones: el domingo, la noche, la infancia, la cabecera. Lo sagrado nunca ha sido otra cosa: lo inútil que permanece prohibido. La modernidad los ha ido recuperando uno a uno: ha caído el domingo, la noche se ha desvanecido, la infancia se ha convertido en un mercado. Lo que quedaba era el lecho del moribundo, el último territorio donde no entraba la utilidad. Chesterton solo preguntaba una cosa antes de quitar una valla: saber por qué la habían levantado; esta es la edad de la especie, y la quitaremos a mano alzada. Llamamos descivilización a la extinción de la última excepción”.

Este texto lleva el contundente título: “Un moribundo cuesta, un muerto no cuesta nada” (ver columna adjunta donde reproducimos el final). En la tradición de Victor Hugo y Albert Camus, apelar a los restos de humanidad del ser contemporáneo, más allá de creencias religiosas, es un llamado de atención sobre el destino de esta civilización obsesionada en ser tecnológica.

El cuidado de nuestros muertos

Michel Houellebecq y Laurent Frémont

Nadie hablará de dinero: las explicaciones las redactan personas discretas. Las cifras, sin embargo, son sencillas: una persona moribunda cuesta dinero, una persona muerta no cuesta nada. Una civilización habría construido hospicios; se aprobará una ley. Es más rápido, casi gratuito, y se denominará un nuevo derecho. Esto comenzó con compasión y terminará con contabilidad.

Cioran, quien hizo de la desesperación su profesión, confesó: “Sin la idea del suicidio, me habría suicidado toda mi vida”; murió en su cama a los ochenta y cuatro años. La libertad de morir es una libertad interior; cuando se convierte en un servicio público, cambia su naturaleza y su lealtad. Rilke suplicó que a cada uno se le concediera su propia muerte, aquella que madura dentro de la vida como su fruto; un siglo después, la respuesta es una muerte fabricada: fechada, medida y sancionada oficialmente. Pero no se aborda el miedo al abandono organizando el abandono.

Humanitas proviene de humare: nuestro nombre deriva del cuidado de nuestros muertos, y aún más de nuestros moribundos. Si se aprueba la ley, nada visible cambiará; las bibliotecas seguirán abiertas (aunque vacías), los trenes circularán más o menos. Simplemente, la última excepción habrá desaparecido. Entonces, con toda honestidad, tendremos que plantearnos cambiar de nombre.