Más allá de las críticas de los industriales por la falta de energía y de los petroleros por la
"inseguridad" que genera el marco que regula su actividad, la carencia de un solo producto puede
poner el riesgo el crecimiento económico argentino. Es que nadie, entre los expertos, desconoce que
la caída de la producción petrolera en el país puede hacer peligrar los fundamentales superávit
gemelos en los que se basa la gestión económica de Néstor Kirchner y así hacer naufragar su
proyecto político.
Probablemente sea constructivo pensar el escenario. Si el país debe comenzar a importar
crudo, podría ajustar demasiado el superávit comercial -que desde hace tres meses muestra una
tendencia bajista-, por el gran peso que tiene la comercialización con el exterior del petróleo y
sus derivados -sobre todo por sus valores a nivel internacional- en las exportaciones del país.
Pero esto no es todo. En caso de que la Argentina se convirtiera en un país importador de
petróleo, el superávit fiscal también correría algún peligro. ¿Por qué? Una buena parte de los
ingresos del Tesoro corresponden desde hace un tiempo al impuesto a la exportación -más conocido
como retención- al que el sector petrolero hace un gran aporte (el petróleo está gravado con un 45
por ciento de retenciones, mientras que la nafta con un 5 por ciento).
Lo más preocupante es que este escenario no es imposible. Desde 1998, el año de mayor
producción en su historia, hasta hoy, la extracción de crudo de la Argentina cayó un 21 por ciento,
según un informe de la consultora Economía & Regiones. El documento proyecta que, si el
contexto se mantiene inalterado (con retenciones a la exportación y un marco jurídico
“inseguro”), la ausencia de exploración petrolera obligará a la Argentina a llegar, a
fines de este año, al límite de su capacidad de autoabastecimiento, y a volver a ser, en 2008,
importador neto de crudo después de quince años. Sin embargo, varios analistas estiman que el año
bisagra sería 2010.
El pronóstico de Economía & Regiones prevé que el país deberá comprar en el exterior
crudo equivalente al 8,3 por ciento de la demanda actual. Al precio de hoy, el costo de esas
compras rondaría los 1160 millones de dólares por año. Claro que no sólo comenzaría a importar -con
lo que significaría esto en la balanza comercial- sino que dejaría gradualmente de exportar, lo que
se traduce menos ingresos por retenciones para el Gobierno.
Sin embargo, un informe difundido este mes por el Instituto Nacional de Estadística y Censos
(Indec) muestra que el sector los productos derivados del petróleo y el gas tuvo un importante
rendimiento durante el primer semestre de 2006. Este segmento exportó por 3.232,3 millones de
dólares, un 14,9% más que en igual período del año anterior.
Pero el crecimiento es en valor -por el precio internacional- y no en volumen. La producción
de petróleo y sus derivados merma. Así lo demuestra el acuerdo por el gas firmado por el presidente
Néstor Kirchner, la semana pasada, con el presidente boliviano Evo Morales; también la velocidad
con la que el Congreso convirtió en ley el proyecto que crea un Régimen Promocional para la
Exploración de Hidrocarburos, a comienzos de octubre.
¿Qué permite esta última norma? Básicamente, otorga nuevas áreas y beneficios impositivos a
las empresas que opten por adherirse a la propuesta -que obviamente involucra a la estatal Enarsa-
y se aplicará en todas las provincias argentinas y en la Plataforma Continental.
En caso de que accedan, tendrán una serie de beneficios fiscales, como la devolución
anticipada del IVA y la amortización acelerada de los bienes de capital, con lo cual podrán
adelantar las deducciones del impuesto a las ganancias. Además, quedarán exentos del pago de los
derechos y todo otro tipo de gravamen o tasa estadística relacionada con la importación de
materiales para el desarrollo de sus actividades.
La ley, que beneficia a empresas con una gran rentabilidad en la Argentina, generó el rechazo
de la débil oposición parlamentaria. Pero la mayoría oficial la aprobó rápidamente. Es que el
Gobierno sabe lo que está en juego: la economía, su principal capital político, y la caja.