martes 13 de abril del 2021
CULTURA
25-01-2015 00:00

Sumisión o el desafío de una provocación

Oportunista genial o agorero impenitente, Michel Houellebecq publica una novela distópica en la que Francia se encuentra gobernada por un musulmán. Reflexión y análisis de las claves literarias del fenómeno del momento.

Redacción de Perfil.com
25-01-2015 00:00

Como en Ampliación del campo de batalla y La posibilidad de una isla, Sumisión, la novela que volvió a poner la literatura en el centro de la escena mediática, está relatada en primera persona. Su personaje principal, sin nombre, un amargo profesor de la Sorbona, no puede ser otro que el mismísimo Michel Houellebecq con variaciones mínimas. Pero con su propio destino anclado en la materia de su tesis, titulada “Huysmans o la salida del túnel”, lo que anuda una trama de pérdidas y crisis personales. Una caída, lenta, tan lenta como inexorable. El destino del personaje literario de Sumisión sufre más el peso del tiempo que su paso. Los hechos no lo rozan, más bien profanan su existencia.

Houellebecq pregunta relatando, informa durante el consumo de bebidas exóticas, recurre al diálogo, al intercambio humano como única fuente de saber en la vida. En contraste, la soledad, qué hacer con ella, surge como la piedra de la condena moderna. Vaya novedad, el hombre está permanentemente necesitado de satisfacciones. Bebe calvados, vino Meursault, boukha, ron, porque las inmanentes ofertas de la rica y civilizada Europa lo dejan más seco que mojado, sin esperanzas, y entonces… ¿Qué es la vida? ¿Todo el esfuerzo para esto? Por esos huecos de sinsentido, en esa falta de propósito posmoderno y alegría genuina, se cuelan insidiosamente los monoteísmos del desierto inventados en el año cero. Las religiones del libro: islam, cristianismo, judaísmo.

Luego, ingresa el tedio, el miedo, la pequeña miseria de un hombre al llegar a la madurez. Sin posibilidad de un amor estable, el profesor falla porque se reduce a seducir a una alumna y perderla en menos de un año. Su trono o púlpito resulta tan ilusorio como fugaz. Y es aquí donde Houellebecq juega con el conflicto político, recurriendo a un amigo inserto en el aparato de inteligencia, que al explicar el futuro de Europa instala el fantasma de una Eurabia y que el candidato moderado del partido islámico es un lobo disfrazado de cordero. La cachetada no es al islam, sino a la clase política francesa, que de tan decadente apuesta al multiculturalismo cediendo en algo más, siempre más, que resulta imperceptible, pero amenazador.
No existe la posibilidad de rasgarse las vestiduras después de posar los ojos en Sumisión. Los degollamientos en HD, las ablaciones de clítoris, las muertes por piedras, los estallidos de niños son la verdadera provocación. No sólo chocan como aberración estética sino también porque lo ordena el personaje central de un best seller de ficción: aquel que no puede ser representado como imagen. En vez de considerar si la libertad de expresión merece el rigor de los límites, tenemos que evocar “las libertades” que un totalitarismo garantiza a su élite. Marginar, someter, torturar, asesinar. Gozar de la libertad de hacer con el que no les sea útil una papilla para abonar el suelo.

Al fantasear con una factible Francia regida por el Partido Islámico, Houellebecq provoca a la mujer europea liberada y sus derechos bien adquiridos. Invita a la sumisión a aquellos privilegiados hombres, que a cambio de cinco oraciones diarias podrían quintuplicar su salario y disponer, bajo un mismo techo, de una esposa de cuarenta que les cocine y otra de quince… para otras cosas. ¿O es que existe últimamente algo más a lo que un adulto puede dedicarse que no sean la pasión carnal o la gastronomía? En sí, y como afirmó el autor hace unos días en Alemania, la novela no es islamofóbica. Tampoco incita al rechazo de sus costumbres, nada más pone en escena cómo sería ese diálogo cultural que hoy resulta imposible.
Mientras tanto, el libro ha vendido más de 150 mil ejemplares en Francia y otro tanto en Alemania. Es un éxito, y podemos arriesgar que su materia resulta más un arma de difusión que una advertencia. También ejecuta una predicción: la insatisfacción del hombre es una condena, triste, terrible, inevitable. Una herida que ninguna creencia, y menos aún los fanatismos, pueden suturar.

*Bob Chow, escritor y músico. En 2014 publicó El momento de debilidad (novela), Ed. Nudista.
 En 2015 publicará las novelas El águila ha llegado y Prostitución e introspección.

 

Dos fragmentos de ‘Sumisión’

“… esa mañana de mayo”.

