–¿Qué es Los Grobo? ¿Un emprendimiento familiar exitoso, una
organización social que se cuelga de la oportunidad que da el mundo?
–Detrás de las acciones, hay ideas. Y detrás de las ideas, un concepto que las
sustenta. El concepto es: surge una nueva sociedad, con un cambio revolucionario. La revolución del
conocimiento o de la información. Genera que las organizaciones funcionen con características
diferentes a las que tenían hace 10 ó 15 años. Ahora la gente es más libre y quiere hacer lo que
quiere y los individuos son más emprendedores y quieren hacer sus propios caminos. La paradoja es
que pueden desarrollarse mejor si lo hacen en procesos colectivos.
Los Grobo somos individuos trabajando en proyectos comunes,
entonces la empresa deja de ser una estructura piramidal y pasa a ser una organización más plana,
donde
el líder de la organización lo que hace es generar espacio para
que
aparezcan las ideas de cada uno. Por eso nuestra área de
recursos humanos se llama desarrollo de talentos, hace un reconocimiento de la diversidad, son
especialistas trabajando juntos, complementándose. Ese ejercicio lo hacemos desde hace un tiempo. Y
lo que se empieza a ver es que la gente que trabaja dentro de la empresa puede desarrollar su
propio emprendimiento, su propia empresa, y pasa de la relación de dependencia a ser un socio o un
proveedor. Mucha gente vio que podía trabajar con la empresa sin asumir una relación de
dependencia. Es aplicar el concepto de desobrerización de Peter Drucker. Nuestra empresa empieza a
hacer real esos conceptos y crea una gran red de socios, proveedores que potencian el negocio de
todos.
–Pero ahora todo funciona porque estamos en un período de
expansión. ¿En una crisis, la cooperación no se transforma en competencia?
–Bueno, para eso empezamos a desarrollar determinados proyectos innovadores que
intentan profundizar este plan para convertirlo en algo permanente. Por ejemplo,
creamos una Sociedad de Garantías Recíprocas, que avala
operaciones de esa red que abarca toda la cadena de valor de la agroindustria; un fideicomiso
agrícola, que permite que gente de otros sectores pueda participar de la actividad sin ponerse a
producir; hicimos una fundación que relaciona la red con el resto de la sociedad; desarrollamos una
universidad corporativa con programas de capacitación para esta red, pero también abierta a la
sociedad; y un programa que se llama Frontec (Frontera Tecnológica) para acercar a toda la
comunidad del campo las últimas innovaciones en tecnología agropecuaria.
–¿El cambio de modelo económico en la Argentina permitió
desarrollar el proyecto?
–Los cambios de modelos económicos pueden favorecer o desfavorecer la velocidad del
cambio, no el cambio del paradigma de la sociedad de conocimiento, que es lo más parecido a un
socialismo informatizado. Cuando hay un nuevo paradigma no cambia todo el mundo al mismo tiempo, se
da por segmentos. Lo que yo creo es que como empresa, una de nuestras responsabilidades es contar
esto al resto de la sociedad para que todos den el paso lo más rápido posible. El campo, que es
teóricamente el sector más primitivo y conservador, puede aplicar este modelo primero que otros
sectores porque en gran parte replica el esquema de asociaciones con las que trabajó desde siempre
el sector. En la Argentina, el 70% de la tierra se siembra sin maquinaria propia, con asociaciones
con contratistas, y sin tierra propia, alquilando campos. Una economía de contratos. Eso es
Los Grobo, un conjunto de contratos.
–¿A qué se encamina?
–Los Grobo tiene una visión de crecer en lo que sabemos hacer que es esto de originar
granos y materia prima y agregarles proceso de calidad. Articular muchas cosas en la cadena de
valor, innovando en la forma de hacer las cosas, porque eso nos genera competitividad. A mí
me gustaría trasnacionalizar fuertemente la empresa. A la
Argentina le falta crear más multinacionales. Me encantaría hacerlo. Hoy estamos sembrando en
Uruguay y Paraguay, pero todavía somos muy chicos para dar el salto. Quizás la próxima generación
concrete ese proyecto.
