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ELOBSERVADOR / repensar el mundo
domingo 5 abril, 2020

7 problemas del mundo que vemos gracias al Coronavirus

La pandemia global ha desnudado con crudeza los puntos débiles de nuestras sociedades. Estamos ante una oportunidad única en la historia.

Sebastián Pilo*

Hacinamiento. En las villas y asentamientos, las condiciones de vida facilitan la propagación de todo tipo de enfermedades. Foto: ap
domingo 5 abril, 2020

El contexto actual nos ofrece una oportunidad única para adoptar nuevas perspectivas. Para preguntarnos si realmente es deseable que el mundo pospandemia sea una imitación del mundo prepandemia.

Cuando ese momento llegue, sin dudas habrá mucho esfuerzo dedicado a que, como en El gatopardo, reconstruyamos todo para dejarlo casi igual a como estaba antes. Como si lo que nos pasa hoy no hubiese desnudado con crudeza unos cuantos puntos débiles del tipo de sociedad que hasta aquí supimos construir.

La empatía supone un ejercicio de abstracción para el que hacen falta ciertas capacidades en los sujetos. Cuanto más ajena es la realidad que nos tenemos que representar, más nos cuesta el ejercicio. Por eso las circunstancias extremas que nos tocan vivir hoy son una oportunidad para mirar el mismo mundo, pero con anteojos nuevos. 

Aquí proponemos pensar sobre siete nudos críticos respecto de los que, quizás ahora como nunca antes, nuestras subjetividades pueden estar adquiriendo elementos de análisis particularmente útiles.

Mundo post coronavirus

1.- La salud como mercancía. Los tratamientos para la salud tienen un costo, y tiene sentido discutir sobre quién debe recaer. Pero sanarse y vivir no debería ser un privilegio, y hoy lo es.

Por un lado, los Estados que han desinvertido sostenidamente en sus sistemas de salud están pagando esa decisión en vidas humanas. Al mismo tiempo, en aquellos países cuyo sistema de salud les ofrece atención solo a quienes hayan pagado por ello, los impactos de ese modelo golpean fuertemente sobre los más pobres y las clases medias: una mujer sin seguro en Estados Unidos recibió una factura de US$ 35 mil por la atención que se le brindó para recuperarse del virus.

Cuando se trata de prestaciones básicas, dejar librada su cobertura a la capacidad de pago de las personas puede resultar una forma de matar por omisión.

Tomarse en serio la idea de que la salud es un derecho supone reformar los sistemas todo lo necesario para que nadie tenga que morir por no poder pagar un tratamiento ni por vivir en un país que no ha sabido gestionar su oferta sanitaria.

2.- Para quedarse en casa, hay que tener una. “Quedate en casa”, decimos por la televisión, la radio y las redes sociales. Y mientras se trata de un reclamo justo para con la mayoría, muchas personas tendrían derecho a sentir ese pedido como una provocación.

Es que la vivienda es un derecho, pero uno respecto del que los Estados no parecen aceptar hacerse cargo. El acceso al stock de viviendas se libra casi por completo a la capacidad de pago de las familias que quieran habitarlas.

El 23,5% de quienes viven en Latinoamérica lo hacen en asentamientos informales –mayoritariamente con viviendas precarias y servicios públicos deficitarios o inexistentes–. Y solo en una ciudad, como Buenos Aires, 7.251 personas viven en la calle. Otro tanto vive en hoteles, inquilinatos, o en condiciones de hacinamiento. A toda esa gente no le podemos pedir “quedate en casa”.

Sabíamos ya que el acceso a una vivienda es una condición para ejercer adecuadamente otros derechos. Ahora vemos, como nunca antes, su relevancia coyuntural para el acceso a la salud.

Como sostuvo recientemente la relatora sobre vivienda de las Naciones Unidas, tener una casa se ha convertido en la principal línea de defensa contra el coronavirus. Si queremos que todas y todos podamos prevenirnos de la pandemia, el derecho a la vivienda se vuelve una condición ineludible.

Tenemos ahora la oportunidad de resignificar para siempre la relevancia de este derecho y de las obligaciones estatales que ello implica. Para que, en el mediano y largo plazo, cesemos en la práctica social de dejar a la suerte de cada uno la posibilidad de acceder a un hábitat adecuado.

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3.- Cómo garantizar la subsistencia: hacia una renta básica universal. Millones de personas en el mundo encuentran en su aislamiento forzoso un impedimento absoluto para trabajar, y con ello la imposibilidad de acceder a los ingresos mínimos necesarios para su subsistencia.

Ello se basa sencillamente en que, fuera de los alcances de la protección de la seguridad social, nuestro modelo de funcionamiento económico solo prevé asignar ingresos –por más básicos que sean– a quienes logran ofrecer bienes o servicios atractivos para el mercado. Las limitaciones diferenciales que a cada persona le imponga el contexto no parecen resultar muy relevantes frente a estos criterios de justicia conmutativa. Salir de la pobreza o la indigencia se plantea solo como un desafío individual.

Ahora que son cientos de millones quienes, en sus nuevas condiciones de posibilidad –el confinamiento, la reducción de la demanda, etc.–, se encuentran impedidos de ofrecerle al mundo algo que esté dispuesto a retribuir, nos encontramos frente a una clara oportunidad para repensar la relación entre ingreso y producción que el mercado impone.

