El péndulo político mundial es tan vertiginoso que Alemania vuelve a ser noticia. No es por el auge de la extrema derecha filonazi en Sajonia, sino por el posible triunfo de la candidata de Die Linke, que en alemán se traduce literalmente como La Izquierda, en Berlín, la capital del país. Elif Eralp es la candidata principal de la izquierda berlinesa. Es una abogada de 45 años de origen turco. Podría hacer historia al convertirse en la primera alcaldesa de la capital nacida en una familia de inmigrantes. En los últimos meses, su figura ganó una fuerte tracción mediática. Analistas y simpatizantes la bautizaron bajo la fórmula de la "Mamdani alemana".
Esta comparación la conecta directamente con Zohran Mamdani. Él es el político socialista democrático que dio la sorpresa internacional al ganar la alcaldía de Nueva York a finales de 2025. La analogía entre ambos líderes no es casual y se sostiene sobre dos pilares fundamentales: El manual político del "Día a Día". Al igual que Mamdani en Estados Unidos, Eralp centró su campaña en resolver los problemas cotidianos que asfixian a las clases trabajadoras. Su plataforma electoral hace foco estricto en frenar la crisis de la vivienda mediante la congelación de los alquileres. También busca garantizar un transporte público accesible, reducir el costo de vida y optimizar la limpieza urbana. La propia Eralp llegó a declarar algo clave: si la izquierda fue capaz de conquistar una metrópolis tan cara como Nueva York, Berlín también es un territorio posible. Además, ambos son hijos de inmigrantes. Mamdani, de padres ugandeses y él mismo nacido en Kampala, Uganda, aunque nacionalizado en Estados Unidos, y Eralp, hija de turcos.
El fenómeno en las urnas. El impulso de esta narrativa revitalizó la intención de voto de la izquierda en la capital alemana. Los sondeos más recientes publicados por consultoras de peso como Infratest dimap, Insa y la cadena pública ZDF sitúan a Die Linke en un escenario de empate técnico con la Unión Demócrata Cristiana (CDU, que es el actual gobierno de Alemania). Ambos espacios se mueven en una franja en la que cada uno consigue entre un 20% y un 23% de los votos. A las puertas de la votación, el panorama está completamente abierto. Si bien el triunfo directo en las urnas es una posibilidad real, la fragmentación obligará a iniciar un complejo ajedrez político tras el domingo. El destino de Elif Eralp dependerá de su capacidad para liderar negociaciones y sellar una coalición de gobierno con los Verdes y los socialdemócratas del SPD. Este resultado es especialmente interesante luego de que la ultraderecha de Alternativa para Alemania saliera primera en Sajonia. El siguiente spot de Elif Eralp permite conocer un poco más de este fenómeno, el mismo tiene un doblaje argentino realizado con inteligencia artificial.
El ascenso político de Elif Eralp refleja una dinámica de contraste directo frente al descontento generado por la gestión del actual alcalde conservador de la CDU, Kai Wegner. El detonante del escándalo conocido como tennis-gate ocurrió durante un grave apagón masivo que afectó a unos 45 mil hogares en Berlín. Mientras la población atravesaba temperaturas bajo cero y una parálisis de servicios esenciales, el alcalde aseguró públicamente estar encerrado en su oficina coordinando la emergencia. Sin embargo, se filtró que en pleno pico de la crisis se había retirado a jugar un partido de tenis con su pareja, la ministra de Educación. Esto es muy interesante porque recuerda a la foto de la Fiesta de Olivos. Aquel episodio precedió a la derrota del Frente de Todos y al surgimiento de la figura de Milei, en ese momento diputado por la Capital.
La idea de una casta política que vive en otra realidad, insensible y desconectada de la gente común, genera la irrupción de dirigentes no tradicionales que logran hablarle directamente a la ciudadanía. Ahora bien, los fenómenos por derecha y por izquierda no son simétricos. Las figuras de extrema derecha son más disruptivas e insultantes. Plantean soluciones drásticas: colocar un muro en la frontera con México, como decía Trump, o quemar el Banco Central, como decía Milei. Luego, por suerte, no hacen todo lo que plantean en campaña. Pero logran llamar la atención con propuestas disparatadas. La izquierda, en cambio, tiene propuestas fuertes pero dentro del espectro de lo posible. Promueve congelar el precio de los alquileres o implementar un sistema de transporte al costo o gratuito.
La izquierda que avanza en el mundo hoy tiene un perfil de gestión concreta de los problemas. La derecha que avanza parece ser más ideológica. Esto da respuesta a una de las preguntas que nos hacíamos en la columna de la semana pasada sobre Sajonia: ¿por qué los sectores populares votan a la derecha y la clase media es progresista? Citábamos al periodista Facundo Pedrini con una metáfora muy gráfica. Él preguntaba por qué el repartidor que le lleva un café de especialidad a un periodista en Palermo es libertario, mientras el periodista vota al peronismo. La respuesta es que la izquierda había asumido demasiado los reclamos identitarios. Son reclamos de género totalmente válidos, pero se había olvidado de las demandas económicas de la mayoría de la sociedad trabajadora.