–¿Alcanza con este concepto de cadenas de valor o redes para
lograr que la Argentina deje de ser un granero y sume valor agregado?
–No necesariamente.
Lo que falta en la Argentina es transformar parte de estas
materias primas. Es un compromiso del sector agroindustrial con el resto de la sociedad,
para sumar más trabajo, generar más flujos con el resto de la sociedad, y eso se logra con mayor
transformación y mayor interrelación con otros sectores.
–¿La inversión es suficiente?
–En la Argentina, en general, todos estamos en déficit de inversión, el Estado y las
empresas. Hay décadas acumuladas de baja inversión, consecuencia de las turbulencias permanentes,
que obligan a pensar en el corto plazo.
Los empresarios invertimos todo el
tiempo pensando si la próxima crisis nos va a agarrar del lado de
los que pierden o de los que ganan. Los políticos hacen lo mismo: como saben que no es fácil
volver a la actividad privada están todo el tiempo pensando en perpetuarse en el poder. Es parte
del cortoplacismo que frena el desarrollo. Por eso
es más importante tener un modelo institucional que de garantías
que un modelo
económico simplemente. Lo que importa es que haya confianza
en el cumplimiento de las reglas.
–Este Gobierno no parece sintonizar con su planteo: se
preocupa mucho por mantener un tipo de cambio competitivo y nada por las instituciones...
–Construir un modelo no es patrimonio del gobierno de turno, es algo que debe hacer en
conjunto la sociedad. Transversal en serio.
–¿La dirigencia empresaria del campo está a la altura del
desafío?
–El
campo es el sector donde hoy aparece una
burguesía moderna, nueva.
–¿Tiene dirigentes que la representen?
–Bueno, no. Habrá que ver quiénes son los dirigentes. Las entidades tradicionales
representan una serie de intereses. Pero en el
campo hay 500.000 Pymes de las cuales 100.000 son representantes
de la burguesía nacional. O sea, gente moderna, innovadora, emprendedora, seria. Así es la
gran masa de los productores agropecuarios. Por supuesto que existen sectores anticuados, pero pasa
en todos los lugares.
–Pero toda esa gente, con ese potencial, no articula ningún
diálogo con los encargados de trazar políticas de Estado...
–¿La verdad? No. El gran
desafío de estos líderes es poder participar en las decisiones
públicas. Pero no tienen participación ahora, no la tuvieron en la década pasada, ni en los
‘80. Esta burguesía es nueva, tiene menos de 20 años de formación y nunca estuvo en el poder.
–¿Es difícil avanzar con este nuevo paradigma o modelo con
un presidente tan concentrador de decisiones y de poder como Kirchner?
–Lo difícil es estar fuera del poder e imaginarse cómo es estar adentro. Los países
desarrollados tienen sistemas republicanos, con oposiciones articuladas y desarrolladas. Por ahí
hay que preguntarse: ¿cómo se puede ser republicano en un país sin oposición? Hoy la oposición no
está articulada.
–La oposición acusa al Gobierno porque es el que tiene una
responsabilidad mayor...
–Es cierto, pero también podría decir que con la oposición no se puede gobernar. Se
envía un proyecto de ley al Congreso y le dan vueltas y no votan, y no hacen una crítica
constructiva. Estoy lejos de entender cómo funciona eso. Hay que mirar lo que hacen los países
desarrollados. Hay diálogo, construcción colectiva, visiones compartidas, no hay cambios de reglas
de juego.
–¿Qué le gusta y qué cuestiona de Kirchner?
–(Después de un largo silencio). Es difícil, porque hay muchas cosas que destacar.
Reconstituyó el liderazgo en una Argentina a punto de
entrar en la anarquía.
Pudo controlar las variables económicas, tuvo que tomar
decisiones jugadas y le fue bien. Si le va bien a él, nos va a ir bien a todos. Todo eso está bien.
