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Editorial de Jorge Fontevecchia

Día 1046: Este hombre no está bien, tampoco internacionalmente

El desgaste del programa económico y un estilo confrontativo que rosa la literalidad empiezan a pasarle factura a Javier Milei en la escena internacional. En España y Brasil, sus aliados evalúan el costo electoral de sacarse una foto con la motosierra.

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ei construyó su identidad política burlándose de quienes lo acusaban de ser un “fenómeno barrial”, afirmando que era una referencia mundial e incluso que podía llegar a ganar el Premio Nobel de Economía. Es cierto que la motosierra fue un ícono que dio la vuelta al mundo; incluso Elon Musk la levantó en su momento.

Su excentricidad, sus discursos contra el socialismo y sus enfrentamientos con dirigentes de otros países, además de lo raro de su identidad política, el anarcocapitalismo, en un contexto de auge de una nueva derecha mundial, le dieron cierta proyección.

Sin embargo, lo que ocurre hoy es que quienes antes buscaban fotografiarse con él comienzan a preguntarse si esa cercanía todavía les conviene. El problema no es que Milei haya dejado de generar atenció , pero las consecuencias de su programa económico han desgastado su figura. Su capacidad de generar adhesión parece menos evidente.

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No es casual que Lula haya utilizado, en el último debate presidencial en Brasil, la cercanía a Milei como un ataque contra Flávio Bolsonaro, que en todo momento evitó pronunciarse.

“Esta noche, antes de que cante el gallo, me negarás tres veces”, le dijo Jesús a Pedro según los evangelios. Pedro había asegurado que nunca lo abandonaría, pero, después del arresto de Jesús, negó conocerlo en tres ocasiones.

Así como lo hizo Pedro cuando se sintió comprometido, Flávio evitó adherir explícitamente al modelo económico de la Argentina. Hace unos meses, el acercamiento parecía mucho más sencillo, cuando se había fotografiado con Milei sosteniendo una tijera en alusión a la motosierra presidencial. La diferencia entre aquella imagen y el actual cuidado discursivo sugiere que una cosa es celebrar el símbolo de la reducción del Estado y otra muy distinta es asumirlo como programa propio en una campaña competitiva.

Una motosierra que antes simbolizaba audacia puede convertirse ahora en una amenaza para quienes necesitan tranquilizar a sus propios votantes en una Europa atravesada por protestas y descontento creciente.

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La visita a España de esta semana ofrece otra imagen elocuente. Santiago Abascal, líder de Vox, evitó reunirse con Milei por primera vez, pese a que en mayo de 2024 el presidente argentino había sido una de las principales figuras del acto con el que ese partido lanzó su campaña para las elecciones europeas.

Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, tampoco tenía confirmada su reunión con el mandatario argentino al momento de su llegada. No se trata de que la derecha española haya abandonado necesariamente sus coincidencias ideológicas con Milei, sino de que el costo de exhibirlas puede haber cambiado.

Además, en el Foro Nueva Economía de Madrid, Milei calificó a Pedro Sánchez de “dictador imprimible” y pidió “sacar a patadas a los socialistas”. El PSOE respondió con una pancarta irónica en su sede. La visita, por tanto, no solo está atravesada por las ausencias y las reuniones: también volvió a poner en primer plano el estilo confrontativo de Milei.

Veamos el fragmento.

En España, la discusión sobre las pensiones públicas se volvió un asunto electoral sensato, después de que dirigentes de Vox y del Partido Popular formularon advertencias sobre la sustentabilidad del sistema.

Abascal necesita defender que las pensiones españolas seguirán pagándose, no explicar por qué admira a quien encarna una política de recortes. No puede exhibirse alegremente con una motosierra en la mano junto a un líder que hizo gala del lema “no hay plata”.

Tanto en España como en Brasil, el interrogante es el mismo: ¿Milei ayuda a ganar elecciones? Durante un tiempo, la respuesta parecía afirmativa. Su triunfo en la Argentina había demostrado que un líder antisistema podía derrotar a las fuerzas tradicionales, aplicar un programa de ajuste y convertirse en una figura de alcance internacional.

