ECONOMIA
ENTREVISTA A GUSTAVO GROBOCOPATEL

"El campo es la nueva burguesía"

Por primera vez, habla a fondo de su modelo de negocios, critica al poder y quiere ser multinacional.

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EL REY DE LA SOJA. Quiere convencer a su mujer para irse a vivir a un tambo y convertir a Los Grobo en una multinacional. | Cedoc
–¿Qué es Los Grobo? ¿Un emprendimiento familiar exitoso, una organización social que se cuelga de la oportunidad que da el mundo?
–Detrás de las acciones, hay ideas. Y detrás de las ideas, un concepto que las sustenta. El concepto es: surge una nueva sociedad, con un cambio revolucionario. La revolución del conocimiento o de la información. Genera que las organizaciones funcionen con características diferentes a las que tenían hace 10 ó 15 años. Ahora la gente es más libre y quiere hacer lo que quiere y los individuos son más emprendedores y quieren hacer sus propios caminos. La paradoja es que pueden desarrollarse mejor si lo hacen en procesos colectivos. Los Grobo somos individuos trabajando en proyectos comunes, entonces la empresa deja de ser una estructura piramidal y pasa a ser una organización más plana, donde el líder de la organización lo que hace es generar espacio para que aparezcan las ideas de cada uno. Por eso nuestra área de recursos humanos se llama desarrollo de talentos, hace un reconocimiento de la diversidad, son especialistas trabajando juntos, complementándose. Ese ejercicio lo hacemos desde hace un tiempo. Y lo que se empieza a ver es que la gente que trabaja dentro de la empresa puede desarrollar su propio emprendimiento, su propia empresa, y pasa de la relación de dependencia a ser un socio o un proveedor. Mucha gente vio que podía trabajar con la empresa sin asumir una relación de dependencia. Es aplicar el concepto de desobrerización de Peter Drucker. Nuestra empresa empieza a hacer real esos conceptos y crea una gran red de socios, proveedores que potencian el negocio de todos.

–Pero ahora todo funciona porque estamos en un período de expansión. ¿En una crisis, la cooperación no se transforma en competencia?
–Bueno, para eso empezamos a desarrollar determinados proyectos innovadores que intentan profundizar este plan para convertirlo en algo permanente. Por ejemplo, creamos una Sociedad de Garantías Recíprocas, que avala operaciones de esa red que abarca toda la cadena de valor de la agroindustria; un fideicomiso agrícola, que permite que gente de otros sectores pueda participar de la actividad sin ponerse a producir; hicimos una fundación que relaciona la red con el resto de la sociedad; desarrollamos una universidad corporativa con programas de capacitación para esta red, pero también abierta a la sociedad; y un programa que se llama Frontec (Frontera Tecnológica) para acercar a toda la comunidad del campo las últimas innovaciones en tecnología agropecuaria.

–¿El cambio de modelo económico en la Argentina permitió desarrollar el proyecto?
–Los cambios de modelos económicos pueden favorecer o desfavorecer la velocidad del cambio, no el cambio del paradigma de la sociedad de conocimiento, que es lo más parecido a un socialismo informatizado. Cuando hay un nuevo paradigma no cambia todo el mundo al mismo tiempo, se da por segmentos. Lo que yo creo es que como empresa, una de nuestras responsabilidades es contar esto al resto de la sociedad para que todos den el paso lo más rápido posible. El campo, que es teóricamente el sector más primitivo y conservador, puede aplicar este modelo primero que otros sectores porque en gran parte replica el esquema de asociaciones con las que trabajó desde siempre el sector. En la Argentina, el 70% de la tierra se siembra sin maquinaria propia, con asociaciones con contratistas, y sin tierra propia, alquilando campos. Una economía de contratos. Eso es Los Grobo, un conjunto de contratos.

