29 oct 2020
CULTURA |Pensar ficción
viernes 24 julio, 2020

Pablo Maurette y su primera novela

El ensayista argentino que se popularizó a nivel mundial por armar, desde Twitter, lecturas de Dante, Cervantes y Homero, publica "La migración".

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Omar Genovese


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Pablo Maurette nació en Buenos Aires en 1979. Es licenciado en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires, magíster en estudios bizantinos en la Universidad de Londres, y doctor en literatura comparada por la Universidad de Carolina del Norte, Estados Unidos. Actualmente es profesor de literatura comparada en la Universidad de Chicago. Foto: Cedoc Perfil
viernes 24 julio, 2020

La migración que aquí ocurre es de índole lingual. En el acto de lectura de las páginas, en ése tiempo que Maurette pacta con el lector, el cambio de época responde a una especie de palpitación o reflujo del respirar con el texto. De esta manera se mezclan las escrituras de un presente del investigador universitario en Chicago, la de una víctima omitida como tal en ése ámbito (erudito rumano, fusilado en el baño de manera vergonzosa), así como la de una tercera persona omnisciente que refiere a quienes reciben el dudoso original escrito por el primero, y sobre el cual realizan una lectura colectiva, conformando una deriva de notas al pie invadiendo párrafos en otra realidad futura, tan probable como siniestra. 

Así lo expuesto, las transiciones obedecen al entrecruzamiento de géneros: biografía, policial, filosofía, enumeraciones, cartas, diario íntimo, ensayo, junto con lo canónico y la tradición, de forma lateral, el progreso de lo novelesco debe su verosimilitud tal acumulación que opera sutil como reloj silente. El laberinto de voces hilvana diálogos sin los guiones clásicos para abrir el discurso (omisión tipográfica cómplice), y así la enunciación imanta voces, en un abanico de certidumbres inestables. Esta continuidad es un artificio de prolija hechura: al lector nada se le oculta porque va por el mismo sendero, a tientas, confiado. 

 

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Como un entramado literario más, el supuesto yo de quien escribe se posterga en un ocultamiento tan mágico como la teoría de la transmigración de las almas. Ése que escribe, mientras lo hace, tiende velos, así obran las páginas de los que comentan e interrumpen con derivas hacia otra lengua (la que el investigador abandonó al migrar, la lengua madre que a todos define y también abandona), la del mismo rumano muerto por buscar la falla de esa lengua política de los Cárpatos, también desterrada, por tanto animista. Ahí mismo se produce la transmigración de la lectura. Qué es eso: La migración es un viaje temporal (por tanto espacial), entre lectores insomnes para los que el presente es un pasaje de un estado a otro del saber (siempre en conjetura), vale decir, de una alucinación lúcida a otra, más distante, en otros conocimientos como lecturas. Y en ese estado inestable, ocurren las ideas.

Pero las ideas, y vale la comparación para el lector, forman la corriente que arrastra la nave para donde su efecto acciona; mientras que, con dimensión y potencia, las velas resisten en dirección contraria, empujadas por la lengua en acto. La estela en esa superficie cristalina es el tiempo, su deformidad, alteración constante, la deriva como huella. La novela, entonces, desde el narrador, sigue firme, asida por el rumbo de un destino de libro: ese manuscrito leído, comentado, se presenta en un gesto colectivo sin relevancia. Entre los presentes, toma nota un viejo sabio. Casi como gesto de Brueghel, abandona la escena arrastrando todos los símbolos que a nadie pertenecen: como el habla infantil, verdadero lazo con un imposible retorno. Tal vez se trata del escritor Maurette, ya viejo, jugando sus cartas por debajo de la mesa, saludando amable, a la busca de una reencarnación en alguna ficción futura.

 

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Existen capas de sentido como transparencias. Esto permite al fenómeno por el que migra el tiempo narrativo hacer del estilo un flujo que olvida al autor que todo maneja, perdiendo la voz su ubicuidad absoluta en el envés de una pantalla que reproduce el ejercicio lector desde un Joseph Conrad despreocupado o un Anthony Burgess renacido en picardía. ¿Un gesto final para salvar la propia lengua? Tal vez, o porque todo lo que dice el pasado sobre nosotros es cierto, más allá de la memoria esquiva, en meandros donde el final nunca se permite, porque aparece otra lectura, y otra, repetición o arena en un viento eterno.

 


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