El mundo de la producción vitivinícola seduce cada vez más a empresarios e inversores. Apuntando a ese componente aspiracional y aprovechando el prestigio alcanzado por sus viñedos, los dueños de la Bodega del Fin del Mundo (50% de la familia Eurnekian y 50% de la familia Viola) lanzaron un emprendimiento inmobiliario-productivo en Neuquén, que invita a inversores relativamente chicos a transformarse en productores de vinos.
Tras invertir unos US$ 11 millones, el proyecto se asienta en un predio de 146 has. especialmente aptas para cultivar Malbec, en San Patricio del Chañar, a pocos minutos de la capital neuquina. A partir de una inversión de “sólo” US$ 350 mil (se cancela en pesos al cambio oficial, aclaran) se adquiere una parcela de tres hectáreas en el bautizado “Clos del Fin del Mundo”.
A la vez, esta será la nueva submarca para las distintas denominaciones comerciales que cada inversor quiera crear.
“Ponemos a disposición de cada propietario la infraestructura, tecnología y asesoramiento para el mejor vino”, explicó Julio Viola. “Los inversores ingresarán en el mundo vitivinícola no sólo como amantes sino como productores y bodegueros”, se entusiasma.
El retorno de la inversión no provendría sólo de esa vía, ya que cada “socio” puede decidir el destino de su producción: puede vender la uva a cualquier otro productor o a la misma bodega-madre del “Fin del Mundo”; puede usarla para crear un vino para consumo propio o desarrollar una marca, venderla y exportarla.
El predio cuenta con 36 parcelas o “clos”, los viñedos delimitados por paredes de piedra. Cuatro ya fueron vendidas, al igual que una buena cantidad de espacios comunes que incluyen una posada para recepciones y actividades sociales, canchas de tenis, caballerizas, granja y huerta, apuntado a reforzar el sentimiento de pertenencia a ese codiciado y selecto life style.