La construcción de un enemigo interno al que se le adjudican las peores intenciones, la mayor vileza y maldad y los objetivos más oscuros es un recurso viejo para construir poder. Lo han llevado adelante todo tipo de populismos y, con mayor violencia, los totalitarismos del siglo XX. Milei, desde el comienzo de su mandato, viene insistiendo en que hay un conjunto de actores políticos y sociales que conspiran contra su Gobierno y los utiliza como la justificación de todos los dramas del país y para construir una narrativa de un gobierno resiliente que se enfrenta contra un poder muy importante que quiere que la Argentina no mejore.
En la última entrevista con Luis Majul dio un paso más en ese sentido, un paso peligroso y que hay que desarmar con argumentos porque, de instalarse el discurso oficial, nuestro sistema democrático y la libertad de expresión pueden verse fuertemente restringidos. Vamos a ver un fragmento de la entrevista del presidente con Majul.
Vale reclamarle a los periodistas que entrevistan al presidente que cumplan la solicitud de la Academia Nacional de Periodismo de preguntarle siempre "¿Por qué recomienda odiar más a los periodistas?" en solidaridad con el colectivo de colegas que integra. Este fragmento de la entrevista del presidente es muy peligroso porque efectivamente está diciendo que hay estudiantes, periodistas, profesores e investigadores que en realidad son infiltrados que quieren boicotear al país porque tienen intereses oscuros que no aclara.
Para frenar a un terrorista, una gran parte de la población admitiría que se puede utilizar cualquier método, sea violencia física, detenciones arbitrarias o cualquier tipo de excepción. ¿Son estas palabras duras que anticiparán un incremento de la represión y la violencia física o solo se quedarán en las palabras?
Yendo a la partecita del dirigente comunista italiano Antonio Gramsci, hay que separar lo real de lo inventado. Hay un núcleo real de la teoría de Gramsci en lo que dice Milei, pero envuelto en una distorsión bastante marcada.
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Lo que Milei tomó de Gramsci existe: el filósofo italiano, escribiendo desde la cárcel de Mussolini en sus Cuadernos, efectivamente sostuvo que en las sociedades occidentales el poder no se sostiene solo por coerción estatal sino por "hegemonía cultural", el consenso que la clase dominante logra construir a través de instituciones como la escuela, la prensa, la Iglesia y la cultura en general. De ahí se desprende su famosa distinción entre "guerra de maniobra" (la toma violenta y directa del poder, como en la revolución rusa) y "guerra de posición" (la disputa lenta y gradual del sentido común dentro de las instituciones de la sociedad civil, más adecuada para las democracias occidentales con un Estado fuertemente "atrincherado"). En ese sentido, la idea de que la disputa política pasa también por los medios, las universidades y la cultura, y no solo por el control directo del aparato estatal, sí es genuinamente gramsciana.
Ahora bien, lo que Milei hizo con eso —según reconstruyen las coberturas de la entrevista con Majul— es otra cosa: planteó que en la Argentina hay "terroristas disfrazados de estudiantes, terroristas disfrazados de periodistas, terroristas disfrazados de profesores y terroristas disfrazados de investigadores", y describió la estrategia de Gramsci como "tomar los medios, la educación y la cultura" en una suerte de "etapa 2.0".
Ahí se produce el corrimiento: Gramsci nunca habló de "infiltración" en sentido clandestino ni mucho menos de terrorismo. Su teoría es sobre construcción de consenso ideológico —un proceso público, cultural, de largo plazo—, no sobre una operación encubierta de agentes disfrazados que se cuelan en instituciones para sabotearlas desde adentro.
Convertir la "hegemonía cultural" en una trama de "terroristas disfrazados" reemplaza un concepto sobre disputa de ideas por uno de conspiración criminal, y eso es ajeno al texto gramsciano.
Muchos sectores de izquierda, progresistas y de la política en general, inclusive sin tener nada que ver con el comunismo de Gramsci, reconocieron la importancia de la cultura en la disputa por el sentido y la hegemonía de sus posiciones o reivindicaciones, y Gramsci se volvió un autor muy popular. Ahora, que haya estudiantes, profesores, investigadores e intelectuales de todo tipo manifestando cuál creen que tiene que ser el futuro del país o de un aspecto particular de la sociedad en las universidades, los medios o las instituciones científicas, entre otros, es simplemente el juego democrático.
La democracia no se limita solo a votar cada dos años. Hay discusión de ideas, manifestaciones, grupos de activismo, instituciones que defienden intereses particulares, corporativos, y está bien.