Lo que a mí
me gustaría es un Presidente que dialogue más, que genere
más lazos entre la sociedad y dé la posibilidad de contribuir. Me parece que eso es lo que reclama
toda la sociedad.
–¿Qué le gusta y qué cuestiona de la oposición? ¿De Macri o
de Lavagna?
–Macri... no sé. De Lavagna conozco lo que hizo en su gestión y muchas de las cosas que
dije de Kirchner sirven para Lavagna. Pero con Lavagna no comparto ideas, como aquella de que la
gente de campo deba formar un partido político para opinar. La mayoría de los diputados y senadores
son del campo. El problema, en todo caso, es que las luces, cuando llegan a la ciudad, los
encandilan.
–Usted habla de la oposición, ¿los empresarios no tienen
también responsabilidad en la falta de construcción de una República?
–Obvio.
Los empresarios tienen que asociarse más a los Gobiernos de
turno en la construcción de un proyecto colectivo. En realidad, los empresarios se acercan al
gobierno para hacer sus negocios. No está mal, porque puede que hagan negocios buenos para el
empresario y para el Estado. Pero además de eso, deberían contaminar al Estado de modernización.
–¿No deberían también decir más claro lo que piensan?
–Yo creo que los empresarios hemos dicho lo que pensábamos en algunos documentos, como
lo hicimos en la Asociación Empresaria Argentina (AEA). Hemos hecho apuestas por las condiciones
para aumentar la inversión, por los impuestos distorsivos, por la educación...
–Pero pasan cosas como que el Gobierno aprieta a empresas
como Coto o Shell y no dicen una palabra...
–No sé si el Gobierno manda a apretar. Lo que sí sé es que ningún empresario está a
favor de lo que sucedió. Mi opinión personal es que el empresariado debería tener más participación
pública en forma colectiva. Si me pregunta concretamente mi opinión sobre los
piqueteros en Coto, me parece un desastre. Arreglar los
problemas de la Argentina con ese tipo de presión es antidiálogo. Si me pregunta si la AEA tendría
que haber dicho eso, quizás sí. Igual, creo que
el empresariado hoy está activo y diciendo lo que tiene que
decir. No está tomando parte políticamente. Tiene mucho
cuidado porque el momento es complicado.
–¿Qué piensa de los controles de precios?
–No me parece que esté bien. La mejor cura para los altos precios son los altos
precios, que estimulan la oferta y después caen. Ahora, ¿la Argentina puede resistir un año con
precios altos de determinados productos? No. El problema es no enamorarse del control de precios,
porque
no funciona en el largo plazo. Tiene que tener un fin
temporal.
–¿Hay un plan para combatir la inflación en el largo
plazo?
–En los sectores que conozco, no parece. En la carne, por ejemplo, se dio una
intervención apresurada cuando los precios ya habían subido y esos altos precios eran los que iban
a estimular la inversión y la mayor oferta para que bajen los precios después. Acá hubo mucho
apresuramiento en tratar de controlar variables, como si el Estado pudiera hacerlo. En el corto
plazo puede hacerlo, pero en el mediano plazo no es lo que nos enseña la economía del resto del
mundo y no creo que seamos una excepción.
–¿Qué tipo de inversión se está dando ahora en el
campo?
–De todo tipo. Hay inversiones enormes en industrias como el
crashing (la molienda de granos). Las hay todavía
incipientes en biodiesel, en avicultura y bastante en compra de tierra, tanto de gente del exterior
como de locales. Lo que también hay es dinero de otros sectores, gente de la industria y de otros
rubros que ven al campo como un sector con futuro.
–¿Es suficiente?
–No, no es suficiente ni bien dirigida. Por ejemplo, se invierte mucho en la compra de
campos y yo preferiría que ese capital fuera a la industria de transformación de las materias
primas. Pasa un poco lo mismo en la construcción: tiene un boom de inversión en casas lujosas en
Pinamar o Cariló... Yo preferiría que fuera a fábricas o plantas de silos. Es una diferencia
importante.