Es el concepto de la "izquierda gentrificada" del que habíamos hablado. Bueno, acá encontramos que hay un Mamdani que habla de alquileres y transporte, y una Elif Eralp que también se enfoca en los problemas de la gente de a pie. Es verdad que ella habla de la discriminación a los inmigrantes, pero en Europa esto es un problema masivo, más aún con el auge de la extrema derecha. Tampoco queremos decir que los problemas de género sean algo menor o puramente simbólico. El tema es la jerarquía de las prioridades. Una cosa es una izquierda que se enfoca en construir refugios para víctimas de violencia de género que no tienen dónde vivir. Otra es la insistencia exclusiva en la aplicación del lenguaje inclusivo. Una propuesta implica salvar vidas de manera directa. La otra busca cambiar la percepción del género de forma simbólica. El surgimiento de figuras como Zohran Mamdani en Nueva York o Elif Eralp en Berlín responde a un fenómeno político mundial: la consolidación de una nueva izquierda urbana. Como decíamos, se trata de liderazgos de perfil técnico, habitualmente con trasfondo independiente o de activismo sectorial. Logran conectar con el descontento de las grandes metrópolis al articular soluciones hiperlocales para la crisis de la vivienda, el transporte y el costo de vida. No apelan al dogma abstracto.
Apelan a la gestión concreta y a la defensa del ciudadano de a pie frente al colapso de los servicios públicos o la desconexión de las élites tradicionales. El caso de Génova es paradigmático dentro de esta tendencia. Allí emergió la figura de Silvia Salis. Antigua atleta olímpica y dirigente de gestión deportiva en el Comité Olímpico Italiano, Salis dio el salto a la política institucional sin provenir del aparato tradicional de los partidos. Al frente de una coalición progresista e independiente, logró desbancar a la derecha en una ciudad clave del norte italiano. Construyó una plataforma fuertemente volcada a la eficiencia ejecutiva, el ordenamiento de la infraestructura urbana y la inclusión social. Salis encarna ese perfil de gestora que combina frescura comunicacional con capacidad de articulación técnica. Un patrón similar se observa en otras grandes urbes europeas, como el caso de Grégory Doucet en Lyon. Proveniente del sector de las organizaciones no gubernamentales y de la cooperación internacional, Doucet asumió el gobierno municipal impulsado por una agenda verde y de izquierda pragmática. Su gestión se alejó del debate ideológico rígido para priorizar la transformación de la movilidad urbana, la descentralización del presupuesto comunal y la implementación de políticas directas contra la especulación inmobiliaria.
Estas experiencias comparten elementos estructurales con los liderazgos de Mamdani en Nueva York o Eralp en Berlín. En primer lugar, la comunicación directa y pedagógica que traduce demandas complejas en propuestas operativas inmediatas (como la congelación de alquileres o el transporte accesible). En segundo lugar, el aprovechamiento del desgaste de las gestiones conservadoras o de centro tradicional cuando sufren episodios de insensibilidad o fallas en la respuesta ante emergencias. Finalmente, la capacidad de construir mayorías heterogéneas uniendo a los sectores populares con la juventud profesional golpeada por la precariedad urbana. Además, hay una tradición histórica del izquierdismo municipal que luego es trampolín a la llegada al poder.
Es como si la gestión efectiva de la izquierda en una municipalidad le quitase los prejuicios a la sociedad para darle la posibilidad de gobernar el país. La historia demuestra que las metrópolis funcionan habitualmente como laboratorios de prueba para las fuerzas progresistas antes de su proyección a escala nacional. En América Latina existen antecedentes contundentes. La victoria de Luiza Erundina con el PT en São Paulo en 1989 antecedió por trece años la presidencia de Lula da Silva.
De forma idéntica, la llegada de Tabaré Vázquez a la intendencia de Montevideo en 1990 marcó el camino para que quince años después el Frente Amplio alcanzara el gobierno en Uruguay. Un patrón similar se repite en Ciudad de México a partir del triunfo de Cuauhtémoc Cárdenas en 1997, convirtiendo a la capital en la plataforma desde la cual emergieron las presidencias de Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum. En Bogotá, Colombia, la gestión de alcaldes del Polo Democrático y del propio Gustavo Petro anticipó su posterior llegada al gobierno nacional. El escenario local resulta una cantera imprescindible para demostrar capacidad de gestión y construir hegemonía.
Europa ofrece ejemplos igual de reveladores. En España, la llegada de la activista antidesahucios Ada Colau a la alcaldía de Barcelona en 2015 se convirtió en el paradigma de la nueva izquierda urbana surgida tras la crisis de 2008. En Reino Unido, Ken Livingstone gobernó Londres desde el Labour y la izquierda independiente, marcando una gestión diferenciada frente al aparato nacional del partido. Francia presenta el caso de París, donde la centroizquierda consolida una hegemonía histórica sostenida en el tiempo por los socialistas Bertrand Delanoë, Anne Hidalgo y, más recientemente, Emmanuel Grégoire.