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¿Quiénes son los terroristas para Milei? ¿Los estudiantes y profesores que lograron que se apruebe la Ley de Financiamiento Universitario? ¿Los secundarios que tomaron los colegios preuniversitarios? Habla de terrorismo entre los periodistas. ¿Quiénes vendrían a ser? Porque también habla de ensobrados. Es decir, ¿hay periodistas que él reconoce que no cobran para criticarlo, pero igual lo hacen porque son terroristas, o los ensobrados también critican su gestión porque, además de cobrar, son terroristas? ¿Para usted yo soy un terrorista, presidente? No hay terroristas que buscan que la realidad cambie mediante una articulación de argumentos y la discusión de ideas. Eso se llama democracia, no terrorismo.
Si se admite que lograr que se apruebe la Ley de Financiamiento Universitario, gracias a haber refrendado la importancia que la sociedad argentina le da a la educación superior a través de movilizaciones y de una campaña permanente, es terrorismo, se podrá prácticamente detener y juzgar a cualquier persona que no opine como Milei y decida decirlo y tratar de convencer al resto de que lo que hace el presidente no es correcto.
Sumado a esto, hay algo que es históricamente muy significativo: la misma acusación de infiltración gramsciana para calificar de "terroristas" a estudiantes, periodistas y docentes fue usada por el dictador Jorge Rafael Videla en 2010, durante uno de sus alegatos por crímenes de lesa humanidad, como justificación retroactiva del terrorismo de Estado.
Es decir, para la dictadura militar, justificar la represión sobre militantes revolucionarios e integrantes de la guerrilla era más sencillo. Pero entre los desaparecidos hubo estudiantes, periodistas, profesores, escritores y todo tipo de intelectuales que jamás empuñaron un arma o inclusive estaban en contra de quienes lo hacían, como es mi caso. Para justificar esa represión, Videla utilizó el mismo argumento que Milei. Vamos a escuchar el fragmento del dictador en su alegato final en el 2010.
Que haya políticos que entendieron que debían dejar la lucha armada para volcarse a la discusión política es celebrable. Es la historia de Pepe Mujica en Uruguay o de Petro en Colombia. Lo mismo en la vereda de la derecha: que existan partidos políticos democráticos de derecha y no se recurra a los golpes de Estado es una conquista de la democracia.
Entonces, ¿cuál es el problema de fondo? Que en la concepción de que hay un enemigo interno al que hay que derrotar, destruir o suprimir para que el país mejore, esa noción no es democrática. Puede ser que esa noción se quede solo en la denuncia de ese enemigo interno y en la estigmatización; puede ser que escale a la utilización de la justicia para perseguirlo o inclusive a las fuerzas de seguridad para agredirlo directamente. Sin embargo, estas son diferencias de grado, muy importantes, pero de un mismo problema: la noción del enemigo interno.
¿Por qué un gobierno recurre a este tipo de discursos? Porque es una de las formas más estudiadas de hacer política y construir poder. Vamos a repasar dos autores en este sentido.
Primero avancemos con Carl Schmitt, quien es central en la teoría política del siglo XX por un solo argumento, expuesto sobre todo en El concepto de lo político (1932): lo que define a la política como esfera autónoma, distinta de la moral (bien/mal), la estética (bello/feo) o la economía (rentable/no rentable), es la distinción entre amigo y enemigo.
Para Schmitt, un colectivo político existe en la medida en que es capaz de identificar a su enemigo, entendido no como un rival privado ni como alguien moralmente malo, sino como "el otro, el extraño", cuya existencia niega en su forma más intensa la del propio grupo, al punto de que un conflicto con él puede llegar, en el caso extremo, a la guerra. Lo político, en su definición, es precisamente esa posibilidad del enfrentamiento extremo entre grupos que se reconocen como enemigos.
El dato biográfico que nunca se puede omitir es que Schmitt fue miembro del Partido Nazi desde 1933 y uno de sus juristas más prominentes durante los primeros años del régimen —llegó a ser llamado "el jurista de la corona" del nazismo—, participó activamente en la construcción del andamiaje legal antisemita del Tercer Reich, y solo perdió peso dentro del aparato nazi hacia 1936 por desconfianza de las SS respecto de su oportunismo, no por ruptura ideológica. Eso hace que su teoría del enemigo no sea un artefacto neutral: nació y se aplicó como justificación doctrinaria de un régimen que definió a un enemigo interno (los judíos, los comunistas, los liberales) al que había que excluir del cuerpo político por decreto. Pero al mismo tiempo hay que mencionar que a Carl Schmitt se le reconocen aportes a la teoría del derecho y del poder.
En la vereda de enfrente ideológica, pero con iguales puntos de contacto y muy citado por ser argentino, Ernesto Laclau planteó que la construcción de poder por parte del populismo se basa en la construcción de un enemigo interno, que además puede tener vínculos con un enemigo externo como el imperialismo, al que se le adjudica la responsabilidad de todos los problemas de la sociedad que se enlazan en un "nosotros" que incluye a la fuerza populista. Cada logro que se adquiere en el avance de la solución de las demandas sociales es una derrota al enemigo, y cada problema es un boicot o ataque de "la corpo", "la casta", "los poderes fácticos" o como sea que se llame. El enemigo explica todo: lo bueno cuando es derrotado, y lo malo cuando supuestamente impone su poder. De esta manera, el Gobierno no se hace cargo de nada.
