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Cuando el verano cambia las reglas: rutinas, descanso y autismo

María Marta Botto, psicóloga especialista en Autismo explica que: “La escuela y las terapias estructuran el tiempo, anticipan lo que va a suceder y brindan previsibilidad. Cuando estas referencias desaparecen de manera abrupta, pueden aparecer dificultades para dormir, mayor ansiedad, irritabilidad o crisis emocionales” y profundiza sobre el tema. Galería de fotos

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Con el cierre del ciclo lectivo, el verano suele asociarse al descanso y a la pausa de las obligaciones cotidianas. Sin embargo, para muchas personas autistas y sus familias, este período implica un cambio profundo en la organización diaria. La ausencia de la escuela y de los espacios terapéuticos no deja solo tiempo libre: modifica rutinas, horarios y referencias que cumplen un rol central en la regulación emocional.

La escuela y las terapias estructuran el tiempo, anticipan lo que va a suceder y brindan previsibilidad. Cuando estas referencias desaparecen de manera abrupta, pueden aparecer dificultades para dormir, mayor ansiedad, irritabilidad o crisis emocionales. Estas respuestas no deben interpretarse como falta de adaptación, sino como la expresión de una necesidad de organización frente a un entorno que cambia demasiado rápido.

Pensar las rutinas de verano no implica reproducir el ritmo del año escolar, pero tampoco eliminar toda estructura. La clave está en sostener ciertos anclajes cotidianos que ordenen el día. La pregunta que suele aparecer en las familias es qué hacer cuando no hay escuela ni terapias y el tiempo parece desorganizarse.

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Una de las primeras estrategias consiste en anticipar el período de receso. El uso de calendarios simples, con apoyos visuales, permite mostrar cuánto tiempo durará la pausa escolar y cuándo se retomarán las actividades habituales. Poder visualizar el paso del tiempo reduce la incertidumbre y brinda mayor previsibilidad frente a los cambios. En este sentido, la ausencia temporal de terapeutas, frecuente durante el verano, también puede generar desorganización: anticipar estos períodos, explicarlos y sostener pequeñas actividades conocidas en el hogar ayuda a amortiguar el impacto del cambio.

A su vez, resulta fundamental rearmar nuevas rutinas, diferentes a las del año lectivo, pero igualmente organizadoras. Mantener horarios relativamente estables para despertarse, comer y dormir suele funcionar como un anclaje central. A partir de allí, el día puede estructurarse en bloques sencillos que alternen momentos de actividad, tiempos de juego libre y espacios claramente destinados al descanso. Estas rutinas de verano no buscan sostener la productividad, sino favorecer la regulación emocional.

Si el verano incluye vacaciones o viajes, la organización previa adquiere un rol central. Anticipar el destino, explicar los cambios y mantener algunos rituales cotidianos facilita una experiencia más cuidada. A la hora de elegir el lugar, resulta clave priorizar entornos menos masivos, con menor nivel de ruido y mayor previsibilidad. Los espacios amplios, con posibilidad de retirarse ante la saturación, ylos alojamientos que permiten sostener rutinas —como horarios flexibles o la posibilidad de preparar comidas— contribuyen a que el descanso sea real y no una nueva exigencia de adaptación.

Repensar el verano desde la diversidad implica comprender que no todas las personas descansan del mismo modo. En muchos casos, organizar, anticipar y cuidar el entorno no limita la experiencia: la vuelve posible.

Lic. María Marta Botto
Psicóloga especialista en Autismo
M.N 50.633 M.P. 95.846
Instagram @licmariamartabotto