“Chorros”, gritó el Presidente cuando ayer, a la salida del Congreso, un grupo de periodistas le pidió explicaciones de por qué sostenía a Adorni, y con esa palabra condensó toda una forma de ejercer el poder: atacar antes que responder. Lo que debería haber sido una rendición de cuentas terminó siendo una escena de confrontación, con un Gobierno tratando de explicar que vivimos en un mundo ideal y que el problema son los complots para desestabilizar al oficialismo. Ayer, 29 de abril, el Día del Ñoqui, encontró al jefe de Gabinete sentado en el Congreso, pero no para rendir cuentas, sino para esquivarlas y defender el relato ficticio de un país ideal.
La escena expuso la degradación de un gobierno que prometía dinamitar privilegios y terminó atrapado en las mismas prácticas que decía combatir. La interpelación, que debería ser el momento institucional por excelencia del control democrático, un momento en que el Poder Ejecutivo le rinde cuentas al Legislativo, se transformó en una pelea de boxeo, donde el Poder Ejecutivo, con el presidente y su gabinete, coparon el parlamento para “hinchar” por Adorni, como si estuvieran en una tribuna.
Milei se “ata al mástil” como Ulises. Es obstinación. Una decisión de no escuchar, de no corregir, de no frenar incluso cuando la realidad empieza a contradecir el propio relato.
Esa obstinación tiene un costado peligroso, porque no es firmeza: es ceguera. Cuando un gobierno se convence de que todo cuestionamiento es un ataque y que todo interlocutor es un enemigo, deja de procesar información básica para gobernar. Ya no hay matices, no hay autocrítica, no hay margen para rectificar.
Lo que queda es una lógica cerrada sobre sí misma, donde la única respuesta posible es redoblar la apuesta, aunque los hechos vayan en sentido contrario.
Lo que debía ser una rendición de cuentas se convirtió en un show patético, con el presidente desencajado gritando contra diputados y periodistas, mientras Adorni, sin dar ninguna respuesta convincente sobre las acusaciones de corrupción, intentaba no salirse del guion que le escribieron para la ocasión. No hubo voluntad de explicar, sino de aguantar a que suene la campana. No hubo ninguna vocación de transparencia.
En su columna de esta mañana, Carlos Pagni plantea que la base del liberalismo es la limitación del poder a través de instituciones independientes, especialmente la Justicia y la prensa, que funcionan como contrapesos del Estado. Cuando ese equilibrio se rompe y el poder se concentra en una figura, aparece la lógica del populismo: una pulsión que, más allá de su orientación económica, ya sea estatista como el kirchnerismo, o privatista como Milei, tiende a chocar con esos límites institucionales porque los percibe como obstáculos. En esa dinámica, la división de poderes deja de ser un principio a respetar y pasa a ser un campo de conflicto. Los otros poderes del Estado, que son pilares del liberalismo republicano, en el ejercicio del poder populista se convierten en enemigos a derrotar.
Es así que desde la mañana de ayer, el Gobierno compartió una foto de apoyo a Adorni de todo el Gabinete, junto a la canción “Eye of the Tiger”, asociada a la banda sonora de la película Rocky III. En la película suena en la secuencia de entrenamiento previo a la pelea de su vida.
Rocky es, en esencia, una historia de esfuerzo individual, de disciplina y de superación personal. Rocky construye el mito del hombre común que, a fuerza de sacrificio, logra triunfar frente a las adversidades de la vida a pesar de poder perder una pelea. Y "Eye of the Tiger" se convirtió en su himno: la épica del entrenamiento, del mérito, de la voluntad que empuja a alguien desde abajo hacia una oportunidad imposible.
Es lógico que esa narrativa resuene con una visión del mundo que pone el foco en el individuo, en la competencia y en la idea de que cada uno se salva por su propio esfuerzo. Pero trasladar esa lógica al Congreso es otra cosa. El Parlamento deja de ser un ámbito de deliberación democrática para transformarse en un ring. La oposición ya no es un interlocutor al que hay que responderle, sino un rival al que hay que derrotar. Y ahí se rompe todo: si la política es una pelea, ya no hay rendición de cuentas, hay espectáculo.