Para sus aliados, exhibir cercanía con él le permitiría presentarse como parte de una transformación histórica. Pero la experiencia argentina también comenzó a producir imágenes menos exportables: dificultades para llegar a fin de mes, pérdida de poder adquisitivo, deterioro de ingresos y una política de confrontación permanente. El modelo sigue siendo discutible como programa económico, pero ya no puede presentarse sin reservas como una fórmula electoral de éxito asegurado.

Además, está el problema de su personalidad explosiva.

Lo que antes parecía una fortaleza de Milei —su personalidad explosiva, su capacidad para provocar y su desprecio por las convenciones políticas— puede empezar a convertirse en una fuente de rechazo.

La agresividad que le permitió diferenciarse de la dirigencia tradicional también puede alejar a quienes comparten sus objetivos económicos, pero no necesariamente su forma de ejercer el poder. El problema para el Gobierno es que ese desgaste no solo puede restablecerle los votos, sino también aumentar la incertidumbre sobre su continuidad política.

Los mercados no evalúan únicamente las cuentas fiscales o las perspectivas de crecimiento: también observan la estabilidad del liderazgo y las posibilidades de que el programa económico sobreviva a las próximas elecciones.

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En ese sentido, el crecimiento del riesgo país refleja algo más que las dudas sobre la economía: también la preocupación por un presidente que, con sus propias actitudes, podría terminar debilitando las posibilidades de que su proyecto continúe después de 2027. El economista, Juan Negri, absolutamente identificado con las políticas de Milei, ayer en nuestro programa decía: “La personalidad de Milei pone en riesgo su reelección”

Tampoco resultó afortunada la figura de la “bazuca” de milles de millones de dólares que tiene usará para destruir el "riesgo kuka", primero 75 mil millones, luego inverosímiles 125 mil millones, que solo generó más preocupación. Como dijo Roberto Cachanosky: "Si existe el riesgo kuka es porque no es cierto que todo marche de acuerdo al plan. Es como subir a un avión y que el piloto diga 'nuestros aviones no se caen'". El riesgo país merodeando los 700 puntos, 70% mayor que hace un trimestre, es parte de esto.

Pero aquí aparece una distinción que puede resultar decisiva: el riesgo económico de Milei no es necesariamente el mismo que el riesgo político de Milei. El primero está relacionado con los resultados del ajuste , el nivel de actividad, los ingresos, el empleo y la sustentabilidad del programa. El segundo surgimiento de la posibilidad de que su propio comportamiento reduzca las posibilidades electorales del oficialismo, incluso entre quienes coinciden con algunos aspectos de su orientación económica.

Un inversor puede preferir la estabilidad fiscal y, sin embargo, desconfiar de un presidente que transforma cada desacuerdo en una pelea personal. Puede considerar necesario reducir el déficit y, al mismo tiempo, temer que la agresividad del mandatario termine fortaleciendo a una oposición que no necesita ofrecer una alternativa superadora para beneficiario del desgaste oficialista.

La novedad es que ese riesgo de personalidad empieza a ser más difícil de separar de la discusión económica. El 19 de octubre, en Neuquén, Milei se burló de quienes advierten que muchas familias se quedan sin dinero antes de terminar el mes y preguntó, con tono sarcástico: "¿Cómo hacen para pasar los diez días restantes sin comer ni beber?". La frase no fue una simple salida de tono: se convirtió en una preocupación social en motivo de burla presidencial. Según el INDEC, la pobreza alcanzó al 32,3% de la población en el primer semestre de 2026, mientras que un informe de la consultora Zentrix señaló que dos de cada tres personas agotan sus ingresos antes del día 20. Es posible discutir la metodología de cada medición, pero no se puede resolver una dificultad económica ridiculizando a quienes la padecen.

Vemos el momento de ese discurso.

Algunos señalaron también el aspecto deteriorado del Presidente . Su transpiración, dificultad para hablar e irritable. Lo llegaron a comparar con el aspecto de Elvis Presley durante su último show, poco tiempo antes de su muerte.

Pero además hay algo preocupante en el contenido de su discurso: la incapacidad completa de Milei para comprender una expresión en sentido figurado.

