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MODO FONTEVECCHIA
Editorial de Jorge Fontevecchia

Día 880: Milei, como Hitler en “La Caída”

El escándalo alrededor del líder libertario ya no expone solo una crisis de gestión, sino también el desgaste de un poder cada vez más encerrado en sí mismo. Mientras crecen las internas y las dificultades para ordenar el escenario político, responde con más confrontación y aislamiento.

Día 880: Milei, como Hitler en “La Caída”
Día 880: Milei, como Hitler en “La Caída” | Net Tv

La escena más inquietante de la película La Caída” es la de Hitler perdiendo contacto con la realidad mientras todos a su alrededor fingen obedecerle. Ese mismo mecanismo psicológico parece empezar a aparecer alrededor de Javier Milei: gritos, paranoia, furia permanente y un entorno incapaz de ponerle límites. El caso Adorni ya no expone solamente un posible escándalo de corrupción, sino el deterioro emocional de un poder que se siente acorralado y responde con más irascibilidad. Cuando un líder empieza a vivir cualquier crítica como una traición personal, deja de gobernar para empezar a defenderse psicológicamente negando cada vez con más fuerza la realidad.

La película "La Caída" (2004), de Oliver Hirschbiegel, impactó al público mundial por mostrar a Adolf Hitler desde una perspectiva más humana y psicológica durante sus últimos días en el búnker de Berlín en 1945. La interpretación de Bruno Ganz fue considerada extraordinaria por la crítica y el público alemán, al punto de generar ovaciones tras el estreno en Múnich. El testimonio se ve tan real porque se basó en las memorias de la secretaria personal de Hitler, Traudl Junge, y en trabajos del historiador Joachim Fest. La película se alejó de las representaciones caricaturescas del líder nazi.

Ganz explicó que para interpretar convincentemente al personaje necesitó dejar de lado el odio y tratar de comprender emocionalmente cómo funcionaba la mente de un dictador en su peor momento. Durante meses estudió documentos históricos y observó pacientes con Parkinson para reproducir sus temblores físicos. El actor no buscaba justificar los crímenes del nazismo humanizando a Hitler, sino entender psicológicamente al personaje para poder transmitirlo.

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Y su actuación fue icónica porque reveló con toda su fuerza una situación que puede ser asimilable a cualquier líder autoritario en el momento de su descenso. Un líder encerrado, agotado, desconectado de la realidad material que lo rodea, gritando órdenes imposibles mientras quienes lo rodean bajan la mirada, se observan entre sí y actúan una obediencia teatral porque ya nadie se atreve a decirle la verdad. Reflejó el deterioro psicológico del poder cuando el poder empieza a desmoronarse.

Algo de la lógica universal contenida en esta actuación puede verse alrededor de las actitudes de Milei. No en términos históricos absolutos, no estamos comparando a Milei con la figura histórica de Hitler, sino tomando rasgos universales del ejercicio de un poder autoritario para observar los comportamientos de nuestro presidente.

En la reciente entrevista que dio a Luis Majul y Esteban Trebucq por el escándalo Adorni apareció un presidente visiblemente irascible, acelerado, cada vez más intolerante a cualquier duda o matiz, mientras Trebucq ensayaba esos gestos corporales de resignación que recuerdan a los generales de "La Caída" cuando escuchaban órdenes militares imposibles de ejecutar. Nadie contradice del todo al líder. Nadie lo enfrenta frontalmente. Pero los cuerpos hablan.

Los silencios hablan. Las miradas hablan. La política también se expresa a través de esas microescenas donde un sistema empieza a revelar el agotamiento psicológico del líder.

Tal vez el momento de mayor peligro con los liderazgos personalistas no sea su momento de auge, sino el momento en que empiezan a perder el poder. Porque muchas veces el descontrol aparece no cuando el líder está en la cima, sino cuando percibe que la realidad empieza a escapársele de las manos.

La diferencia entre un loco y un genio es el éxito”, dijo alguna vez el propio Presidente. Los rasgos excéntricos que son celebrados mientras el líder asciende al poder, se vuelven intolerables cuando la fortuna abandona al príncipe, parafraseando a Maquiavelo. El problema es que un líder necesita contrapesos para poder ser equilibrado. Necesita de alguien que esté dispuesto a decirle que no algunas veces. Los líderes autoritarios, que se rodean de aduladores y personas que le dicen que sí a todo, pierden toda conexión con la realidad. Cuando el poder elimina todos los filtros internos, el líder queda encerrado dentro de una realidad editada a su medida. Lo que comúnmente suele llamarse, en la jerga política argentina, “el diario de Yrigoyen”, en alusión a la leyenda según la cual el expresidente Hipólito Yrigoyen recibía un diario especialmente confeccionado por sus colaboradores, donde solo aparecían buenas noticias y una realidad política distorsionada para evitar disgustarlo o contrariarlo.