El caso Adorni expone todas las inconsistencias del gobierno de Milei. No solo es un emblema de la ficción que representó el discurso de pelea contra la casta política, sino que también expone que no existen criterios claros ni reglas generales para juzgar a sus funcionarios. El exsecretario de Infraestructura, Carlos Frugoni, fue expulsado por no declarar propiedades y sociedades en el exterior. Lo mismo ocurrió con el jefe de Gabinete del Ministerio de Capital Humano tras aparecer en la lista de préstamos del Banco Nación.
Pero el caso Adorni es mucho más delicado. Algunos han sugerido que el origen del dinero no declarado del jefe de Gabinete podría provenir de la criptoestafa $LIBRA, un escándalo de proporciones, catalogado como la mayor estafa de criptomonedas de la historia, que involucra directamente al Presidente y a Karina Milei.
La estrategia del Gobierno fue la de siempre: acusar a la oposición de complot, a la prensa de espionaje, y seguir defendiendo el relato de que gracias al gobierno actual vivimos en el mejor de los mundos posibles.
No aclaró cómo adquirió nuevas propiedades, ni el origen de los fondos que le habrían permitido sostener un nivel de gasto elevado en viajes y operaciones inmobiliarias. Tampoco respondió de qué manera puede afrontar deudas significativas con ingresos declarados que no parecen compatibles con esos movimientos.
Pero dejó algo claro, que no va a renunciar.
El principal argumento defensivo fue separar el “gasto privado” del “público”.
Además dijo que pagó todos los viajes “de su bolsillo”, pero existen facturas a nombre de terceros, como el vuelo privado de Manuel Adorni a Punta del Este de febrero de 2026, pagado por Imhouse S.A., productora vinculada a Marcelo Grandio, que costó aproximadamente US$4.830 solo la ida.
Además, se le atribuyen más de 130.000 dólares gastados -en gran parte en efectivo- frente a ingresos en pesos que no alcanzan para sostener ese nivel de consumo.
Adorni primero minimizó sus viajes y luego reconoció múltiples destinos internacionales y locales, insistiendo en que todos fueron pagos personales. Esa ampliación no vino acompañada de documentación que respalde el origen de los fondos, lo que refuerza la sospecha en lugar de disiparla.
Además, negó vínculos con el Estado en su entorno cercano. Pero existen conexiones comerciales indirectas entre su esposa, empresas allegadas al oficialismo y actores con contratos públicos, lo que abre la posibilidad de conflictos de interés. Cada explicación dejó cabos sueltos que se conectan entre sí y debilitan la defensa general.
La oposición centró sus críticas en la falta de respuestas de Manuel Adorni sobre su situación patrimonial y las denuncias que lo rodean, y hasta se empezaron a explorar mecanismos institucionales para desplazarlo.
Desde Unión por la Patria plantearon abiertamente la posibilidad de impulsar una interpelación que derive en una moción de censura, con el argumento de que el jefe de Gabinete perdió credibilidad política y ya no cuenta con respaldo ni del Congreso ni de la sociedad. Hacia el final, Adorni intentó cambiar el eje acusando a un diputado de espiar a su familia, en respuesta a preguntas de Rodolfo Tailhade sobre el uso de la custodia presidencial para fines personales.
Esto no había aparecido hasta ayer. Adorni y su esposa habrían contado con custodia presidencial asignada por decisión de Karina Milei incluso antes de que él fuera jefe de Gabinete, algo que no corresponde a su rango. Según fuentes oficiales, la medida se justificó informalmente por un supuesto temor de Adorni.
La controversia crece por el uso que se habría hecho de esa custodia: los efectivos habrían sido utilizados para actividades como traslados sociales, compras o salidas nocturnas. Esta situación fue interpretada por distintos sectores como un abuso de recursos públicos y una degradación del rol de los custodios, que habrían sido reducidos a choferes al servicio de la familia.
