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INTERNACIONAL / Más allá de la pandemia
martes 12 mayo, 2020

Mercosur y Coronavirus: una comunidad de seguridad en riesgo

La crisis sanitaria aumenta la desconfianza y las percepciones de amenaza entre los países miembros, poniendo en juego algo más que la orientación comercial y económica del bloque.

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Alejandro Frenkel*


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Alberto Fernández aseguró que el brote en Brasil plantea un "riesgo a la región" Foto: Cedoc Perfil
martes 12 mayo, 2020

El Mercosur está, una vez más, en crisis. Las recientes idas y vueltas del gobierno argentino en torno a seguir participando de las negociaciones comerciales con países extrazona reavivaron la puja que atraviesa al bloque desde hace una década. La línea divisoria se marca entre quienes impulsan un Mercosur más abierto al mercado global, que potencie un modelo económico primario exportador y aquellos que prefieren un esquema más proteccionista, que no resigne el desarrollo autónomo de capacidades industriales y tecnológicas.

Pero la crisis por la que atraviesa el Mercosur no se debe únicamente a las diferencias en la agenda comercial. Vale recordar que si bien la parte económica ha tenido siempre un lugar central en el proceso de integración, el Mercosur es un proyecto multidimensional, que incluye cooperación en temas de educación, medio ambiente, salud, transporte, derechos humanos y, también, de seguridad.

Desde hace varios meses se viene produciendo una escalada de declaraciones entre los gobiernos de Argentina y Brasil, señalando los supuestos riesgos a la seguridad nacional y regional que implican las políticas implementadas de uno y otro lado. El primer paso lo dio Jair Bolsonaro, cuando sostuvo en diciembre del año pasado que las medidas adoptadas por Alberto Fernández podrían generar un éxodo masivo de argentinos a Brasil, lo cual traería, al igual que la migración de venezolanos en el Estado norteño de Roraima, un aumento de la violencia y un empeoramiento de las condiciones de salud y educación para los ciudadanos brasileños. A ello se sumó la revelación en febrero pasado de un estudio prospectivo de las Fuerzas Armadas brasileñas, en el que se trazan varias hipótesis de conflicto para 2040 en América del Sur. Entre ellas, un conflicto con Argentina producto de la instalación de una base militar china. El presidente argentino, por su parte, afirmó hace unos días frente a sus pares de Chile y Uruguay que el descontrol de la situación sanitaria en Brasil por el Coronavirus representa un riesgo para toda la región. Algo similar sucedió con el ministro de salud de Paraguay, quien declaró que la velocidad de propagación en Brasil representa “un riesgo muy grande” para el país mediterráneo. Seguido a ello, el presidente Mario Abdo Benítez ordenó redoblar el control militar en los principales pasos fronterizos para evitar el ingreso de personas infectadas con Covid-19.

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Como es bien sabido, en los ochenta Argentina y Brasil dejaron atrás años de rivalidad para dar paso a una relación de amistad, basada en el fortalecimiento de las democracias, un aumento de la interdependencia económica, la desactivación de las hipótesis de conflicto y la construcción de una identidad común. En este marco, el Mercosur fue concebido por los cuatro países fundadores como un instrumento primordial para proyectar una zona de paz y garantizar la estabilidad en la región. Con el tiempo, las visiones compartidas forjaron una cultura de resolución pacífica de los conflictos y un amplio entramado de cooperación en cuestiones militares y de seguridad, llevando a que diversos autores definieran a la región como una incipiente comunidad de seguridad. Este concepto, desarrollado en la década de 1950 por el alemán Karl Deutsch y reformulado décadas más tarde por los internacionalistas Emanuel Adler y Michael Barnett, hace alusión a un grupo de Estados y sociedades que desarrollan ideas, valores e instituciones comunes de forma tal que desaparece la idea de que el otro pueda ser una amenaza a la propia seguridad. Como resultado, se vuelve inimaginable la posibilidad de resolver los conflictos mediante la violencia.