Suave y susurrante, su discurso continuó durante unos diez minutos antes de que pasaran a las preguntas de la prensa. Yo había notado desde hacía un tiempo que los periodistas más agresivos estaban como hipnotizados, reblandecidos en presencia de Mohammed Ben Abbes. Me parecía, sin embargo, que había preguntas embarazosas que podrían habérsele hecho: la supresión de la enseñanza mixta, por ejemplo; o el hecho de que los docentes debieran abrazar la fe musulmana. Pero, después de todo, ¿no era eso lo que había sucedido con los católicos? ¿Era necesario ser bautizado para enseñar en una escuela cristiana? Reflexionando, me di cuenta de que no sabía nada de eso, y en el momento en que terminaba la conferencia de prensa comprendí que había llegado exactamente allí donde el candidato musulmán quería llevarme: una suerte de duda generalizada, la sensación de que no había nada de lo que alarmarse, ni nada verdaderamente nuevo.
Marine Le Pen contraatacó a las doce y media. Violenta, recién salida de la peluquería, filmada en leve contra-picado delante del Hôtel de Ville, estaba casi bella –lo que contrastaba claramente con sus apariciones precedentes: después del giro de 2017, la candidata nacional se había persuadido de que, para acceder a la magistratura suprema, una mujer debía parecerse necesariamente a Angela Merkel, y se aplicaba en igualar la respetabilidad poco atractiva de la canciller alemana, llegando incluso a copiar el corte de sus tailleurs. Pero esa mañana de mayo parecía haber encontrado una brillantez, un arrebato revolucionario que recordaba los orígenes del movimiento. Desde hacía un tiempo que corría el rumor de que ciertos discursos suyos eran escritos por Renaud Camus, bajo la supervisión de Florian Philippot. No sé si ese rumor era fundado, pero en todo caso ella había hecho progresos considerables. De entrada, fui impresionado por el carácter republicano, e incluso decididamente anticlerical, de su intervención. Sobrepasando la referencia banal a Jules Ferry, se remontaba hasta Condorcet, del que citaba el memorable discurso de 1792 ante la Asamblea Legislativa, donde evoca a los egipcios y a los hindúes, “en los que el espíritu humano hizo tantos progresos, y que volvieron a caer en el embrutecimiento de la más vergonzosa ignorancia, en el momento en que el poderío religioso se apropió del derecho de instruir a los hombres”.

—Yo creía que ella era católica –me hizo notar Myriam.
—No lo sé, pero su electorado no lo es, el Front National nunca llegó a penetrar en los católicos, son demasiado solidarios y tercermundistas. Ahora ella se adapta.

Páginas 109-110

“… parece muy joven”

En la estación Place Monge tuve la mala idea de tomar la salida Arènes de Lutèce. Ciertamente, en el plano topográfico, estaba justificado, desemboqué directamente en la Rue des Arènes; pero había olvidado que esta salida no tenía ascensor, y que la estación Place Monge estaba situada cincuenta metros por debajo del nivel de la calle, estaba completamente exhausto y sin aliento cuando desemboqué de esa curiosa boca de metro, cavada dentro de las murallas del jardín, con sus gruesas columnatas y su tipografía de inspiración cubista, cuya apariencia general neobabilónica era perfectamente incongruente con París –y lo hubiera sido, por otro lado, prácticamente en cualquier otro lugar de Europa.
Al llegar al 5 de la Rue des Arènes, me di cuenta de que Rediger no sólo vivía en una calle encantadora del Quinto Distrito, sino también en una casa peculiar del Quinto Distrito, incluso mejor: vivía en una casa histórica peculiar. La casa del número 5 no era otra que esa inverosímil construcción neogótica, flanqueada por una torrecita cuadrada que quería evocar un torreón angulado, donde Jean Paulhan había vivido desde 1940 hasta su muerte, en 1968. A título personal, nunca había podido soportar a Jean Paulhan, tanto su costado eminencia gris así como sus obras, pero había que reconocer que había sido uno de los personajes más poderosos de la edición francesa de la posguerra; y que había vivido en una casa muy bella. Mi admiración por los medios financieros puestos a disposición de la nueva universidad por Arabia Saudita no hacía más que crecer.
Llamé a la puerta y fui recibido por un mayordomo cuyo traje blanco crema, con un saco de cuello Mao, evocaba un poco la vestimenta del antiguo dictador Kadhafi. Me presenté, se inclinó ligeramente, en efecto me estaban esperando. Me pidió que esperara en un pequeño vestíbulo iluminado por vitrales mientras él iba a avisarle al profesor Rediger. Esperé durante dos o tres minutos hasta que una puerta se abrió a la izquierda y una chica de unos quince años, vestida con un jean de tiro corto y una remera de Hello Kitty, entró en la pieza; sus largos cabellos negros ondeaban libremente sobre sus hombros. Al verme soltó un alarido, intentó torpemente disimular su rostro con sus manos, dio media vuelta y salió corriendo. En ese mismo instante apareció Rediger en el rellano superior, y descendió la escalera a mi encuentro. Había visto el incidente, e hizo un gesto resignado tendiéndome la mano.
—Es Aïcha, mi nueva esposa. Va a estar muy disgustada, ya que usted no debería haberla visto sin velo.
—Lo siento mucho.
—No, no pida disculpas, es culpa de ella; ella tendría que haber preguntado si había un invitado antes de pasar al hall de entrada. En fin, todavía no está habituada a la casa, ya lo estará.
—Sí, parece muy joven.
—Acaba de cumplir quince años.

Páginas 242-244

Traducción de Mariano Dupont, su último libro: Arno Schmidt, novela, Seix Barral, 2013.

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