Hace 25 años, el atentado contra las Torres Gemelas inauguró una nueva época política signada por el miedo. El 11-S no solo desencadenó la llamada “guerra contra el terrorismo” y la invasión de Irak, sino que consolidó un clima de sospecha hacia el mundo musulmán y una percepción permanente de amenaza que hoy sigue vigente en Europa y Estados Unidos alimentando la xenofobia.
Para la primera potencia mundial, la existencia de un enemigo difuso y omnipresente también funcionó como un poderoso factor de cohesión interna tras la caída de la Unión Soviética: las supuestas armas de destrucción masiva de Saddam Hussein, que nunca aparecieron, fueron parte de la justificación de una guerra que necesitaba construir una amenaza extraordinaria para obtener respaldo político y social. El cine, como suele ocurrir, absorbió esa paranoia y la convirtió en relatos sobre terroristas, catástrofes y sociedades amenazadas por enemigos invisibles.
Un cuarto de siglo después, la amenaza cambió de forma, pero no necesariamente de lógica. Hoy la paranoia global ya no gira principalmente alrededor del terrorista que puede atacar en cualquier momento, sino de una inteligencia artificial que podría escapar de nuestro control y “matarnos a todos”.
El tema cobró relevancia internacional a partir de que un investigador de Anthropic, Jacob Coxon, renunció recientemente y denunció que las grandes empresas de inteligencia artificial están avanzando hacia una superinteligencia que podría quedar fuera de control. Evan Hubinger, responsable de un equipo de seguridad de la compañía, respondió públicamente que Coxon “tiene razón” y estimó en más de 10% la posibilidad de que la IA mate a todos los humanos durante la próxima década.
En este caso, el cine se adelantó a nuestros medios: mucho antes de que la IA se incorporara masivamente a la vida cotidiana, películas como Terminator, Matrix o 2001: Odisea del espacio imaginaron máquinas capaces de superar, dominar o incluso destruir a la humanidad. La comparación no implica negar los riesgos reales de la inteligencia artificial, sino advertir cómo las sociedades construyen sus grandes miedos: después del terrorista invisible, aparece ahora la máquina autónoma, pero esta vez en una competencia entre potencias por la supremacía tecnológica: China y Estados Unidos.
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La competencia entre potencias puede funcionar, paradójicamente, como un acelerador del riesgo que todos dicen querer evitar. Si una potencia supone que su rival no va a detenerse ni a escatimar riesgos, detenerse unilateralmente puede parecer una forma de quedar en desventaja: si nosotros no desarrollamos la tecnología, lo hará el otro. Es una lógica que recuerda a la carrera por la bomba atómica: el temor a que el adversario pudiera obtener primero un arma de poder desconocido fue precisamente uno de los factores que impulsó su desarrollo. Con la inteligencia artificial aparece un dilema semejante: cuanto mayor es el miedo a que el otro llegue primero, mayor es también el incentivo para correr, incluso cuando quienes corren son los primeros en advertir que quizá no sepan exactamente hacia dónde están corriendo.
Los científicos que participaron en el desarrollo de la bomba atómica terminaron convirtiéndose, paradójicamente, en algunos de sus principales críticos. Muchos de ellos impulsaron después campañas por el desarme nuclear y por el control internacional de esas armas, mientras que el Bulletin of the Atomic Scientists creó en 1947 el Reloj del Juicio Final como una advertencia simbólica sobre el riesgo de una destrucción global. Hay algo de esa misma paradoja en la inteligencia artificial: quienes mejor conocen sus capacidades y limitaciones son precisamente los ingenieros que la están construyendo y, aunque todavía de manera dispersa y minoritaria, algunos de ellos empiezan a advertir que el desarrollo de sistemas cada vez más poderosos puede estar avanzando más rápido que nuestra capacidad para controlarlos.
Veamos una pequeña escena de Watchmen, de Zack Snyder, donde se aprecia el reloj del juicio final.