En una línea similar, el "socialismo municipal" de Viena muestra un modelo de políticas de vivienda e infraestructura social ininterrumpido desde hace un siglo, mientras que en Italia la emblemática "Bolonia roja" del PCI fue durante décadas la gran vidriera de eficiencia administrativa del comunismo europeo. Incluso en Argentina encontramos esta lógica con el Partido Socialista en Rosario, una gestión municipal que luego le permitió disputar y conquistar la gobernación de la provincia de Santa Fe.
Actualmente, la consolidación de estas alcaldías demuestra algo central: la izquierda metropolitana contemporánea encuentra su efectividad electoral cuando reemplaza la retórica ideológica por un modelo de gestión enfocado en devolver operatividad al Estado local. En Argentina hay exponentes de este fenómeno con sus particularidades locales. Si vamos a hablar de una izquierda con arraigo local que efectivamente disputa el poder de su municipio, tenemos que hablar de Juan Monteverde en Rosario. Este dirigente le ganó la interna al peronismo desde un espacio de izquierda municipalista llamado Ciudad Futura. Vamos a ver un spot muy corto para notar algo inusual en la izquierda.
Habla de inseguridad. Es la primera vez que en un spot se ve a alguien manifiestamente de izquierda reflejando el problema de la inseguridad. Esto es interesante porque desmitifica algo que viene nublando el entendimiento de la política nacional: que la gente se volvió de derecha y que por eso los políticos progresistas espantan los votos. Lo que espanta los votos es no hablarle a la gente de sus verdaderos problemas y no proponerles soluciones concretas. Esto nos lleva a hablar del principal ejemplo de la izquierda argentina: Myriam Bregman y el Frente de Izquierda. ¿Por qué en la Ciudad de Buenos Aires, una ciudad de características similares a Berlín o Nueva York, la izquierda no tiene una figura que pueda ganar las elecciones? ¿Por qué, a pesar de los más de 15 años de existencia del Frente de Izquierda, no disputa el poder en ninguna localidad importante? Nuestra hipótesis es probablemente la más obvia y directa: porque no quieren. El armazón ideológico de Myriam Bregman y del resto del Frente de Izquierda es trotskista ortodoxo. ¿Qué significa esto? Que plantean que para solucionar los problemas de la gente hay que cambiar de sistema, no de gobierno.
Hay que dejar el capitalismo atrás e ir a un sistema socialista sin propiedad privada: la socialización de los medios de producción. Esto se lograría a través de una revolución violenta, como en la Rusia de 1917. Luego de esto, se suplanta el Estado que todos conocemos por un Estado obrero, es decir, la dictadura del proletariado, y se avanza con las reformas necesarias. ¿Y si la gente no quiere hacer la revolución, como parece suceder en la actualidad? En ese caso, para ellos, ser parte del Estado capitalista es traicionar los propios principios.
Myriam Bregman y Nicolás Del Caño convocaron a una marcha contra el Gobierno: cuándo y dónde será
Que alguien de izquierda gane las elecciones exige administrar un presupuesto, pagarle menos de lo que les gustaría a los docentes o estatales y negociar con proveedores. Implicaría sentarse con empresarios para cobrar impuestos sin que se vayan y trabajar con la policía para enfrentar el crimen organizado. Administrar el Estado no siempre es darle a la gente lo que necesita, porque muchas veces los recursos son insuficientes. Eso genera desgaste político y es lo que el Frente de Izquierda prefiere evitar. Esto provoca que, si bien pueden votar leyes en común con el peronismo o con sectores disidentes del PRO, no quieran formar una alianza para disputar las elecciones. En el fondo, no buscan el poder dentro de los márgenes del capitalismo.
No todo el trotskismo es así. De hecho, en Brasil hay sectores de este espectro ideológico trotskista que están con Lula. Pero para el Frente de Izquierda argentino, Lula es un candidato burgués y alguien del sistema. Un rostro más amable del capitalismo. El caso de Lula sirve también para reflejar otra problemática de la izquierda en Argentina: la existencia del peronismo ocupando, aunque no exclusivamente, una parte significativa del sector de izquierda del mapa político –Juan Grabois es un ejemplo– dejando a la izquierda solo el espacio más extremo.
De hecho, entre otros dirigentes peronistas, el presidente de su bloque de senadores, José Mayans, propuso formalmente que Myriam Bregman y su espacio se sumaran a una coalición con el peronismo, lo que espanta al trotskismo. ¿Cómo hacer reformas que ayuden a los más vulnerables si la gente no quiere hacer la revolución? Para esa pregunta, el Frente de Izquierda no tiene respuesta. Tal vez, ahora que la izquierda internacional empieza a mostrar alternativas de gestión y enfrente esta posible reelección de Milei, Bregman y el Frente de Izquierda reevalúen sus concepciones ideológicas y se sumen a la disputa del poder real. Veremos cómo se desarrolla esta historia. Por lo pronto, no todas las novedades de la política global vienen de la derecha.
Producción de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi
MEG