Pero mientras el jefe de Gabinete se atuvo al guión, fue el propio Presidente, Javier Milei, quien dio la nota, completamente sacado, gritando desde el palco. Desde el palco, junto a Karina Milei y el gabinete, intervino con gestos, aplausos y gritos constantes frente a las críticas opositoras.
Ese tipo de exabruptos implican una degradación directa de la investidura presidencial y del propio Congreso como institución. No estamos hablando del Gordo Dan, es el Presidente, abandonando su rol de jefe de Estado para convertirse en un agitador. El problema de fondo es que ese comportamiento vacía de sentido el debate democrático. Si el Congreso deja de ser un espacio donde se piden explicaciones y se convierte en un escenario de gritos e insultos, entonces la rendición de cuentas se vuelve imposible.
La confrontación también se trasladó a la salida del Congreso, donde el Presidente atacó a periodistas que le pedían explicaciones sobre la situación de su jefe de Gabinete. Los calificó de “chorros” y reiteró insultos al retirarse, reforzando un clima de tensión generalizado.
En redes destacaron la expresión de desprecio de Milei cuando le dice “chorros” a los periodistas.
Realmente es un gesto de desprecio, de alguien que, como ya planteamos en este editorial, odia al periodismo y quisiera destruirlo. Alguien que considera que el 95% de los periodistas son delincuentes solo porque lo cuestionan o le piden explicaciones. ¿Será ese gesto de desprecio también una manifestación de su impotencia?
El impacto político de una escena así no es neutro, sobre todo para un gobierno que viene mostrando signos de fuerte desgaste en su imagen pública.
La incógnita es cuánto margen tiene un gobierno para sostener esa estrategia de confrontación permanente sin pagar costos crecientes. Fingir demencia frente a cuestionamientos cada vez más concretos puede funcionar en el corto plazo como blindaje político, pero erosiona la credibilidad en el mediano. Si la respuesta sistemática es negar, atacar o desviar, lo que se debilita no es solo la figura de un funcionario, sino la confianza en la capacidad del gobierno para hacerse cargo de sus propios problemas.
¿De verdad, Presidente? ¿A usted le fue peor que a los miles de trabajadores que se quedaron sin trabajo por el cierre de empresas y la apertura de importaciones? Y otra pregunta: ¿Podría decir lo mismo de Manuel Adorni?
Esa frase no es un error, es un síntoma. Decir que a él le fue peor con esta economía, cuando hay gente perdiendo el trabajo, comercios cerrando y sueldos que no alcanzan, no es solo desafortunado: suena desconectado, fuera de eje. Es el Presidente hablando como si fuera un espectador más y no el hombre que toma las decisiones.
La obstinación de Milei es llamativa, tanto con la defensa de Adorni como con la insistencia en un relato que no se corrobora en la realidad. La obstinación ciega suele ser un rasgo de la locura, y eso es algo que preocupa a parte de quienes lo apoyaban y comienzan a dejar de hacerlo.
La historia de Nerón tiene ese componente trágico que la vuelve tan persistente como metáfora. En el año 64 d.C., un incendio devastó buena parte de Roma durante varios días. Las crónicas posteriores instalaron la imagen del emperador tocando la lira, un instrumento musical, mientras la ciudad se consumía, como símbolo de su indiferencia o desconexión con los problemas de sus gobernados.
Más allá de la precisión histórica del episodio, lo cierto es que Nerón quedó asociado a un liderazgo que, frente a la crisis, optó por el relato y la puesta en escena antes que por la responsabilidad. Incluso intentó desviar culpas, señalando a los cristianos como responsables, en lugar de dar explicaciones. Por eso la imagen perdura: no como dato literal, sino como advertencia sobre lo que ocurre cuando el poder deja de escuchar lo que pasa afuera.
Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira
MV