Leí hace tres días, por un asunto que nada tenía que ver con esta nota, que la palabra “negocio” proviene del latín negotium: no-ocio. No el trabajo en sí, sino la negación del ocio. No una actividad, sino su interrupción. Sobre este dato trivial se me formularon dos evidencias. La primera: qué aburrido estoy. La segunda, la olvidé. Solo estar así de aburrido puede conducirme a una acción tan innecesaria como la de buscar etimologías. Luego de negocio, busco enfermedad, libertad, arroz Doble Carolina y paternidad. Brava coincidencia, descubro que el natalicio de mi padre coincide con la fecha de cumpleaños del Polaco Goyeneche. Me cuelgo escuchando uno de sus tangos y en eso, doy con una entrevista suya en la que dice: “Hay que sacarse el apéndice de burro y ponerse membrana auditiva”. Qué moderno, pienso.

Esperablemente, asocio. Apéndice: clasificación, catálogo ordenado. Burro: aburrimiento, aburrirse, trabajar como un burro. Membrana auditiva: escuchar. Sacarse el apéndice del burro que procura tenerlo todo clasificado y ordenado. Dejar de trabajar como un burro. Aburrirse. Escuchar. Recuerdo que negocio significa no-ocio y que no es una cosa en sí misma, sino una negación; que el trabajo nace definido por aquello que interrumpe: el ocio. Byung-Chul Han. Me acuerdo de él y de su libro sobre el tiempo en el que habla de la crisis actual vinculada a la absolutización de la vita activa: “esta conduce a un imperativo de trabajo que degrada a la persona a animal laborans”. Aparece un recuerdo de mi viejo, que sabe diferenciar entre trabajo y ocio, en el que me dice: “hay que trabajar para vivir y no vivir para trabajar”. Pienso que él no sabe que yo sé que la frase no es suya, sino del Pepe. Me quedo pensando en mi viejo, que además hace ya unos meses que no lo veo ni sé tanto de él, pero que igual lo siento más cerca que antes. Una de las cosas que más le agradezco es que me haya enseñado a aburrirme; a aprender a aburrirme. No simplemente a aburrirme, sino a saber hacerlo. No basta con aburrirse, pienso, hay que saber hacerlo.
Mi viejo siempre vivió en Uruguay y, desde que soy chico, casi todos los meses viene a Buenos Aires de visita -aunque ahora soy yo el que va más seguido, porque cuando uno crece ciertas relaciones se invierten-. Así, nuestro vínculo se fue tejiendo con la lógica del intervalo: entre vez y vez, entre barcos, visitas y esperas. En esa cifra de la itinerancia fue necesario inventar artificios que dieran sentido a una espera cotidiana. Las esperas nos devuelven la noción del tiempo. Y la noción del tiempo, la posibilidad de saber qué hacer con él. Supongo que así aprendí a recorrer el tiempo con paciencia y, con paciencia, la vida. A veces tengo demasiada y eso también puede ser un problema. Pero está bien, no me quejo. Al final, me permite trabajar de lo que me gusta.
En esta era de la voracidad y el desenfreno, el mecanismo represor ha tomado al aburrimiento como objeto. Lo que se impone ya no es el silencio -blanco histórico de la represión- sino el entretenimiento. No se prohíbe el ocio: se lo operativiza. Y la consecuencia es una feroz imposición de estímulos que arrasa con toda posibilidad de “no estar en nada”. Sin ese “no estar en nada”, la existencia se vuelve una acumulación continua de sucesos y experiencias a las que tratamos como si fueran cosas; y, ante la falta de límites precisos entre una y otra, todas acaban pareciéndose, por no decir que ya no hay diferencia entre ellas. Pero sí las hay. Tiene que haberlas. Si todo da lo mismo, la vida pierde profundidad y se vuelve pura superficie. Aplastadas sus dimensiones, la vemos pasar, cinematográficamente, en 2D.
En su Elogio del riesgo, Anne Dufourmantelle escribió lo que para mí es uno de los párrafos más lúcidos sobre la relación del tiempo y lo humano: “Proyectados en el hacer, en la acumulación de bienes y la agitación de vidas urbanas sometidas a ritmos y contra-ritmos múltiples, nos separamos insensiblemente de nosotros mismos. Al opuesto del movimiento de la interioridad que nos lleva a la escucha, esa escucha flotante que podemos tener no solamente en un consultorio de analista sino en la existencia y que, cercana a la meditación, sería una forma de considerar lo real sin violencia pero dejándonos afectar por él”.
Es difícil no reconocer la escena.
Vamos por la vida desbordados, acechados por la intangibilidad del tiempo de los relojes, de las responsabilidades y de las urgencias. Cortázar ya nos había advertido que cuando a uno le regalan un reloj, en realidad no le regalan un objeto sino una obligación: la de cuidarlo, la de no perderlo, la de llevarlo encima como una pequeña vigilancia permanente. Vivimos así, como si no existiera, correlativamente, ese otro tiempo -tan íntimo como ajeno- que es el de los procesos inconscientes. Si me lo preguntan a mí, diría que el psicoanálisis sirve para que el tiempo sea un poco menos urgente.
La variación hacia ese otro tiempo suele presentarse bajo la forma del aburrimiento. “Hacer nada”, como dice Cristian Castro, o “mirar por la ventana”, como dice mi abuela. Lo cierto es que para pensar, para sentir, para inventar, se necesita bastante de ese “no estar en nada”.
Solemos concebir el aburrimiento como si fuera un defecto, un error de cálculo, un momento vacío. Pero no es vacío: es tiempo desnudo. Y cuando el tiempo deja de estar ocupado, aparece. En la pausa recupera sus límites, sus fronteras, su espesor. Se habilita entonces una forma de tiempo no colonizado por el afán de funcionalidad. Se abre un espacio para lo innecesario, sin exigencias de rendimiento ni optimización. No hay ocio productivo. Hay, nuevamente, tiempo. El ocio no es pasividad: es un gesto vital de resistencia. Sin fronteras entre trabajo y ocio, sin intervalos, el segundo no es más que una prolongación del primero. Como burros sin membrana auditiva: siempre ocupados, saturados, sobreestimulados, incapaces de aburrirnos.
Alejado de los tiempos del calendario, el ocio encarna otra forma de temporalidad a la que podemos denominar interna, subjetiva o bien propia. No es solo la antesala del acto creativo, sino también la señal inequívoca de que estamos vivos.
Matías Braslavsky es psicoanalista, director de Red PsiReal, docente de talleres y seminarios, y divulgador de psicoanálisis.