Cuando uno repasa conceptos tácticos en el ciclo reciente de Scaloni al frente de la Selección Argentina de fútbol, hay uno que destaca por lo repetitivo: equilibrio. Como balancear el enorme poderío en ataque del equipo, sin quedar descompensados atrás.
“Buscamos el equilibrio, somos un equipo que lo necesita ¿A quién no le gustaría que jueguen todos en ataque? Duele que Lautaro y Julián no jueguen juntos, ellos lo entienden perfectamente, pero tenemos que priorizar cierta estructura”.
Traigo a colación el punto por lo gráfico que resulta a la hora de pensar los desafíos que tenemos en materia de configuración macroeconómica, dada la recurrencia, magnitud y duración de los desequilibrios que hemos sufrido a lo largo de las últimas décadas, y que reflejan en última instancia las dificultades existentes para combinar políticas de crecimiento con la distribución de excedentes, en el marco de fuertes - a veces violentas - tensiones de economía política.
Dos caras de una misma moneda. La macroeconomía opera sobre tres conjuntos de variables claves, que sintetizan la dinámica del sector externo, las cuentas fiscales y el balance inversión – ahorro. Y en base a lo que se espera de cada una de ellas, empresas, sindicatos e individuos toman decisiones económicas de todo tipo y tamaño, asumiendo mayores o menores riesgos en función de las señales e incentivos que reciben del sistema de precios, las decisiones de política económica o la existencia de shocks que golpeen a la economía desde fuera.
Si hay fallas en estos mecanismos, si aparecen cambios bruscos y no anticipados en estas variables, es probable que muchos de nosotros estemos llevando a cabo transacciones por fuera de lo teníamos previsto, lo que nos puede empujar a realizar ajustes tanto a nivel real como financiero. Hablamos de múltiples decisiones de precio y cantidades que pueden alterar a nivel agregado el grado de utilización de la capacidad instalada, la demanda u oferta de empleo, el nivel de endeudamiento o de liquidez con la que cuenta una economía al final del día.
Si los desequilibrios son percibidos como leves y/o transitorios, es probable que una adecuada gestión en las políticas de administración de la demanda logre anclar expectativas y suavizar los ciclos de actividad y empleo, como hemos visto por ejemplo en distintas economías a la salida de la pandemia del COVID-19. Pero si este no fuera el caso, si hubiera incluso una inestabilidad sostenida en los mismos desequilibrios (no se si al lector se le ocurre algún caso semejante), la probabilidad de que se cometan mayores errores en las decisiones de precios y cantidades crecería de forma exponencial, desincentivando los proyectos que impliquen hundir capital a más largo plazo. Menos inversión es menos ahorro, menor demanda de activos financieros, menos actividad y recaudación, peores indicadores de endeudamiento, menor financiamiento para el sector público y privado, mayor incertidumbre, más inflación.
La macroneta. Y es claro que una interacción tan perversa entre macro y microeconomía no puede sino afectar la estructura económica, acelerando la pérdida de capacidades productivas, tecnológicas e institucionales que son necesarias a la postre para estabilizar los desequilibrios. Por eso es que vemos con preocupación un sendero planteado solo en términos de estabilización y reformas estructurales, el que aún si resulta medianamente bien (hoy lejos y contando) descansa demasiado en la “selección natural” que genere mayor empuje por demanda (¿Quién invierte si no es para vender?) y una transición virtuosa en materia productiva. Moneda, demanda y desarrollo como equipo articulado y equilibrado, generando espacios tanto por el lado real (que la economía se mueva hacia la producción de bienes más complejos, que compiten menos por precio y más por calidad en el mercado mundial) como financiero (fortaleciendo el mercado de capitales).
Esto supone en primer lugar una programación macro-financiera que incorpore tanto las fricciones como la toma de riesgo como elementos endógenos de la dinámica financiera, para lo cual es fundamental articular la política monetaria con instrumentos macro-prudenciales, dentro de un marco institucional que reconozca las interdependencias. Conforme se reduzca la incertidumbre y se amplíe el espacio monetario, tanto las reglas como velocidad de ajuste de esas expectativas es esperable confluyan a una dinámica menos disruptiva, mejorando las condiciones contractuales y viabilizando proyectos de más largo aliento, claves para el dinamismo de la estructura productiva.
Argentina tiene actualmente las condiciones para dar un salto exportador y convertirse en un proveedor clave de los insumos para la transición energética, los cuales cuentan además con importantes encadenamientos productivos potenciales, que con escala suficiente pueden mejorar significativamente los multiplicadores de actividad y empleo en otros sectores y actividades como generación y distribución, servicios conexos, minería de piedra y metalífera, metalmecánica y siderurgia, entre otros.
De esta forma la estrategia de estabilización debe acompañarse de políticas que promuevan y refuercen el cambio estructural, cuidando siempre no agudicen los desequilibrios macroeconómicos. Se trata de una agenda que excede y por largo la lógica de solo subsanar fallas de mercado, para incluir la puesta en marcha de nuevos paradigmas tecnológicos y el crear y moldear mercados, lo que requiere de fuertes externalidades localizadas, programas de I&D, grandes proyectos estructurantes y la movilización de recursos. Una idea de equipo.
Las especificidades que cada una de las actividades presenta en el punto de inicio, tanto en lo que hace a brecha tecnológica, escala, organización de la producción, nivel y composición de la demanda como gobernanza dentro de la cadena en que se insertan, supone asimismo la necesidad de construir nuevas capacidades institucionales, a nivel no solo técnico sino también político. Estas últimas resultan claves a la hora de identificar, diseñar y consensuar una trayectoria factible de cambio, en el marco de objetivos muy claros en términos de temporalidad, control de cumplimiento y resolución de fallas y conflictos.
En definitiva y como plantea Scaloni: “Hay que buscar un equilibrio, y después el equipo no lo puede perder. Te fastidias vos, los compañeros y la idea es que nada se rompa. Más allá del poderío ofensivo, el Mundial lo va a ganar la selección que sepa defenderse y atacar en los momentos que haga falta”.
* Economista y exvicepresidente del Banco Central.