–¿A qué se encamina?
–Los Grobo tiene una visión de crecer en lo que sabemos hacer que es esto de originar granos y materia prima y agregarles proceso de calidad. Articular muchas cosas en la cadena de valor, innovando en la forma de hacer las cosas, porque eso nos genera competitividad. A mí me gustaría trasnacionalizar fuertemente la empresa. A la Argentina le falta crear más multinacionales. Me encantaría hacerlo. Hoy estamos sembrando en Uruguay y Paraguay, pero todavía somos muy chicos para dar el salto. Quizás la próxima generación concrete ese proyecto.

–¿Alcanza con este concepto de cadenas de valor o redes para lograr que la Argentina deje de ser un granero y sume valor agregado?
–No necesariamente. Lo que falta en la Argentina es transformar parte de estas materias primas. Es un compromiso del sector agroindustrial con el resto de la sociedad, para sumar más trabajo, generar más flujos con el resto de la sociedad, y eso se logra con mayor transformación y mayor interrelación con otros sectores.

–¿La inversión es suficiente?
–En la Argentina, en general, todos estamos en déficit de inversión, el Estado y las empresas. Hay décadas acumuladas de baja inversión, consecuencia de las turbulencias permanentes, que obligan a pensar en el corto plazo. Los empresarios invertimos todo el tiempo pensando si la próxima crisis nos va a agarrar del lado de los que pierden o de los que ganan. Los políticos hacen lo mismo: como saben que no es fácil volver a la actividad privada están todo el tiempo pensando en perpetuarse en el poder. Es parte del cortoplacismo que frena el desarrollo. Por eso es más importante tener un modelo institucional que de garantías que un modelo económico simplemente. Lo que importa es que haya confianza en el cumplimiento de las reglas.

–Este Gobierno no parece sintonizar con su planteo: se preocupa mucho por mantener un tipo de cambio competitivo y nada por las instituciones...
–Construir un modelo no es patrimonio del gobierno de turno, es algo que debe hacer en conjunto la sociedad. Transversal en serio.

–¿La dirigencia empresaria del campo está a la altura del desafío?
–El campo es el sector donde hoy aparece una burguesía moderna, nueva.

–¿Tiene dirigentes que la representen?
–Bueno, no. Habrá que ver quiénes son los dirigentes. Las entidades tradicionales representan una serie de intereses. Pero en el campo hay 500.000 Pymes de las cuales 100.000 son representantes de la burguesía nacional. O sea, gente moderna, innovadora, emprendedora, seria. Así es la gran masa de los productores agropecuarios. Por supuesto que existen sectores anticuados, pero pasa en todos los lugares.

–Pero toda esa gente, con ese potencial, no articula ningún diálogo con los encargados de trazar políticas de Estado...
–¿La verdad? No. El gran desafío de estos líderes es poder participar en las decisiones públicas. Pero no tienen participación ahora, no la tuvieron en la década pasada, ni en los ‘80. Esta burguesía es nueva, tiene menos de 20 años de formación y nunca estuvo en el poder.

–¿Es difícil avanzar con este nuevo paradigma o modelo con un presidente tan concentrador de decisiones y de poder como Kirchner?
–Lo difícil es estar fuera del poder e imaginarse cómo es estar adentro. Los países desarrollados tienen sistemas republicanos, con oposiciones articuladas y desarrolladas. Por ahí hay que preguntarse: ¿cómo se puede ser republicano en un país sin oposición? Hoy la oposición no está articulada.

–La oposición acusa al Gobierno porque es el que tiene una responsabilidad mayor...
–Es cierto, pero también podría decir que con la oposición no se puede gobernar. Se envía un proyecto de ley al Congreso y le dan vueltas y no votan, y no hacen una crítica constructiva. Estoy lejos de entender cómo funciona eso. Hay que mirar lo que hacen los países desarrollados. Hay diálogo, construcción colectiva, visiones compartidas, no hay cambios de reglas de juego.