Parece absurdo tener que explicar esto, pero cuando se dice que muchas personas no llegan al día 20, nadie está afirmando que literalmente dejen de comer o beber a partir de esa fecha. Se trata de una metáfora económica que describe una situación concreta: los ingresos de una parte de la población se agotan antes de terminar el mes y obligan a las familias a endeudarse, recortar consumos o postergar gastos esenciales.

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Esa literalidad no es un detalle menor cuando se combina con el dogmatismo. Milei parece abordar las críticas como si fueran proposiciones que deben refutar, en lugar de reconocer que detrás de ellas puede haber experiencias sociales que merecen ser comprendidas. Su visión ideológica de la economía, que privilegia los indicadores macroeconómicos y el equilibrio fiscal, puede llevar a desestimar aquello que no encaja en su interpretación de la realidad.

El problema, entonces, no es solamente que Milei insulte o se burle de quienes lo contradicen, sino que su necesidad de ganar cada discusión puede impedirle comprender qué le están diciendo.

Cuando la personalidad se impone sobre la escucha y el dogma sobre la experiencia, el Presidente corre el riesgo de confundir la defensa de su programa con la negación de la realidad. Y quedar en ridículo ante los ojos de toda la población.

Esa dificultad tiene consecuencias políticas: no solo deteriora su relación con una parte de la sociedad, sino que puede alejar incluso a quienes comparten sus objetivos económicos, pero esperan de quien gobierna la capacidad de interpretar los problemas concretos del país. Una cosa es sostener convicciones firmes y otra, muy distinta, quedar atrapado en ellas hasta perder la capacidad de entender una metáfora. Morir de literalidad.

El problema del presidente es que parece confundir la confrontación con la eficacia y el insulto con la refutación. Cuando descalifica a periodistas, opositores o ciudadanos que expresan dificultades, puede reforzar la adhesión de quienes ya comparten su visión del mundo, pero también alimentar el rechazo de quienes podrían acompañar sus objetivos económicos sin identificarse con su temperamento. Una parte de la sociedad puede aceptar que el Estado gaste menos, exigir que se termine con la inflación y desconfiar del regreso del peronismo, sin por eso aprobar que el presidente se burle de las familias endeudadas.

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El riesgo se vuelve mayor cuando se acerca el calendario electoral. Si el deterioro económico reduce el respaldo al oficialismo, la oposición tiene una oportunidad; Si, además, el estilo presidencial español a sectores que podrían tolerar o incluso respaldar su programa, esa oportunidad puede ampliarse.

No hace falta que el peronismo haya resuelto sus propias contradicciones, que haya construido un liderazgo indiscutido o que disponga de una propuesta económica convincente. En política, el desgaste del adversario puede ser suficiente para abrir una posibilidad de triunfo de la oposición. El riesgo Milei consiste precisamente en que el presidente termine contribuyendo, con sus propias actitudes, a la derrota que atribuiría a conspiraciones, operaciones periodísticas o maniobras de sus rivales.

Hay una ironía en todo esto. Milei solía utilizar la expresión “fenómeno barrial” para ridiculizar a quienes consideraban limitada su proyección internacional. Ahora, las señales que llegan desde España y Brasil invitan a revisar aquella discusión: el fenómeno puede haber sido internacional en términos de visibilidad, pero eso no garantiza que siga siendo exportable como estrategia electoral.

La atención que despierta un dirigente no equivale a la confianza que inspira, y una motosierra puede ser una herramienta eficaz para construir una identidad política pero luego convertirse en un obstáculo para conquistar a la mayoría. Los aliados extranjeros parecen empezar a distinguir esas cosas, y esa distinción puede tener consecuencias para el propio presidente argentino.

El fenómeno barrial no desapareció porque el mundo haya dejado de mirar a Milei, sino porque empieza a mirarlo de otra manera. Se empieza a dar cuenta de que el hombre “no está bien”.

Milei puede seguir convencido de que su personalidad es parte de su fortaleza y descubrir, al mismo tiempo, que esa personalidad se ha convertido en un riesgo para su proyecto. El problema ya no sería solamente cuánto cuesta su economía, sino cuánto cuesta la personalidad y el estilo del propio Milei.

Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira

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