El ex numerario del Opus Dei y uno de los protagonistas del documental “El Buen Espíritu", Federico Johansen, pasó por Ronda de Investigación en +Perfil y relató cómo ingresó a la institución durante su adolescencia, las prácticas que cuestionó y el proceso de cuatro años que atravesó hasta decidir abandonar la organización.
Federico Johansen contó que conoció el Opus Dei siendo adolescente, a través de un retiro organizado por el colegio al que asistía. Según explicó, inicialmente ni siquiera sabía que el sacerdote que lo había predicado pertenecía a la institución. “Yo jamás oí la palabra Opus Dei en toda la predicación. El sacerdote me cayó muy simpático, por lo que uno es simpático con las personas a los 13 años”, planteó.
Después comenzó a concurrir regularmente a una residencia vinculada al Opus Dei. Sin embargo, aseguró que pasó varios meses hasta que escuchó por primera vez el nombre de la organización: “Y en algún momento, después de años, dije, ¿cuándo fue la primera vez que yo escuché la palabra Opus Dei? Y debió ser cuatro o cinco meses después de ir asiduamente, digo asiduamente, dos o tres veces por semana a la residencia”.
El acercamiento avanzó hasta que le comunicaron que, según los responsables de la institución, tenía vocación para incorporarse como numerario. “Y en un momento me dijeron, bueno, mira, hemos visto en la oración que vos tenés vocación al Opus Dei”, relató.
Johansen explicó que ser numerario implicaba celibato, obediencia y pobreza, además de vivir en un centro de la institución y entregar el salario: “Ser numerario es entregarse a Dios en el Opus Dei viviendo el celibato apostólico, con obediencia y pobreza incluidas a la institución”.
El ex numerario sostuvo que, aunque nadie lo obligó físicamente a ingresar, considera que la información que recibió durante su adolescencia condicionó su decisión. “Dicen que yo lo hice libremente. Efectivamente, nadie me puso un revólver en la cabeza”, describió en +Perfil. Y utilizó una comparación para explicar cómo percibió aquel proceso: “Puedo elegir, pero la elección no fue tan libre”.
Según su relato, con el paso del tiempo las obligaciones adquirieron una dimensión concreta que no había imaginado inicialmente: “Entonces, bueno, eso ya empieza a tener un objetivo de alguna concreción más importante”.
También recordó que llegó a modificar su trayectoria educativa por indicación de la institución: “Entonces, insisto, las concreciones no son las que yo me imaginaba en ese momento, y uno va por el plano inclinado, donde de a poco te van metiendo cada vez más en algo que, si te hubieran dicho todo de entrada, aún con 14 años, creo que hubiera hecho para un cachito”.
Las prácticas que cuestionó
Johansen afirmó que con el tiempo comenzó a encontrar contradicciones entre sus ideales religiosos y determinadas prácticas que, según su experiencia, debía llevar adelante. “Yo santo no podía ser porque me daba cuenta que tenía que mentir, que tenía que engañar, que tenía que hacer cosas reñidas con mi propia conciencia, independientemente de que estén reñidas con la moral católica”, expresó
Entre esas prácticas mencionó lo que definió como “restricción mental”. En ese sentido, mencionó: “Yo digo a veces que hice un máster en lo que es restricción mental, que es decirte las cosas para que vos entiendas lo que yo quiero, pero mintiendo”.
También relató situaciones vinculadas con menores que ingresaban a la institución: “Entonces yo me daba cuenta de que estaba manipulando un menor, no con esta palabra de manipulación que está, pero yo me daba cuenta de que eso no cerraba”.
La salida del Opus Dei, según explicó, no fue producto de un único episodio. Johansen afirmó que atravesó un proceso prolongado antes de abandonar definitivamente la institución. “No hubo un clic determinado. Mi proceso duró cuatro años, mi proceso de salida”, comentó.
El día que abandonó la institución
Johansen describió la salida como un momento particularmente doloroso y contó que, mientras participaba de un curso anual en Córdoba, atravesó una profunda crisis personal: “Si no los tengo, decía, por favor, que un camión pierda una rueda y me pase por encima, porque yo la voy a pasar como la mona y me voy a ir al infierno”.
También recordó el contraste entre la imagen que debía mostrar hacia los demás y lo que sentía internamente: “Y yo estaba con una sonrisa porque teníamos que estar siempre alegres, porque si no y por adentro me estaba muriendo”.
Finalmente, tomó la decisión de marcharse: “No podía contar a nadie, no podía hacer nada, y bueno, al día siguiente agarré mis valijas y me fui cuando volví a la abrogación”.