Más allá de cuánto haya de mito o verdad histórica en la anécdota, la expresión quedó instalada como símbolo de los gobiernos que terminan aislando a sus líderes dentro de una burbuja de información manipulada, donde nadie se anima a transmitir malas noticias, cuestionamientos o límites reales del poder.

Quizás uno de los personajes necesarios para ese equilibrio en el gabinete de Milei haya sido Guillermo Francos. Esto resalta todavía más el error de haberlo reemplazado en la jefatura de Gabinete por Manuel Adorni. Algo que fue señalado en tiempo real por Mauricio Macri.

Recientemente, tras unas declaraciones respecto al caso Adorni, cuestionó públicamente la demora del Gobierno en resolver el caso que involucra a Manuel Adorni, y respaldó los reclamos para que presente su declaración jurada, remarcando que cualquier demora en ese trámite inevitablemente genera sospechas y alimenta la polémica pública. Pocas horas después de estas declaraciones, Karina Milei decidió desplazarlo del directorio de YPF.

Aquí vemos nuevamente esa sobreactuación de autoridad, la furia permanente, el grito como sustituto de una dirección equilibrada. La más leve crítica, aún con la intención de ayudar, es vista como una traición.

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El presidente justifica sus formas. Cuanto menos control efectivo existe, más exaltación emocional aparece. Y en Milei empieza a percibirse justamente esa inversión: una agresividad creciente que parece proporcional a la pérdida gradual de capacidad para ordenar políticamente el escenario. La economía no acompaña y las expectativas que depositó la mayoría de la población en este modelo empiezan a resquebrajarse.

Milei ve a todos los que lo perjudican como enemigos. Incluso a aquellos que lo apoyan y quieren ayudarlo.

Quizás un ejemplo de esto sea el propio arquitecto de Manuel Adorni, a quien el presidente defenestró, diciendo que era “militante kirchnerista” y tenía un prontuario dudoso”. El hombre publicó un descargo en redes sociales.

Pongámonos un momento en el lugar de este hombre: sinceramente creyó en el cambio que representaba Milei y La Libertad Avanza. Pero como un “ciudadano de bien”, decidió colaborar con la justicia cuando se le solicitó. Actuó como debería actuar cualquier ciudadano, y eso lo convierte hoy, ante los ojos del poder, en un conspirador.

La misma lógica que convierte ante los ojos de Milei en “delincuentesal 95% de los periodistas que no justificamos cada uno de los delirios del Poder Ejecutivo. Hacemos nuestro trabajo con mirada crítica e independiente.

Pero el blindaje mediático empieza a fisurarse. El caso Adorni dejó de ser un problema de “agenda” para transformarse en una cuestión existencial del propio gobierno. La declaración de Milei: “Adorni no se va ni en pedo” rompe la lógica de que un funcionario puede ser un fusible. Y ata la suerte de toda la gestión a la del Jefe de Gabinete.

A partir de ese momento, Milei decidió políticamente morir con Adorni si fuese necesario. Y eso explica la radicalización emocional de la defensa oficial: los ministros obligados a salir en cascada a respaldarlo, las ovaciones en el Congreso, los funcionarios convertidos en hinchada, el aparato entero funcionando como mecanismo psicológico de contención del líder antes que como gobierno racional.

Vale recordar que Patricia Bullrich había empujado en otro momento la salida de José Luis Espert cuando el costo político se volvía excesivo. Pero ahora Milei no puede hacer lo mismo. Se comprometió demasiado públicamente. Retroceder sería aceptar debilidad y también representaría una concesión de Karina a la propia Bullrich, con quien mantiene una aguda interna.

No es la primera vez que Milei exhibe comportamientos extraños o erráticos bajo presión política. Durante la campaña presidencial de 2023 ya se habían observado escenas donde la tensión parecía alterar profundamente su percepción del entorno. En uno de los debates presidenciales llegó a quejarse reiteradamente por supuestostosedores”, convencido de que existía una maniobra deliberada para desconcentrarlo.

Varias veces hemos visto a Milei registrando estímulos laterales que para él adquirían una dimensión desproporcionada, casi persecutoria. Aquella escena fue tomada en su momento como una rareza menor, una excentricidad más dentro de un personaje que todavía era leído como outsider antisistema.

Algo similar ocurrió meses después en una entrevista con Esteban Trebucq, donde pidió silencio de manera abrupta y visiblemente irritada por ruidos mínimos dentro del estudio. Pero en esa entrevista hubo otro momento aún más raro, aquella extraña referencia a estar conla señorita debajo de las sábanas” mientras lo insultan en X.

