Perfil
MODO FONTEVECCHIA
El editorial de Jorge Fontevecchia

Día 759: Rubio, el virrey de los morochos de Trump para Venezuela

El papel del secretario de Estado norteamericano se asemeja peligrosamente al de aquellos funcionarios coloniales que intervenían en la vida de los pueblos sin rendir cuentas, más que al de un facilitador de un proceso pacífico de transición.

Día 759: Rubio, el virrey de los morochos de Trump para Venezuela
Día 759: Rubio, el virrey de los morochos de Trump para Venezuela | CEDOC

Convertido en el ejecutor directo de Donald Trump, Marco Rubio, de 54 años, concentra un poder inédito en la política exterior de Estados Unidos y encarna el regreso explícito del tutelaje sobre América Latina: un “virrey” del siglo XXI que administra transiciones, recursos estratégicos y tiempos políticos en nombre de Washington.

El secretario de Estado se consolidó como el principal operador de la política exterior del presidente y hoy concentra un poder inusual al acumular los tres puestos más sensibles del aparato diplomático de Washington: asesor de seguridad nacional, archivista interino y responsable de la ya disuelta Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID). Y a esto se suma una tarea nueva: hacerse cargo de la transición política en Venezuela.

Altos funcionarios de la Casa Blanca aseguran que su rol fue “decisivo” en la operación de Trump sobre Venezuela y es quien mantiene actualmente las negociaciones con Delcy Rodríguez. Su tarea no es sencilla: deberá definir de qué manera se reorganiza la industria petrolera venezolana, el principal activo estratégico del país y núcleo del interés de Washington en esta intervención, y dirigir, como representante de Trump, la transición política en el país. The Washington Post lo catalogó como “El Virrey de Trump en Venezuela”.

Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Hoy más que nunca Suscribite

Además, la incursión en Venezuela representa para él una victoria personal en la interna del trumpismo, donde hay sectores más críticos, como el del vicepresidente J. D. Vance. Esta interna es clave: Trump está transitando su segundo mandato y no tiene posibilidad de reelección, por lo que una de las discusiones hacia el interior de su movimiento es la de la sucesión de su liderazgo.

Rubio venía impulsando el derrocamiento de Nicolás Maduro desde hace diez años. Para Rubio, él es más que geopolítica, es una historia de venganza personal: sus padres huyeron de Cuba poco antes de la toma del poder por los Fidel Castro en 1959. Desde entonces convirtió su carrera política en una cruzada contra el “socialismo” latinoamericano del siglo XXI.

Una especie de “Man with a Mission” (hombre con una misión), un arquetipo del imaginario occidental popularizado por el cine y la cultura pop. Un hombre guiado por un propósito personal. Hollywood hizo de esta figura el modelo del héroe rebelde y solitario clásico de sus producciones.

Tras la caída de Maduro, sus declaraciones fueron en ese sentido: “Si yo viviera en La Habana y formara parte del Gobierno, estaría preocupado, por lo menos un poco”, dijo el sábado en la rueda de prensa de Trump.

Ahora, es el encargado de exponer la hoja de ruta en tres fases para Venezuela que combina control político, presión económica y rediseño institucional, con la prioridad de evitar el colapso interno. Es decir, sin la prioridad inmediata de que se convoque a elecciones, lo que genera tensiones con la oposición interna al madurismo en Venezuela.

El secretario de Estado detalló que Washington tomará entre 30 y 50 millones de barriles para venderlos a precio de mercado y administrar los fondos de forma internacional, evitando que queden en manos del chavismo. Luego describió una segunda fase de “recuperación”, con reapertura al comercio y amnistías para la oposición, antes de una tercera etapa de transición política.

Rubio enumeró tres fases para la transición en Venezuela. La primera tiene como objetivo la estabilización del país, e incluye la incautación de barcos de petróleo y su posterior venta para beneficiar al "pueblo venezolano" y no al régimen. La segunda fase será de "recuperación", para asegurar que Estados Unidos y otros mercados accedan al petróleo de Venezuela. La tercera es un "proceso de reconciliación nacional".

Donald Trump no dio certezas sobre el período en que Estados Unidos controlará Venezuela: "Solo el tiempo lo dirá"

Rubio es el primer latino en ocupar el cargo más influyente de la diplomacia norteamericana. Rubio se llama, y en esa palabra late una paradoja que excede lo biográfico: “el rubio” que aspira a reinar sobre los morochos. Desde el corazón latino de Miami, este heredero del exilio cubano se erige como virrey de pueblos mestizos, afrodescendientes e indígenas, encarnando una vieja fantasía imperial: la del hombre claro que ordena a las periferias oscuras. No importa que él mismo sea hijo de inmigrantes; en el tablero simbólico del poder, Rubio se ofrece como el traductor perfecto entre la Casa Blanca y el sur global, el rubio que promete civilizar, disciplinar y rediseñar territorios.

Rubio se formó políticamente en la Florida, donde ganó su fama de “halcón implacable”. Apenas asumió, el gobierno de Trump dio una señal clara del rumbo que tomaría respecto a la región. La Casa Blanca dejó sin efecto la orden ejecutiva de Joe Biden que había sacado a Cuba de la lista de países promotores del terrorismo. Así se evaporó la breve distensión impulsada por la mediación del Papa Francisco, que había facilitado la liberación de cientos de presos políticos en la isla.

Nació en Miami el 28 de mayo de 1971, cuando sus padres, Mario y Oriales, ya llevaban más de una década tratando de abrirse paso en el sueño americano. Su padre trabajando como mesero en salones de banquetes; su madre alternando entre el servicio de limpieza en hoteles, la línea de producción de una fábrica y las tareas de cuidado del hogar.

Ese recorrido de sacrificios cotidianos marcó a fuego su identidad política de Rubio, que nunca dejó de repetir que la ética del esfuerzo heredada de sus padres fue la base de toda su carrera pública. La historia familiar no se limita a ellos. Su abuelo padeció en carne propia la Cuba de Castro; luego estuvo como ilegal en Miami. Su abuelo aparece en los relatos del hoy secretario de Estado como un transmisor de valores: fue quien le habló por primera vez de la pérdida de libertades y de la obligación moral de involucrarse en la vida cívica.

Pero su historia familiar también tiene puntos oscuros. En la Florida de los años ochenta, cuando Miami era una de las principales puertas de entrada de la cocaína a Estados Unidos, cayó una poderosa red de narcos que operaba bajo la fachada de negocios de animales exóticos. En la llamada “Operación Cobra” fue detenido Orlando Cicilia, cuñado de Marco Rubio, señalado como pieza clave en las rutas que conectaban el sur de Florida con el cartel de Medellín. En su vivienda se encontraron kilos de cocaína y quedó expuesta su función como hombre de pantalla del entramado criminal.

En 2002, una vez liberado, el exconvicto recibió una recomendación para obtener licencia como agente inmobiliario que habría sido gestionada por el propio Rubio, ya en plena carrera política. Ese gesto, sumado al silencio posterior sobre el episodio, volvió a poner bajo la lupa la trayectoria del actual secretario de Estado, que construyó su imagen pública como adalid de la lucha contra el narcotráfico mientras cargaba con un pasado familiar estrechamente ligado a una de las redes más emblemáticas del crimen organizado en Miami.

En una entrevista en 2012 donde se lo cuestiona por esto y criticó a la cadena Univisión por transmitir "la historia personal de dos ciudadanos privados", y agregó: "No tuve nada que ver. Tenía 16 año y tuvo un impacto muy en duro en mi familia".

El padre de Rubio murió apenas dos meses antes de que su hijo fuera elegido senador por Florida, un dato que el propio dirigente recordó en más de una ocasión para ilustrar el costo personal de su ascenso político.

Antes de llegar a la cima del poder bajo la administración de Trump, fue comisionado de la ciudad de West Miami, presidió la Cámara de Representantes de Florida y en 2010 dio el salto al Senado. Desde allí construyó un perfil con un discurso de crítica permanente a los regímenes autoritarios de Latinoamérica.

Desde la presidencia del Comité de Inteligencia del Senado, se transformó en una voz influyente sobre China e Irán y en uno de los críticos más severos de los gobiernos de Venezuela, Cuba y Nicaragua.

Ese recorrido siempre estuvo atravesado por su pertenencia a la comunidad latina. Aunque nacido y criado en Miami, Rubio convirtió su herencia cubana en un pilar de su identidad pública y de su mirada sobre América Latina, enlazando su biografía personal con su agenda política. Sin embargo, ha sido cuestionado por defender leyes migratorias estrictas, como la de Arizona, y por ser parte de un gobierno como el de Trump, que deporta a inmigrantes.

Marco Rubio

La llamada “ley migratoria de Arizona”, aprobada en 2010, es una de las normas estatales más duras contra la inmigración en la historia de Estados Unidos: autorizaba a la policía a verificar el estatus migratorio de cualquier persona detenida si existía “sospecha razonable” de que estuviera ilegalmente en el país, tipificaba como delito estatal no portar documentos migratorios válidos y permitía arrestos sin orden judicial por presuntas violaciones a leyes federales de inmigración. Aunque la Corte Suprema bloqueó partes centrales por invadir competencias federales, dejó vigente la cláusula de verificación de estatus, lo que generó fuertes críticas por fomentar la discriminación racial y el perfilamiento étnico.

Hace 12 años, en una entrevista con el periodista Jorge Ramos, fue consultado sobre las leyes migratorias. "Quiero ayudar a los muchachos indocumentados. Lo que no apoyo es cómo lo hace el Dream Act", dijo.

En el plano familiar, su vida también se mantuvo anclada a ese universo cultural. Está casado desde hace 26 años con Jeanette Christina Dousdebes Rubio, nacida también en Miami y de raíces colombianas. Juntos formaron una familia de cuatro hijos.

Como no podía ser de otra forma, la llegada del exsenador por la Florida al gabinete trumpista fue celebrada como una oportunidad histórica por el gobierno de Javier Milei.

A comienzos de 2024, Rubio visitó la Argentina, fue recibido en la Casa Rosada y, meses después, reclamó sanciones contra Cristina Kirchner por corrupción, una postura que fue interpretada como un gesto político hacia la administración libertaria.

En febrero de 2024, Milei recibió a Rubio. “Honrado de visitar la @CasaRosada y reunirme con el presidente argentino @JMilei”, escribió el funcionario norteamericano tras el encuentro.

En una entrevista en este mismo programa, el diplomático Diego Guelar describía cómo América Latina dejó de ser el “patio trasero de EE. UU.”, para convertirse en una zona mucho más importante y estratégica para la política norteamericana. "Nosotros no somos la zona de influencia, somos la zona de seguridad. No somos el patio trasero. Si un candidato hoy no tiene la mitad más uno de los latinos y los afroamericanos, no gana la elección presidencial", explicó.

Pero la geopolítica agresiva de Trump no se limita a nuestra región. Esta semana informó a legisladores de las principales comisiones del Congreso de Estados Unidos que el presidente Donald Trump pretende avanzar en la compra de Groenlandia y que ya solicitó a sus asesores un plan actualizado para concretar esa operación. La revelación se produjo durante una reunión que originalmente estaba enfocada en la situación de Venezuela, pero que derivó en fuertes inquietudes por las declaraciones recientes del mandatario.

Groenlandia es un territorio autónomo y escasamente poblado que se encuentra bajo la soberanía de Dinamarca, miembro de la OTAN. Dinamarca estableció el control colonial sobre Groenlandia en el siglo XVIII y le concedió la autonomía en el siglo XX.

El domingo, Trump dijo a los periodistas a bordo del Air Force One que “Groenlandia está rodeada de barcos rusos y chinos por todas partes”.

Las intenciones de la Casa Blanca generaron una inmediata reacción en Europa. La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, encabezó una declaración conjunta con Reino Unido, Francia, Alemania, Italia, España y Polonia en la que rechazaron de plano cualquier intento de apropiación del territorio y defendieron la soberanía, la integridad territorial y la inviolabilidad de las fronteras.

Trump dijo que Venezuela "entregará" hasta 50 millones de barriles de petróleo a EE.UU. y llamó "feos" a los manifestantes

Desde Washington, la portavoz presidencial Karoline Leavitt sostuvo que la adquisición de Groenlandia es una “prioridad de seguridad nacional” para Estados Unidos y no descartó el uso de la fuerza militar como alternativa. La postura alarmó incluso a senadores de ambos partidos, que advirtieron que presionar o coaccionar a un aliado de la OTAN socava los principios de autodeterminación que la alianza dice defender. Trump, por su parte, volvió a justificar su interés por la isla ártica por la presencia de Rusia y China en la región y por el potencial estratégico y minero del territorio.

Este alineamiento con la línea geopolítica más dura de Trump nos indica que estamos frente a un hombre que, al igual que el actual presidente norteamericano, viene a patear el orden geopolítico mundial. ¿Pero es posible que sea el sucesor de Trump?

Hasta ahora, el favorito era su vicepresidente, J. D. Vance. Pero la escena posterior a la caída de Maduro graficó el giro en la relación de fuerzas de la interna: Vance quedó fuera de la foto del triunfo, mientras Rubio ocupó un lugar privilegiado junto al presidente.

Con Trump impedido constitucionalmente de buscar un tercer mandato, la vieja guardia del partido ve en el secretario de Estado un candidato capaz de frenar la continuidad del MAGA y recuperar influencia dentro del Partido Republicano.

Pero además, Rubio amplía el atractivo electoral por su ascendencia latina. El electorado latino se volvió una pieza clave del ajedrez electoral estadounidense porque ya no es una minoría periférica sino casi una quinta parte de la población total, con una presencia especialmente densa en estados que suelen definir la presidencia. Florida, Texas, Arizona, Nevada y California concentran millones de votantes hispanos y, en contiendas parejas, un pequeño corrimiento de ese voto puede inclinar el resultado.

Además, el voto latino dejó de ser leído como un bloque automático para los demócratas. Aunque históricamente era absorbido mayoritariamente por ese partido, las diferencias por origen nacional, generación y territorio volvieron más inestable el mapa. Cubanoamericanos con afinidad republicana, jóvenes latinos nacidos en Estados Unidos con agenda propia o comunidades atravesadas por preocupaciones económicas, educativas o sanitarias muestran que la identidad latina no define por sí sola la elección.

Además, la importancia del electorado latino crece también por su potencial todavía no explotado del todo. Las tasas de participación siguen siendo más bajas que en otros grupos, pero cada aumento marginal en el registro o en la concurrencia a las urnas puede tener efectos decisivos. El salto en las inscripciones tras la candidatura de Kamala Harris o el foco de ambos partidos en campañas en español muestran que ya no se ganan elecciones solo con las bases tradicionales: quien logre movilizar y proteger del ruido informativo a este votante en expansión tendrá una ventaja estratégica en la carrera por la Casa Blanca. Los anuncios en castellano fueron claves para la campaña del demócrata Zohran Mamdani en Nueva York, por ejemplo.

Marco Rubio

En definitiva, la figura de Marco Rubio, convertida en ejecutor directo de la voluntad de Donald Trump en Venezuela, inaugura una etapa inquietante para América Latina: la del regreso explícito del tutelaje político. La vuelta de los virreinatos, pero en formato siglo XXI.

Ya no se trata de diplomacia dura o presión económica, sino de la asunción abierta de que Washington puede administrar transiciones, rediseñar economías y decidir ritmos institucionales en países ajenos, como si se tratara de protectorados informales. Esa lógica, que parecía enterrada con el fin de la Guerra Fría, vuelve ahora en el lenguaje de la “estabilización” y la “seguridad”.

El problema no es solo Venezuela. El precedente es el mensaje. Cuando el poder central de la diplomacia estadounidense se permite hablar de apropiarse de recursos estratégicos, de administrar barriles de petróleo ajenos o de imponer fases políticas sin pasar por mecanismos multilaterales, lo que se erosiona es el principio mismo de soberanía. Hoy es Caracas; mañana puede ser Bogotá, Lima o Buenos Aires, dependiendo de quién resulte incómodo o funcional a la narrativa de turno en la Casa Blanca.

La dupla Trump-Rubio combina una pulsión personal con una ambición geopolítica que resulta particularmente peligrosa para la región. En Rubio confluyen el trauma biográfico del exilio cubano con una lectura maniquea de la política latinoamericana, donde cualquier gobierno no alineado es leído como enemigo ideológico. Ese sesgo convierte la política exterior en cruzada moral y vuelve difícil cualquier solución estable: cuando la diplomacia se confunde con revancha, la paz se transforma en un objetivo secundario.

Al mismo tiempo, la avanzada sobre Groenlandia demuestra que este no es un problema exclusivamente latinoamericano. La idea de que un territorio autónomo de un aliado pueda ser presionado o incluso forzado a ceder soberanía deja al descubierto una concepción brutal de las relaciones internacionales: el derecho vale mientras no interfiera con los intereses estratégicos de Washington. Esa lógica, aplicada a América Latina, nos devuelve al peor repertorio del siglo XX.

Históricamente, los virreyes operaban como máximas autoridades locales de un poder central distante, responsables de implementar políticas dictadas por una metrópoli que priorizaba sus intereses estratégicos y económicos sobre las necesidades de las poblaciones colonizadas. Ese modelo, que fue objeto de rechazo, rebelión y procesos de independencia, ha dejado una marca duradera en la memoria política latinoamericana: la soberanía no es negociable, y cualquier figura externa que pretenda ejercer un poder equivalente a un virrey despierta resistencia.

En este sentido, la figura de Rubio, impuesto en la práctica como principal decisor sobre el futuro geopolítico y económico de Venezuela, simboliza una persistencia anacrónica de prácticas que muchos latinoamericanos pensaban superadas con los procesos de independencia. Más que un facilitador de un proceso pacífico de transición, su papel se asemeja peligrosamente al de aquellos funcionarios coloniales que intervenían en la vida de los pueblos sin rendir cuentas a ellos, sino a un gobierno distante con sus propias prioridades estratégicas y de poder.

El mayor riesgo es que esta política se normalice. Que el intervencionismo vuelva a ser presentado como solución, que la fuerza sustituya al derecho y que la autodeterminación sea apenas una consigna decorativa. Frente a un Trump que no cree en reglas y a un Rubio que se asume como virrey regional, los países de América Latina quedan nuevamente ante el dilema de aceptar el tutelaje o reconstruir una voz propia que defienda la soberanía como algo más que una mera palabra en los discursos.

Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira

TV

LT