–¿Los precios de la tierra encontraron su techo o pueden
seguir subiendo?
–Creo que el precio de la tierra se sobrevaluó porque no había otras opciones de
inversión confiables. Los precios se van a mantener en medida que los precios de los
commodities se sostengan o suban. Si bajan, también bajará
la tierra, pero los pronósticos son buenos, se van a sostener.
–¿Ese escenario serviría también para apalancar un
crecimiento sostenido de varios años?
–Por supuesto que va a ayudar mucho. Lo que necesitamos hacer es pasar de 75 millones a
100 millones de toneladas en la cosecha anual. Para eso, es necesaria mucha inversión pública y
privada y cambios en el sistema impositivo. Este gobierno en ese sentido ha hecho algunas cosas
espectacularmente bien. La ministra Miceli, por ejemplo, niveló el IVA en la cadena de la harina y
solucionó un problema pendiente desde hace años.
–¿Usted empezaría por las retenciones?
–Las retenciones hacen más lento el cambio y la posibilidad de llegar a los 100
millones de toneladas. Las retenciones achican el uso de tecnología, que es el factor decisivo para
incrementar la producción de granos. La aplicación de tecnología depende de la relación entre el
precio del grano y de los insumos. Con actual esquema de retenciones, el productor tiene un tipo de
cambio de $ 2.4 y para los insumos de $ 3.1: se deteriora así la relación y se acorta el uso de
tecnología. Esto explica por qué la producción de granos cayó de 85 a 75 millones de toneladas.
–¿Cómo podrían modificarse las retenciones?
–Deberían computarse a cuenta del Impuesto a las Ganancias. Eso tendría un efecto
blanqueador sobre la economía. El Gobierno podría hacerlo para que la evasión efectivamente baje.
Se lo propusimos a todos en el Gobierno, a Alberto Abad, de la Afip, a la ministra Felisa Miceli, a
todos, y todos dijeron que estaban de acuerdo. Pero no lo aplican porque cambiaría el sentido del
impuesto: Ganancias es coparticipable y las retenciones no. Hay un problema de distribución de la
caja de la Nación.
–¿Además de los precios de los
commodities, qué otros factores deberían mantenerse para
que siga la bonanza en el campo?
–Creo que, a futuro, seguirán los buenos precios de los
commodities. El campo, en general, va a tener una buena
época. La duda es si sabremos aprovechar en toda su magnitud esta oportunidad que nos está dando el
mundo.
–¿Qué falta para eso?
–Mucha inversión pública y privada en el proceso productivo, en valor agregado, en
productos con marca, en turismo vinculado a alimentos, en investigación y desarrollo, en
biocombustibles y en biotecnología. Y todo eso es urgente.
–¿El tipo de cambio debería mantenerse alto?
–Estoy de acuerdo con un tipo de cambio ni alto ni bajo.
–Pero en los años ’98 y ‘99 a usted no le iba
tan bien con el 1 a 1...
–El problema de ese momento no era sólo el tipo de cambio, eran los precios de los
commodities. En esto quiero ser muy claro: en el
campo hoy nos va bien porque subieron los precios internacionales
de nuestros productos y no por el tipo de cambio que tenemos. Entiendo que el
1 a 1 era un desastre, pero no se cuál debería ser el valor
del dólar, en todo caso será el que determine la productividad. Si hoy tuviésemos el valor de los
commodities que tuvo De la Rúa, nunca hubiésemos salido de la crisis. Muchos economistas soslayan
este tema. Pero si tuviésemos hoy una soja que en lugar de u$s 250 FOB valga u$s 130 FOB, no
contamos el cuento...
–¿Dónde estaría usted?
–¿Dónde estaría yo? (Se ríe) Agarrando una pala y tratando de convencer a mi mujer de
irnos a vivir a un tambo.