–¿Qué le gusta y qué cuestiona de Kirchner?
–(Después de un largo silencio). Es difícil, porque hay muchas cosas que destacar. Reconstituyó el liderazgo en una Argentina a punto de entrar en la anarquía. Pudo controlar las variables económicas, tuvo que tomar decisiones jugadas y le fue bien. Si le va bien a él, nos va a ir bien a todos. Todo eso está bien. Lo que a mí me gustaría es un Presidente que dialogue más, que genere más lazos entre la sociedad y dé la posibilidad de contribuir. Me parece que eso es lo que reclama toda la sociedad.

–¿Qué le gusta y qué cuestiona de la oposición? ¿De Macri o de Lavagna?
–Macri... no sé. De Lavagna conozco lo que hizo en su gestión y muchas de las cosas que dije de Kirchner sirven para Lavagna. Pero con Lavagna no comparto ideas, como aquella de que la gente de campo deba formar un partido político para opinar. La mayoría de los diputados y senadores son del campo. El problema, en todo caso, es que las luces, cuando llegan a la ciudad, los encandilan.

–Usted habla de la oposición, ¿los empresarios no tienen también responsabilidad en la falta de construcción de una República?
–Obvio. Los empresarios tienen que asociarse más a los Gobiernos de turno en la construcción de un proyecto colectivo. En realidad, los empresarios se acercan al gobierno para hacer sus negocios. No está mal, porque puede que hagan negocios buenos para el empresario y para el Estado. Pero además de eso, deberían contaminar al Estado de modernización.

–¿No deberían también decir más claro lo que piensan?
–Yo creo que los empresarios hemos dicho lo que pensábamos en algunos documentos, como lo hicimos en la Asociación Empresaria Argentina (AEA). Hemos hecho apuestas por las condiciones para aumentar la inversión, por los impuestos distorsivos, por la educación...

–Pero pasan cosas como que el Gobierno aprieta a empresas como Coto o Shell y no dicen una palabra...
–No sé si el Gobierno manda a apretar. Lo que sí sé es que ningún empresario está a favor de lo que sucedió. Mi opinión personal es que el empresariado debería tener más participación pública en forma colectiva. Si me pregunta concretamente mi opinión sobre los piqueteros en Coto, me parece un desastre. Arreglar los problemas de la Argentina con ese tipo de presión es antidiálogo. Si me pregunta si la AEA tendría que haber dicho eso, quizás sí. Igual, creo que el empresariado hoy está activo y diciendo lo que tiene que decir. No está tomando parte políticamente. Tiene mucho cuidado porque el momento es complicado.

–¿Qué piensa de los controles de precios?
–No me parece que esté bien. La mejor cura para los altos precios son los altos precios, que estimulan la oferta y después caen. Ahora, ¿la Argentina puede resistir un año con precios altos de determinados productos? No. El problema es no enamorarse del control de precios, porque no funciona en el largo plazo. Tiene que tener un fin temporal.

–¿Hay un plan para combatir la inflación en el largo plazo?
–En los sectores que conozco, no parece. En la carne, por ejemplo, se dio una intervención apresurada cuando los precios ya habían subido y esos altos precios eran los que iban a estimular la inversión y la mayor oferta para que bajen los precios después. Acá hubo mucho apresuramiento en tratar de controlar variables, como si el Estado pudiera hacerlo. En el corto plazo puede hacerlo, pero en el mediano plazo no es lo que nos enseña la economía del resto del mundo y no creo que seamos una excepción.

–¿Qué tipo de inversión se está dando ahora en el campo?
–De todo tipo. Hay inversiones enormes en industrias como el crashing (la molienda de granos). Las hay todavía incipientes en biodiesel, en avicultura y bastante en compra de tierra, tanto de gente del exterior como de locales. Lo que también hay es dinero de otros sectores, gente de la industria y de otros rubros que ven al campo como un sector con futuro.