Nietzsche escribió que “cuando mirás el abismo, el abismo te mira”. Hay algo profundamente inquietante en pensar la inteligencia artificial desde esa imagen: los modelos de lenguaje no piensan en el sentido humano del término, sino que recorren estadísticamente un universo gigantesco de posibilidades lingüísticas y, a partir de ellas, producen la palabra que probablemente deba seguir. Pero cuando escribimos una pregunta y la máquina nos devuelve una respuesta coherente, razonada y aparentemente intencional, tenemos la sensación de que del otro lado hay alguien pensando. Es el vacío estadístico devolviéndonos una voz; el abismo ya no solamente nos mira: nos habla.
Y quizá por eso las advertencias más inquietantes no provienen únicamente de filósofos o escritores de ciencia ficción, sino de quienes están más cerca de ese abismo: los propios ingenieros que construyen estos sistemas. Son ellos quienes conocen desde adentro la enorme distancia entre comprender cómo funciona un modelo y poder predecir completamente qué hará cuando su capacidad aumente. Cuando un investigador de una empresa de inteligencia artificial advierte que estamos avanzando hacia una superinteligencia que podría escapar de nuestro control, no está hablando desde la fantasía, sino desde el lugar privilegiado y aterrador de quien puede mirar más profundamente el cerebro de la maquinaria autónoma. Son ellos quienes están pidiendo poner el freno de mano a este aceleracionismo sin barreras.
Del otro lado de esta discusión aparecen algunos de los empresarios más poderosos de Silicon Valley, para quienes la respuesta frente al riesgo no es necesariamente frenar, sino acelerar. Peter Thiel es quizá una de las figuras más representativas de esta corriente.
En 2009 dijo: “Ya no creo que libertad y democracia sean compatibles”. Su diagnóstico es que la política democrática se ha vuelto un freno para el desarrollo de la humanidad, y que la salida podía estar en construir, a través de la tecnología, espacios capaces de escapar de las restricciones de la política. Thiel hablaba entonces de una “carrera mortal entre política y tecnología”.
Está convencido de que el progreso debe avanzar incluso cuando sus consecuencias resultan catastróficas. En torno a estas ideas se desarrolló la llamada Ilustración Oscura, una corriente intelectual que cuestiona los valores de la Ilustración y reivindica formas de organización social tecnocráticas. Anarcocapitalistas.
Vamos a decirlo directamente: Peter Thiel, y divulgadores como Curtis Yarvin y Nick Land, que se postulan como enemigos de la Ilustración y de la democracia, son una amenaza real. Sostienen una ideología abiertamente antihumanista, escéptica y nihilista. Que esta ideología destructiva penetre en magnates tech recuerda a los magnates de la industria que en la década del 30 apoyaron a Adolf Hitler.
Thiel impulsa ahora Covenant, una empresa de misiles “low cost”. En 2001, Al Qaeda convirtió aviones comerciales en armas estratégicas y reemplazó el sofisticado sistema de guiado de un misil por pilotos suicidas. En 2026, la tecnología está reduciendo todavía más las barreras económicas y técnicas para producir capacidad destructiva.
Durante el siglo XX, lanzar una carga explosiva a cientos o miles de kilómetros requería Estados, grandes complejos militares e inversiones multimillonarias; drones, componentes comerciales y fabricación distribuida están reduciendo progresivamente esas barreras. Además, los objetivos pueden definirse por Inteligencia Artificial. Thiel está creando las herramientas destructivas que pueden cumplir las profecías apocalípticas de los ingenieros que se van de Anthropic y OpenAI advirtiéndonos de la catástrofe.
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No hace falta imaginar una inteligencia artificial consciente que decida exterminar a la humanidad: basta con que reduzca el costo de tareas como diseñar, programar, navegar, reconocer objetivos, coordinar drones o acceder a conocimientos técnicos especializados.
Pero el objetivo de Thiel no es democratizar los misiles para cualquiera: el propósito declarado es reforzar la capacidad militar de Estados Unidos y sus aliados frente a China, Rusia e Irán.
Ayer entrevisté al economista serbo-estadounidense Branko Milanovic para la edición de este domingo del diario Perfil. Su lectura de Trump, Xi y Putin resulta particularmente iguales porque los tres pueden entenderse como contrarrevolucionarios, productos de la misma globalización neoliberal que, paradójicamente, encabezan su reversión porque los oligarcas rusos que aspiraban a ser candidatos a presidentes, los multimillonarios chinos que se incorporaban al Partido Comunista chino pretendían manipularlo y el 1% estadounidense símbolo del establishment, el 1% más rico.