Los Estados se encuentran en este contexto aceptando, como nunca antes, asegurar ingresos mínimos a la población. Entienden que no pueden dejar a sus ciudadanas y ciudadanos librados a su suerte. Pero los principios que justifican estas medidas en un contexto excepcional son también aplicables a lo que le suele ocurrir a una porción menor pero significativa de la población en circunstancias habituales.

Quizás, entonces, nuestras sociedades han llegado ya a un nivel de automatización de la producción que posibilite empezar a introducir políticas de renta básica universal para todas las personas. Sería una buena forma de reconocer la existencia de limitaciones contextuales que condicionan significativamente el mérito y esfuerzo personal, y hacerse cargo de una política pública razonable para la protección económica contra la mala suerte. 

4.- Los derechos digitales. Casi toda nuestra vida en sociedad se ha movido por estos días a la red. Esto supone ventajas –reducir las necesidades de movilización física, acelerar procesos, etc.–, pero también presenta problemas serios.

Uno fundamental se relaciona con la brecha digital. Porque buena parte de las personas no logra aún hoy acceder a internet, ya sea por no poder pagarla o porque las empresas proveedoras se resisten a brindarles el servicio –como ocurre con quienes habitan en asentamientos informales o zonas rurales–, o por las dificultades para su uso –en el caso de personas mayores, entre otras–.

En este nuevo contexto, la necesidad de reconocer el acceso a internet como un derecho fundamental se hace sumamente evidente. Porque es, ahora más que nunca, un vehículo para acceder a otros derechos, tales como la educación, el trabajo, la salud o el esparcimiento.

Poner el foco en una internet más libre, más accesible, con menos vigilancia y mayor privacidad, se vuelve entonces fundamental. Mientras dure la emergencia, pero también después.

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5.- Problematizar el encierro. Llevamos ya algunos días sin poder salir de casa. Los suficientes como para sentir esa refrescante sensación de libertad, que nos invade ese ratito en que caminamos unas pocas cuadras cuando vamos a hacer aquellas compras imprescindibles.

Ahora imaginemos si, en lugar de unos pocos días, estuviéramos condenados a permanecer encerrados por años. Y luego imaginemos si ese lugar de encierro no fuese nuestra propia casa sino la celda de una cárcel o la habitación de un hospital.

Quizá cabe sospechar que aceptamos el encierro forzoso solo porque no logramos representarnos adecuadamente la magnitud del daño que estamos produciendo.

Encerramos a gente en manicomios, como si aislar a un grupo de la sociedad y no dejarlo salir de un hospital pudiese ser la solución para algo. Enjaulamos a la gente como castigo por sus conductas, sin dimensionar lo inhumano que esa decisión supone. Y nos damos el lujo de ser inhumanos porque sentimos que el encierro no nos tocará.

Ahora que en estas épocas estamos advirtiendo lo insoportable que puede ser el encierro, quizá podríamos aprovechar para repensarlo como política pública. La necesidad de dejar atrás estos vestigios de siglos pasados como principal respuesta estatal frente a la conducta reprochable o antisocial puede ser algo que esta etapa nos ayude a advertir.

6.- Los límites del planeta. Por unas semanas paramos el mundo casi por completo. Frenaron las fábricas, los vehículos y el turismo. Y el planeta respiró. Solo en Madrid, la contaminación del aire se redujo un 35%. Las imágenes de las aguas cristalinas de Venecia recorrieron el mundo. Las fotos satelitales sobre la reducción de la polución en China son impactantes. Numerosas ciudades recibieron visitas de aves y mamíferos que jamás hubieran estado ahí en otras circunstancias.

Y es que, sencillamente, nuestro modo de habitar el planeta le hace daño, y no es sostenible en el mediano y largo plazo. Estos momentos nos permiten advertir mejor que nunca la importancia de cesar en nuestra actitud depredatoria. Una humanidad capaz de construir una nueva relación con la naturaleza resulta a todas luces urgente.

7.- Repensar la comunidad. Finalmente, quizá la mayor de las paradojas: el aislamiento social está viniendo de la mano de un muy creciente sentido de comunidad.

Un video circula en las redes sociales: un niño de algún lugar de España grita por la ventana de su edificio: “Hola, don Pepito”, y desde cientos de otras ventanas de la cuadra, sus vecinas y vecinos le responden: “Hola, don José”, y así cantan toda la canción, hasta que, al terminar, la cuadra completa aplaude. En circunstancias normales, en cambio, lo más probable es que no sepamos el nombre de las personas que viven a pocos metros de nuestros departamentos.

Son ahora tiempos de solidaridad y de cooperación. De vecindad. Entendemos como nunca antes que solo nos realizamos colectivamente. Que necesitamos a los demás para sobrevivir. Nuestra contribución de cada día se encastra con las de las otras personas, y sin aquellas nuestro propio rol se vuelve intrascendente. Y es que no solo vivimos, sino que convivimos.

Ahora entendemos, mejor que antes, que a nivel político, económico y social somos parte de una comunidad.

 

(*) Abogado y codirector de la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia (ACIJ).


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