Las alarmas parten la madrugada en dos. Primero el sonido, agudo, insistente. Después, el movimiento: puertas que se abren de golpe, pasos rápidos en la escalera, vecinos que se cruzan en silencio rumbo al refugio más cercano. En Israel, desde que el conflicto con Irán volvió a escalar, esa secuencia dejó de ser excepcional. Es rutina.
En Tel Aviv, el día empieza —o se reanuda— después de cada alarma. Hay edificios con habitaciones blindadas; hay refugios subterráneos en casi cada cuadra. Hay también un cálculo mental constante: cuánto tiempo hay para llegar, dónde está la salida más cercana, qué hacer si la sirena sorprende en la playa o en medio de una compra.

“Desde que empezó el conflicto, la vida diaria cambió, pero no se frenó”, cuenta Iara Portnoy, argentina que vive Israel desde hace menos de un año, en diálogo con Perfil. “Vivimos atentos a las sirenas y a las indicaciones oficiales. Siempre sabiendo dónde está el refugio más cercano”, confiesa.
En su caso cruza la calle y baja a un espacio subterráneo. De noche, el sobresalto es más duro. “Cuando suena la alarma te despertás asustada. Es un ruido que ya funciona como disparador”, cuenta. Aun así, el procedimiento es casi automático: bajar, esperar, volver a subir. Continuar.
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En la ventana de su departamento, Iara señala una ferretería abierta. Hay clientes que entran y salen. Más allá, un supermercado funciona con normalidad. Los hospitales, las farmacias y los servicios esenciales no frenan. El resto de los trabajos, por estas horas, migró a la modalidad remota. Las escuelas y universidades suspendieron clases al menos por 72 horas. La ciudad se reorganiza sobre la marcha.
La amenaza constante impacta, sobre todo, en lo emocional. “Es vivir sabiendo que en cualquier momento puede sonar una sirena y lo peor puede pasar”, explica. No es pánico permanente, aclara, pero sí un estado de alerta que acompaña cada decisión. Dormir implica aceptar que la noche puede interrumpirse. Salir a caminar supone ubicar mentalmente el refugio más cercano.

Cuando la alarma suena, hay un margen de minutos para resguardarse. “Lo primero que hago es putear”, admite, con una voz que mezcla cansancio y honestidad. Después llega la disciplina: hacer lo que hay que hacer y seguir. “No podés reaccionar a lo loco. Ya sabés cuál es el protocolo”, asegura.
En otra punta de la ciudad, el israelí Nimrod Meroz siente el impacto desde su oficio. Es productor de eventos. Las fiestas y celebraciones que organizaba quedaron suspendidas. “Se cancelaron todos los eventos. Tenemos que ir a los refugios varias veces por hora. Es una locura”, dice. No es la primera vez que atraviesa una escalada así, aunque reconoce que cada una trae su propia incertidumbre.
En las familias con chicos, la tensión es más visible. Sin clases y sin actividades, la rutina se desarma. “Si tenés niños es mucho más difícil”, resume Nimrod. En los refugios, los padres explican lo que pasa con palabras simples y ensayan una calma que también necesitan para sí mismos. Los chicos aprenden rápido dónde pararse y cuánto esperar. Incorporan el protocolo como parte de su infancia.

La primera alarma fue la más caótica. “La gente corría, los pronósticos eran muy alarmantes”, recuerda Nimrod. Con los días, algo cambia. No desaparece el miedo, pero se ordena. “Con cada situación así, la gente se vuelve un poco más fuerte y resiliente”, afirma.
Sin embargo, la resiliencia en Israel tiene escenas concretas. Durante Purim –la festividad judía que se celebra desde la tarde del 2 al 3 de marzo, con disfraces y música– un estacionamiento subterráneo se transformó en salón improvisado. Carpas armadas, música, una mesa con luces y comida, chicos maquillados que corrían entre columnas de cemento. Afuera, la amenaza; adentro, la celebración.

“La gente trata de sacar lo mejor de esta situación”, dice Iara. No lo cuenta como un gesto épico, sino como una necesidad. Si la vida se detiene, explican, el conflicto gana demasiado terreno.
Dormir en refugios no es obligatorio en todos los casos. Cuando las indicaciones oficiales no lo exigen, muchos vuelven a sus casas con todo preparado por si la sirena vuelve a sonar. Otros, especialmente familias con niños o personas mayores, prefieren quedarse bajo tierra. “Mucha gente arma carpas en Tel Aviv. Yo no lo hago, pero muchos sí por tranquilidad”, señala Nimrod.
Las emociones se superponen: miedo, cansancio, bronca. Pero también comunidad. Vecinos que se ayudan, voluntarios que acompañan a quienes están solos, mensajes que circulan para verificar que todos estén bien después de cada alarma. “Se genera mucha contención”, afirma Iara.

Desde su llegada, hace ocho o nueve meses, ya atravesó otra escalada. Irse no es una opción que contemple. “Hay una convicción muy fuerte de seguir adelante y de que la vida no se pone en pausa”, dice. Trabajar, estudiar, formar familia, celebrar una fiesta bajo tierra: cada gesto cotidiano se vuelve una declaración.
Nimrod lo resume con palabras simples: “La gente acá tiene espíritu. Sabemos lo que es sufrir, pero podemos salir adelante”.