Estos dos videos ocurrieron durante la misma entrevista y vistos en retrospectiva parecen mostrar algo más profundo que simples excentricidades televisivas. Reflejan a una persona sometida a una presión psicológica extrema, en medio de una campaña presidencial que podía convertirlo en presidente de la Nación o destruir definitivamente su carrera política.

En ambos casos aparece un Milei hipersensible a estímulos externos mínimos, irritado, acelerado y con dificultades para administrar emocionalmente el entorno. Los movimientos involuntarios de la mano, los cambios abruptos de tono y las asociaciones extrañas revelan a alguien que parece perder progresivamente el control sobre sí mismo bajo tensión. Como si estuviera al límite de un brote psicótico.

Lo interesante es que en aquel momento muchos interpretaron esas escenas como parte delpersonaje Milei”: el outsider intenso, disruptivo, impredecible. La mirada es parte de la configuración del signo.

Pero cuando esos mismos rasgos aparecen ya en el ejercicio del poder y en medio de una crisis política, el significado cambia completamente. Lo que antes podía parecer extravagancia empieza a leerse como deterioro emocional. La diferencia fundamental es que ahora ya no se trata de un candidato gritándole a la televisión, sino del Presidente de la Nación reaccionando frente a investigaciones judiciales, internas de gobierno y pérdida de control político.

Lo relevante es cómo esas escenas muestran a un presidente que muchas veces parece moverse en un registro donde la reacción emocional, la paranoia o la sobreactuación desplazan a la racionalidad política clásica. Y cuando eso ocurre en simultáneo con pérdida de apoyo, escándalos internos y creciente aislamiento, la situación adquiere otra gravedad.

La historia política está llena de líderes que, frente al avance de la debilidad, intensificaron justamente los rasgos que inicialmente los habían llevado al poder. Milei parece atravesar algo parecido: cuanto más cuestionado se siente, más agresivo se vuelve; cuanto más se deteriora el control político, más necesita gritar, confrontar y radicalizarse. Y censurar a todos aquellos que le llevan la contra.

Ahí es donde la referencia a "La Caída" deja de ser solamente una metáfora cinematográfica y empieza a funcionar como descripción psicológica de un poder que, enfrentado a sus propios límites, parece reaccionar negándolos cada vez con mayor furia.

Hace poco, durante su discurso en la Cena Anual de la Fundación Libertad, llevada a cabo el lunes 28 de abril, afirmó que él fue “el más afectado por el ajuste económico, probablemente esa frase haya resultado ofensiva para millones de argentinos que atravesaron despidos, caída del consumo, cierre de fábricas o deterioro brutal de sus condiciones de vida.

En términos materiales, resulta imposible sostener que el Presidente haya sufrido más que quienes perdieron el trabajo, los comerciantes que bajaron la persiana o las familias que directamente dejaron de llegar a fin de mes. Pero quizás la frase revele otra cosa: no una verdad económica, sino una verdad psicológica.

Milei parece vivir cada dificultad del gobierno como una experiencia personal extrema, casi corporal, como si el fracaso potencial de su modelo económico pusiera en juego algo mucho más profundo que una simple gestión presidencial. Su equilibrio emocional. Porque, para él, el programa económico no parece ser solamente un conjunto de medidas técnicas, sino una extensión de su propia identidad.

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Y ahí aparece un elemento importante para entender su creciente irascibilidad. Cuanto más se resquebraja la promesa de prosperidad inmediata, cuanto más aparecen tensiones sociales, sospechas de corrupción o desgaste político, más parece sentirse atacado en términos existenciales. Como si cualquier cuestionamiento al rumbo económico fuera vivido por él no como una crítica política normal, sino como una agresión personal intolerable.

Tal vez por eso la irritabilidad aumenta al mismo ritmo que las dificultades: porque el Presidente no solo siente que está defendiendo un gobierno, sino también su propia estabilidad emocional y la narrativa épica que construyó sobre sí mismo.

Durante la campaña, Milei repetía que venía adespertar leones”. Pero los procesos de deterioro del poder y su exigencia de que nadie lo cuestione termina produciendo el efecto contrario: funcionarios atemorizados con decirle la verdad a la cara, periodistas oficialistas incómodos, aliados que empiezan a mirar las salidas de emergencia y un líder cada vez más encerrado dentro de sí mismo, atrapado en su propio relato.

Ahí es donde "La Caída" deja de ser solamente una película sobre 1945 para convertirse en una advertencia universal sobre la psicología del poder autoritario cuando empieza a derrumbarse desde adentro.

Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira

MV/ff