–¿Es suficiente?
–No, no es suficiente ni bien dirigida. Por ejemplo, se invierte mucho en la compra de campos y yo preferiría que ese capital fuera a la industria de transformación de las materias primas. Pasa un poco lo mismo en la construcción: tiene un boom de inversión en casas lujosas en Pinamar o Cariló... Yo preferiría que fuera a fábricas o plantas de silos. Es una diferencia importante.

–¿Los precios de la tierra encontraron su techo o pueden seguir subiendo?
–Creo que el precio de la tierra se sobrevaluó porque no había otras opciones de inversión confiables. Los precios se van a mantener en medida que los precios de los commodities se sostengan o suban. Si bajan, también bajará la tierra, pero los pronósticos son buenos, se van a sostener.

–¿Ese escenario serviría también para apalancar un crecimiento sostenido de varios años?
–Por supuesto que va a ayudar mucho. Lo que necesitamos hacer es pasar de 75 millones a 100 millones de toneladas en la cosecha anual. Para eso, es necesaria mucha inversión pública y privada y cambios en el sistema impositivo. Este gobierno en ese sentido ha hecho algunas cosas espectacularmente bien. La ministra Miceli, por ejemplo, niveló el IVA en la cadena de la harina y solucionó un problema pendiente desde hace años.

–¿Usted empezaría por las retenciones?
–Las retenciones hacen más lento el cambio y la posibilidad de llegar a los 100 millones de toneladas. Las retenciones achican el uso de tecnología, que es el factor decisivo para incrementar la producción de granos. La aplicación de tecnología depende de la relación entre el precio del grano y de los insumos. Con actual esquema de retenciones, el productor tiene un tipo de cambio de $ 2.4 y para los insumos de $ 3.1: se deteriora así la relación y se acorta el uso de tecnología. Esto explica por qué la producción de granos cayó de 85 a 75 millones de toneladas.

–¿Cómo podrían modificarse las retenciones?
–Deberían computarse a cuenta del Impuesto a las Ganancias. Eso tendría un efecto blanqueador sobre la economía. El Gobierno podría hacerlo para que la evasión efectivamente baje. Se lo propusimos a todos en el Gobierno, a Alberto Abad, de la Afip, a la ministra Felisa Miceli, a todos, y todos dijeron que estaban de acuerdo. Pero no lo aplican porque cambiaría el sentido del impuesto: Ganancias es coparticipable y las retenciones no. Hay un problema de distribución de la caja de la Nación.

–¿Además de los precios de los commodities, qué otros factores deberían mantenerse para que siga la bonanza en el campo?
–Creo que, a futuro, seguirán los buenos precios de los commodities. El campo, en general, va a tener una buena época. La duda es si sabremos aprovechar en toda su magnitud esta oportunidad que nos está dando el mundo.

–¿Qué falta para eso?
–Mucha inversión pública y privada en el proceso productivo, en valor agregado, en productos con marca, en turismo vinculado a alimentos, en investigación y desarrollo, en biocombustibles y en biotecnología. Y todo eso es urgente.

–¿El tipo de cambio debería mantenerse alto?
–Estoy de acuerdo con un tipo de cambio ni alto ni bajo.

–Pero en los años ’98 y ‘99 a usted no le iba tan bien con el 1 a 1...
–El problema de ese momento no era sólo el tipo de cambio, eran los precios de los commodities. En esto quiero ser muy claro: en el campo hoy nos va bien porque subieron los precios internacionales de nuestros productos y no por el tipo de cambio que tenemos. Entiendo que el 1 a 1 era un desastre, pero no se cuál debería ser el valor del dólar, en todo caso será el que determine la productividad. Si hoy tuviésemos el valor de los commodities que tuvo De la Rúa, nunca hubiésemos salido de la crisis. Muchos economistas soslayan este tema. Pero si tuviésemos hoy una soja que en lugar de u$s 250 FOB valga u$s 130 FOB, no contamos el cuento...

–¿Dónde estaría usted?
–¿Dónde estaría yo? (Se ríe) Agarrando una pala y tratando de convencer a mi mujer de irnos a vivir a un tambo.