ESPECTACULOS
TONY LEVYN

“Me di cuenta de que nací para esto”

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Show. Stick Men toca el 11 de marzo en La Trastienda. | gza prensa sitck men.

Tony Levin atiende desde su estudio. Detrás suyo asoman bajos, dibujos, recuerdos de gira. Está en casa por unas semanas antes de volver a salir de tour el resto del año. A los 70 y largos, después de haber grabado más de mil discos y tocado con Peter Gabriel, King Crimson, John Lennon o Pink Floyd, habla sin solemnidad. Dice que se siente afortunado. Que la música le dio sentido a su vida. Que arriba del escenario no piensa: simplemente ocurre. El 11 de marzo llega por primera vez a Buenos Aires con Stick Men –junto a Markus Reuter y Pat Mastelotto– para tocar en La Trastienda. Virtuosismo, improvisación y la herencia crimsoniana en formato de trío. Pero antes de la técnica, Levin vuelve siempre a la misma idea: la conexión. Levin: “Lo primero que pienso es lo afortunado que soy. A mi edad entiendo que poder tocar música como carrera, como vida, es un regalo. Incluso si hubiera durado menos tiempo, habría valido la pena. La música le dio significado a mi vida. Y lo más importante no es solo ‘hacer arte’, sino hacerlo con otros. Para mí, trabajar con otros músicos y dejarme inspirar por ellos fue decisivo”.

—¿Hubo un momento en que sentiste que necesitabas ir más allá de lo que ya sabías hacer?

—Sí. Cuando Robert Fripp me llamó para ensayar con King Crimson. Yo lo conocía, pero no a Bill Bruford ni a Adrian Belew. Ese primer día escuché a Bill tocar la batería de una forma que nunca había oído, a Adrian producir sonidos que no eran los de ningún otro guitarrista. Entendí que, para merecer estar en esa sala, no podía ser simplemente “el bajista correcto”. Tenía que explorar otros territorios.

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—¿Ahí apareció el Chapman Stick como decisión central?

—Exactamente. Llevé el bajo y el Stick al ensayo. Y miré ambos instrumentos y pensé: voy a tocar principalmente el Stick en esta banda. El instrumento mismo me llevaba a lugares distintos, y la música necesitaba eso. Fue un momento muy claro: si quería crecer, tenía que cambiar.

—¿Cuándo sentiste que la chispa se encendía definitivamente? ¿Hubo un instante en que pensaste “esto es lo que voy a hacer toda mi vida”?

—Curiosamente, no fue algo intelectual. Empecé muy joven, a los 10 u 11 años. Mis padres nos impulsaban a estudiar música. Yo elegí el bajo sin saber bien por qué. Si me preguntabas a los 12 qué quería ser, decía “escritor”. Me gustaba la idea de ser escritor. Pero mientras tanto, ¿qué hacía todos los días? Tocaba el bajo. Mucho después, cuando ya era profesional, me di cuenta de que simplemente estaba haciendo lo que amaba sin haberlo racionalizado.

—Decís que cuando tocás no pensás.

—Exacto. Es casi como meditar. La parte analítica del cerebro se apaga. Durante años, cuando me preguntaban en entrevistas qué estaba pensando al tocar, respondía “no lo sé”. Con el tiempo entendí que, en un buen concierto, aparece una sensación muy clara: amo esto. Nací para hacer esto. Pero no surge desde la reflexión, sino desde la experiencia directa.

—¿Qué representa hoy Stick Men en tu vida?

—Es una banda fascinante porque tiene una identidad muy propia. Desde el inicio decidí tocar solo el Chapman Stick. Pat Mastelotto tiene una batería híbrida que suena diferente a cualquier otra, y Markus Reuter, con su Touch Guitar, completa un trío realmente singular. Nos respetamos musicalmente y disfrutamos estar juntos. En una banda de tres, eso es esencial. Viajás meses enteros, décadas incluso. Si no hay respeto y placer en la convivencia, no funciona.