La seguridad de los Estados y las sociedades no depende de cuántos policías, militares y armamento se tenga o de que haya amenazas “objetivamente” tangibles. La amistad, rivalidad o enemistad entre países es resultado de procesos sociales y políticos en los que el contexto y los discursos juegan un papel determinante. El caso de Estados Unidos y su disputa con China es un ejemplo elocuente de ello. Las recientes declaraciones de Donald Trump señalando al Covid-19 como un “virus chino” alimentan la idea de que el país asiático es el principal responsable de que miles de norteamericanos se estén contagiando, muriendo o perdiendo su empleo. No es casualidad que la imagen negativa de China entre los ciudadanos estadounidenses haya aumentado más de 20 puntos desde que Trump llegó a la presidencia. Las palabras no son meros artificios. Construyen y performan realidades.

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¿Las declaraciones de Bolsonaro y Fernández son, entonces, un indicador de que pueda darse un conflicto armado entre Argentina y Brasil en un futuro no muy lejano? Hoy por hoy resulta impensable esa posibilidad. No obstante, lo que sí parecen revelar estos dichos es una degradación de los valores e intereses comunes y un retroceso en la edificación de una comunidad de seguridad en el Mercosur. No se trata, como ya ha sucedido en otros momentos, de gobiernos con poca sintonía ideológica o que difieren en sus miradas sobre la economía y la inserción internacional. La novedad aquí es la enunciación de discursos en las más altas esferas gubernamentales que identifican como potenciales amenazas a la seguridad, la salud y el desarrollo económico a quienes hasta hoy eran considerados socios estratégicos.

Aunque la escalada retórica no comenzó ahora, el actual contexto que marca la crisis del Coronavirus facilita que los discursos seguritizadores se legitimen. Las apelaciones a que estamos frente a un “enemigo invisible”, la expansión de medidas de vigilancia y de control social y el hecho de que los Estados hayan adoptado estrategias individuales frente a la pandemia fomentan un enardecimiento de las fronteras nacionales. Ya no como puntos de partida para integrarnos, sino como barreras que nos protegen de nuestros riesgosos vecinos. Como sostienen Jorge Aponte Motta y Olivier Kramsch en un artículo recientemente publicado en la revista Geopolítica(s), el Covid-19 ha revivido la vieja concepción de las fronteras: como grandes puertas temerosas, que se entreabren para dejar pasar algunos nacionales, pero permanecen cerradas para lo extranjero.

En el caso del Mercosur, la seguritización e inmovilización del espacio fronterizo atenta contra una de las políticas que viene desarrollando el bloque desde hace largos años y que también hace a la construcción de una identidad común: la articulación de una idea amplia de ciudadanía, basada en la libre circulación de las personas y la igualdad de derechos entre los que habitan la región.

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Quienes trazan previsiones de lo que será el “mundo pos pandémico”, no ofrecen señales de que esta resignificación de las fronteras vaya a ser algo meramente coyuntural. En algunos países se está hablando de desarrollar, para el Covid-19 y otros virus que puedan aparecer, una especie de “pasaporte sanitario”, mediante el cual los ciudadanos tendrán que acreditar su inmunidad a la enfermedad. Sólo aquellos que gocen de esa condición tendrán derecho a transitar por las calles, a trabajar y a cruzar de un país a otro.

En definitiva, la crisis en la que ha entrado el Mercosur es más profunda que el dilema de volver a una zona de libre comercio en la que cada uno puede realizar acuerdos individuales con terceros países o mantener la (imperfecta) unión aduanera. De continuar los discursos excluyentes, también se encuentra en riesgo el proyecto de un  Mercosur como espacio amplio de cooperación, confianza y de identidad compartida. Afortunadamente, los procesos de integración y la construcción de comunidades de seguridad trascienden a los Estados. Habrá que confiar en que los lazos de amistad entre las sociedades están mucho más firmes que en la superficie de los gobiernos.

*Doctor en Ciencias Sociales. Coordinador académico de la Maestría en Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de San Martín.


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