La modernidad había construido una diferenciación entre las distintas formas de poder: el dinero no era las armas, las armas no eran la Iglesia y el gobierno no era necesariamente el propietario del capital. El gran empresario podía comprar influencia, pero necesitaba del Estado; el general tenía la fuerza, pero no controlaba los bancos; la Iglesia conservaba autoridad moral, pero había perdido el monopolio político. El siglo XXI parece estar ensayando el movimiento inverso: volver a concentrar esas capacidades alrededor de un solo jugador: la tecnología.
La diferencia entre Rockefeller y Elon Musk, o entre Carnegie y Peter Thiel, no es solamente de escala, sino de naturaleza. Rockefeller controlaba petróleo; Musk participa simultáneamente de industrias espaciales, satélites, comunicaciones, inteligencia artificial, robótica y una plataforma de comunicación masiva. Thiel articula capital de riesgo, software de inteligencia y vigilancia, defensa, inversiones tecnológicas, influencia política y una producción intelectual que cuestiona abiertamente algunos fundamentos de la democracia liberal. Ya no se trata solamente de venderle productos al poder, sino de proporcionar parte de la infraestructura mediante la cual el poder funciona. Palantir participa en sistemas de inteligencia y defensa; las redes satelitales pueden convertirse en infraestructura estratégica durante una guerra; la inteligencia artificial empieza a ocupar un lugar central en la producción de conocimiento y en la toma de decisiones.
Y hay una dimensión adicional: el poder cultural. Musk, Thiel, Andreessen y otros no solo acumulan capital: también producen relatos sobre el futuro, la humanidad, la tecnología y el destino de la civilización. No es exactamente poder religioso, pero sí poder simbólico, ideológico y hasta escatológico: no solo poseen cosas, también producen sentido.
Después de Putin, Xi y Trump. Putin subordinó a los oligarcas al Estado; Xi subordinó el capital al Partido; Trump construyó una alianza entre el poder político y una parte de los multimillonarios contra otra elite globalizada. La cuarta posibilidad es que el poder económico deje de necesitar subordinarse al político porque empiece a convertirse él mismo en poder político, militar y cultural. Suena como una distopía tecno-fascista.
El siglo XX intentó separar el dinero, las armas y las creencias dogmáticas tras la catástrofe de la Primera y Segunda Guerra Mundial; el siglo XXI podría volver a reunirlos, pero alrededor de algo que ninguna generación anterior había tenido: la tecnología más poderosa del mundo como infraestructura común del capital, la guerra, la información y la cultura.
Quizás el final de esta historia no sea necesariamente el fin del mundo, pero sí el final de una determinada idea de mundo: aquella en la que suponíamos que el progreso tecnológico significaba, casi automáticamente, progreso humano. La inteligencia artificial, las armas autónomas, la concentración de poder y la carrera entre potencias nos colocan frente a una verdad incómoda: que seamos capaces de construir máquinas cada vez más poderosas sin haber aprendido todavía a construir sociedades más justas. Y si alguna vez llega ese apocalipsis que tanto imaginamos colectivamente en el cine y las series, quizás no haya nada más esperanzador que recordar que detrás de los algoritmos siguen existiendo seres humanos.
Por eso, frente a todas estas profecías de catástrofe, también hay una decisión que podemos tomar en el presente. Abrazar a nuestros seres queridos, cuidar a quienes tenemos cerca, intentar ser un poco mejores personas cada día, no como una respuesta ingenua frente a los grandes problemas del mundo, sino como una forma concreta de no entregar nuestra humanidad a la lógica del miedo y la destrucción. Si alguna vez el mundo termina, probablemente no podamos hacer demasiado para impedirlo; pero mientras tanto, todavía podemos decidir qué clase de mundo queremos construir.
Frente a quienes nos dicen que el futuro inevitablemente será una catástrofe, quizás la respuesta más radical sea conservar la esperanza. Porque mientras podamos imaginar un mundo mejor, mientras podamos elegir la solidaridad por encima del miedo y mientras podamos seguir cuidándonos unos a otros, el futuro todavía no está escrito y depende de nosotros.
Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira