Perfil
MODO FONTEVECCHIA
Editorial de Jorge Fontevecchia

Día 857: Milei, como Pedro y el Lobo

El Gobierno insiste en que la inflación cederá en los próximos meses, pero los datos siguen demorando esa promesa y erosionan la credibilidad del mensaje. A medida que pasan los meses sin mejoras visibles, el plan económico enfrenta su principal desafío: sostener la confianza antes de que lleguen los resultados.

Día 857: Milei, como Pedro y el Lobo
Día 857: Milei, como Pedro y el Lobo | NET TV

Hay algo de fábula en la narrativa económica de Javier Milei. Como en el cuento de Pedro y el Lobo, donde el niño pastor advierte una y otra vez sobre la llegada de la amenaza hasta que nadie le cree, el Presidente anuncia permanentemente una inminente caída de la inflación que nunca termina de materializarse. Cada pronóstico de “ahora sí” pierde fuerza frente al siguiente dato que desmiente la expectativa, erosionando no solo la credibilidad del mensaje sino también la paciencia de quienes esperan un alivio que siempre parece estar a la vuelta de la esquina.

Además, hay otra advertencia que empieza a desgastarse: la idea de que, si el plan de Milei falla, “vuelve el cuco del kirchnerismo”. Durante meses funcionó como un ancla política y emocional, capaz de ordenar apoyos incluso en medio del ajuste. Pero a medida que los resultados económicos no llegan con la velocidad prometida, ese recurso pierde eficacia. El temor deja de ser suficiente cuando la experiencia cotidiana —precios que no bajan, crisis industrial, consumo que no repunta, morosidad récord— empieza a pesar más que la amenaza futura.

Como en la fábula, no es que el riesgo desaparezca, sino que la repetición constante termina vaciándolo de sentido: cuando todo es advertencia, nada termina siendo urgente.

Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Hoy más que nunca Suscribite

La inflación de marzo (3,4%), la más alta del último año, consolida una tendencia ascendente que se mantiene desde junio de 2025, cuando la guerra en Irán y el aumento del petróleo aún no se habían producido, y evidencia la falta de acuerdo entre el Gobierno y los economistas sobre su evolución: mientras Javier Milei proyecta que comenzará con cero desde agosto, los privados descartan que baje del 2% mensual en 2026.

Milei sostiene que el aumento sostenido de la inflación desde mayo pasado es por culpa de la desestabilización de su Gobierno que busca el kirchnerismo creando inestabilidad al aumentar el riesgo de su regreso. Milei confunde causa con consecuencia invirtiendo su orden, el riesgo de regreso de lo que él llama kirchnerismo es consecuencia del aumento de la inflación conjuntamente con la recesión que genera su plan económico y no al revés.

El desvío respecto de las metas oficiales es significativo: el presupuesto de Luis Caputo preveía una inflación anual del 10,1% para todo el 2026, pero en apenas tres meses ya se acumuló un 9,4%, lo que vuelve más creíble la proyección del Fondo Monetario Internacional, que era del 30,4%, similar a la de 2025.

A la par, el organismo ajustó a la baja el crecimiento esperado para 2026 (del 4% al 3,5%), lo que implicaría una desaceleración respecto del 4,4% registrado en 2025, tras dos años previos de caída económica.

Pero veamos qué prometía Milei hace algunos meses: “Para agosto de 2026 la inflación va a empezar con cero” (dic. 2025). Sin embargo, la realidad fue muy distinta a la esperada, y en su último discurso en la American Chamber of Commerce (AmCham) afirmó: "El dato no me gustó y me repugna". Es llamativo cómo carga de adjetivos su repudio a la inflación, como si sus sentimientos personales pudieran tener algún efecto sobre la realidad económica del país.

El Presidente atribuyó el 3,4% de inflación de marzo, además de los embates políticos que, según dijo, sufrió su gobierno el año pasado, a factores estacionales, la guerra de Irán y el aumento de la carne. Luego, en un segundo tramo más encendido, con la voz cargada de énfasis, descartó cambios en su programa económico y volvió a reclamar paciencia.

Y, como en el cuento de Pedro y el Lobo, volvió a prometer que la inflación se va a derrumbar en los próximos meses: "Lo bueno de este dato es para tomar conciencia de que la inflación se va a derrumbar".

La inflación para abril se pronostica en 2,5% y recién para el último trimestre del año podría volver a tener un 1% delante. Por ahora, lo que tenemos es una “U”, después de bajar, la inflación volvió a subir.

El encuentro empresarial dejó expuesta la “doble velocidad” de la economía argentina: mientras el sector energético muestra un fuerte optimismo, la industria refleja cautela y estancamiento.

Por un lado, las petroleras destacaron el potencial de Vaca Muerta como motor exportador y celebraron los avances del RIGI, proyectando inversiones millonarias y un desarrollo clave en gas licuado. En línea con esto, Luis Caputo mencionó iniciativas de inversión. Pero, en contraste, la industria local advierte un escenario de estancamiento, con caída de la actividad y capacidad instalada ociosa, pese a algunas mejoras financieras.

Los empresarios reclaman mayor acceso al crédito, reducción de costos y reformas estructurales —especialmente fiscales— para reactivar la producción. Y señalan que la estabilidad macroeconómica es solo el punto de partida y que el verdadero desafío es transformarla en desarrollo sostenido con previsibilidad.

Esa “doble velocidad” también es una señal sobre los límites del programa económico en su conjunto. Porque mientras el Gobierno apuesta a que el dinamismo de los sectores exportadores termine traccionando al resto de la economía, los datos de inflación, actividad y consumo muestran que ese derrame todavía no llega.

Es en ese desfasaje entre promesas de estabilización rápida y resultados más lentos y desiguales donde cobra sentido comparar el plan actual con otros intentos históricos de desinflación en la Argentina.

Milei en crisis: la intimidad del brote místico del gobierno

En este gráfico vemos los primeros 24 meses de los planes de estabilización de Argentina. La convertibilidad, el plan posterior a la crisis de diciembre del 2001, y el Plan Austral. Aclaramos que, sumando los primeros tres meses del 2026, la inflación acumulada según el INDEC es 293% desde que asumió el Gobierno, aunque podría ser aún mayor, si tenemos en cuenta que hay discusiones alrededor del método de medición.

El gráfico es ilustrativo para ver el desarrollo del aumento de precios, mes a mes, de cada plan, y dónde las pendientes comienzan a empinarse hacia arriba. En términos comparativos, la inflación acumulada es significativamente mayor que en otros planes exitosos, como la convertibilidad o la etapa inicial post-2001. Incluso el Plan Austral mostró mejores resultados en sus primeros meses, aunque luego terminó fracasando.

A partir del mes 21, ya con una inflación creciente, se encamina a la hiperinflación.

Hasta ahora, el programa actual no ha sido el más efectivo en materia de desinflación.

Algunos economistas señalan que, a diferencia de los contextos de 1989 o 2001, donde Argentina atravesaba crisis extremas o hiperinflaciones, en 2023 no se llegó a ese nivel de colapso. Esto implica que el margen para un “rebote” fuerte es menor, ya que la economía no venía de una caída tan profunda.

La convertibilidad tardó en consolidarse, mientras que el Plan Austral y el esquema de Lavagna comenzaron a mostrar debilidades tras algunos años. El principal dilema del esquema actual es entre acelerar la baja de la inflación mediante un tipo de cambio atrasado o priorizar la acumulación de reservas, inclinándose por esta última opción aunque implique tolerar niveles más altos de inflación en el corto plazo.

Pero donde más ecos se encuentran es en el Plan de Convertibilidad: con un dólar que, aunque no esté formalmente fijo, se comporta como tal entre las bandas de Luis Caputo y gracias al apoyo externo de Estados Unidos. Una “convertibilidad abreviada”, donde la estabilidad macro se construye sobre un tipo de cambio contenido.

La diferencia central con los 90 es el punto de partida, los primeros meses del plan. Aquella convertibilidad arrancó con expansión, consumo y dólares que llegaban por privatizaciones y endeudamiento. Hoy no existe ese impulso: el crecimiento potencial se concentra en sectores como energía y minería, lejos del consumo masivo y con escaso derrame inmediato. Hoy no existe esa situación, y habrá que ver si el equilibrio fiscal y las apuestas por las exportaciones energéticas —con Vaca Muerta como emblema— generan o no un flujo más estable de divisas.

Sin embargo, el respaldo externo nunca fue más explícito. Algo que también recuerda a las “relaciones carnales” de los 90. Recientemente, Scott Bessent volvió a apoyar el plan de Milei. Incluso militantes libertarios compartieron el video de las declaraciones con una modificación: vistieron a Bessent con la remera y gorra de la militancia libertaria.

Dice: “El FMI está dispuesto a decir que esta vez es diferente en Argentina. Están acumulando reservas todos los días y más de 10 millones de personas han salido de la pobreza bajo el gobierno del presidente Milei. Es muy interesante ver que los pobres fueron quienes votaron a Milei”.

Pero la similitud más incómoda con el plan de los 90 es un dólar barato que calma la inflación en el corto plazo mientras erosiona la competitividad. En los 90, ese equilibrio duró años antes de romperse y desembocar en la crisis de 2001. Hoy, todo parece acelerado: menos margen político, más ansiedad social y un desgaste que llega antes. A diferencia del ciclo de Carlos Menem, que empezó con euforia y terminó en crisis, este modelo arrancó directamente con el ajuste. La apuesta es inversa: sufrir primero y ver si, esta vez, el alivio llega después.

Algunos economistas han desarrollado la hipótesis de que un ciclo corto de dólar barato podría evitar los desajustes acumulativos que destruyeron a la convertibilidad y abrir la puerta a una salida ordenada, sin crisis terminal. Si el equilibrio fiscal y la desaceleración inflacionaria logran consolidarse como pilares estructurales, el próximo gobierno podría introducir flexibilidad cambiaria sin dinamitar todo el esquema, en una transición más madura.

El espejo más cercano para pensar ese escenario es el Plan Real de Brasil, que lo aplicó cuando venía de una hiperinflación crónica —superior al 2000% anual— y de cinco planes fallidos entre 1980 y 1993.

En 1994, bajo el liderazgo de Fernando Henrique Cardoso, lanzó una nueva moneda, el real, anclada al dólar mediante una banda cambiaria estrecha. El resultado inicial fue contundente: en pocos meses se estabilizaron los precios, mejoró el poder adquisitivo y se recuperó la confianza, lo que incluso impulsó su elección presidencial ese mismo año.

Sin embargo, como en todo esquema de tipo de cambio contenido, los problemas no tardaron en aparecer. El dólar barato impulsó el consumo y las importaciones, pero deterioró la competitividad industrial. Brasil mantenía un déficit fiscal cercano al 2,5% del PBI y sostenía el esquema con endeudamiento externo y entrada de capitales. Era una convertibilidad más flexible que la argentina, pero igualmente dependiente de la confianza internacional.

El punto de quiebre llegó al cuarto año de lanzado el Plan Real, con las crisis de Asia (1997) y Rusia (1998), que provocaron una salida masiva de capitales de los mercados emergentes. Brasil perdió reservas a gran velocidad, recurrió a un rescate del Fondo Monetario Internacional por más de 40.000 millones de dólares y, finalmente, en 1999 abandonó la banda cambiaria. El real se devaluó más de un 40% en pocos días. Aun así, el país evitó el colapso: mantuvo la estabilidad institucional, el sistema financiero resistió y el impacto social fue limitado.

La clave fue la reacción. En lugar de sostener un esquema agotado, Brasil giró hacia un nuevo régimen basado en metas de inflación, superávit fiscal primario y flotación cambiaria administrada. Esa decisión permitió que la economía retomara el crecimiento rápidamente y dejó un legado duradero: disciplina fiscal, Banco Central más independiente y estabilidad macroeconómica sostenida por décadas. La enseñanza es clara: la estabilidad puede sobrevivir a una devaluación si se corrige a tiempo, antes de que el sistema colapse.

Porque si algo dejó en claro en AmCham es que su lógica no parece ser la de corregir, sino la de redoblar la apuesta.

Caputo, sin embargo, afirmó que estamos ante la mejor época para la economía argentina vivida en décadas.

La escena se repite: anuncio, expectativa, desmentida y nueva promesa. Como en Pedro y el Lobo, la insistencia termina erosionando el efecto del mensaje. Cada vez que se anticipa una caída inminente de la inflación o un despegue económico que no llega, la palabra presidencial pierde un poco más de peso. No porque el objetivo sea incorrecto, sino porque la reiteración sin resultados visibles desgasta la confianza. Ese desgaste ya empieza a reflejarse en la opinión pública: distintos sondeos muestran que este es el peor momento de Javier Milei desde que asumió, con niveles de desaprobación que en algunos casos superan el 60% e incluso alcanzan el 65%.

Y en ese desgaste se juega algo más profundo que una discusión técnica: la credibilidad. Cuando la realidad contradice de forma sistemática el relato, ya no alcanza con prometer queahora sí”. El riesgo es que, llegado el momento en que los datos efectivamente mejoren, el público ya no esté dispuesto a creerlo. Como en la fábula, el problema no es solo el lobo: es haber gritado tantas veces antes que, cuando finalmente aparezca, nadie reaccione. En ese contexto, la caída en la imagen no es solo un dato político: es la consecuencia directa de una narrativa que pierde eficacia.

Y esa lógica de advertencia constante y promesa diferida encuentra un punto de quiebre cuando el mensaje deja de ser persuasión y pasa a ser condicionamiento. Ya no se trata solo de anticipar quelo peor ya pasó” o que “lo mejor está por venir”, sino de plantear un escenario binario donde el acompañamiento político aparece como requisito para que la mejora ocurra. Es en ese desplazamiento donde la narrativa abandona el terreno de la explicación económica y se vuelve, casi, una advertencia final, en un clima social cada vez más impaciente y menos dispuesto a conceder tiempo.

Si no nos acompañan, nos volvemos a casa”. La frase, más cercana a un ultimátum que a una estrategia, revela un rasgo inquietante: la dificultad para administrar la tensión entre convicción ideológica y pragmatismo.

La pregunta no es si el plan económico puede ajustarse, sino si el propio Milei está dispuesto a hacerlo sin interpretar cualquier corrección como una derrota personal. Porque, a diferencia de un economista en un paper, un presidente no puede “irse a casa” cuando la realidad no acompaña: tiene que hacer lo mejor que puede por el bien de todos.

Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira

MV/ff