El kirchnerismo fue un experto en utilizar este tipo de estrategia en la construcción de poder, y hoy los llamados poderes fácticos, como los empresarios, la prensa y la Iglesia Católica, son mencionados como enemigos por el propio Milei. Es decir, dos gobiernos ideológicamente opuestos que nombran a los mismos enemigos. Evidentemente era más una narrativa que algo real.
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Ahora bien, esta forma de construir poder, ¿tiene el riesgo de volverse violenta de manera física? Es decir, la demonización de un grupo político, social o religioso, la estigmatización y la elaboración de teorías de supuestas conspiraciones o boicots contra la sociedad, ¿desembocan en violencia física? ¿Las palabras en algún momento se cambian por palazos o inclusive balas?
La literatura académica sobre violencia verbal en el discurso político maneja dos hipótesis rivales, y la evidencia favorece claramente a una de ellas. La primera, la "válvula de escape", heredera de la vieja teoría de la catarsis, sostiene que un líder que descarga su agresividad en palabras reduce la probabilidad de que ese conflicto derive en violencia física; sin embargo, la investigación psicológica de las últimas décadas no encontró respaldo sólido para esa idea e incluso, en varios estudios, expresar agresividad refuerza la agresión posterior en lugar de aplacarla.
La segunda hipótesis, la de la "normalización", tiene hoy mayor aval en la ciencia política: un lenguaje extremadamente agresivo no genera violencia de forma automática, pero baja las inhibiciones colectivas, vuelve aceptables insultos antes impensables, redefine las normas de convivencia y facilita que algunos seguidores lean la confrontación como legítima. Norbert Elias encajaría esa lectura en su teoría del proceso civilizatorio, que depende del autocontrol de los impulsos, sobre todo por parte de quienes ejercen autoridad: cuando un líder abandona ese autocontrol, no produce violencia de inmediato, pero erosiona frenos culturales que tardaron generaciones en construirse.
Hannah Arendt aportaría otra distinción clave, la de poder frente a violencia: un gobierno legítimo obtiene obediencia por consenso institucional, así que un lenguaje cada vez más violento suele ser síntoma de que ese consenso se debilita, más que un anuncio directo de violencia física.
Los antecedentes históricos no son concluyentes en un solo sentido, y esa es justamente la parte más útil del análisis. Hay casos —la República de Weimar, Ruanda, la ex Yugoslavia, la España previa a la Guerra Civil— donde la deshumanización y deslegitimación sistemática del adversario efectivamente precedieron a episodios de violencia política organizada; pero también hay democracias con líderes de retórica muy dura que nunca derivaron en ese desenlace, lo que descarta que el discurso agresivo sea por sí solo un predictor suficiente.
Lo que sí distingue a los casos de riesgo, según los estudios comparados, es la combinación de varios factores: que el adversario deje de tratarse como un competidor legítimo y pase a describirse como enemigo, que exista estigmatización sistemática de determinados grupos, que haya organizaciones o seguidores dispuestos a actuar violentamente, que las instituciones sean débiles para canalizar conflictos y que el líder no condene la violencia con claridad cuando ocurre.
Hannah Arendt aporta la distinción de fondo: para ella, poder y violencia son categorías opuestas, y cuando el poder basado en la legitimidad se debilita, crece la tentación de recurrir a la violencia o de justificarla. El caso extremo de ese proceso es Ruanda en 1994, donde antes del genocidio se llamaba públicamente "cucarachas" a la población tutsi, el ejemplo más claro de lo que se conoce como "enemigo interno": presentar a un grupo de la propia sociedad no como un adversario legítimo, sino como una amenaza para la existencia misma de la nación o el Estado.
Marcelo Longobardi, en su programa de todas las mañanas que transmite desde su canal de YouTube y que tenemos el gusto de transmitir en +Perfil y Net TV, viene diciendo que en los tres reportajes que dio Milei estos últimos días —con Feinmann, Majul y Viale— mostró una actitud de recrudecimiento de un modo violento que, a su juicio, anticipa cuál será el tono de la campaña. Probablemente suceda que, a medida que sepa que puede perder las elecciones, eleve el nivel de violencia sobre el enemigo interno.
Ahora bien, es cierto que la violencia represiva de las fuerzas de seguridad contra lo que ahora Milei llama "terroristas" creció fuertemente. Es decir, la represión contra estudiantes, profesores, jubilados y trabajadores de prensa que se han manifestado contra sus políticas mostró una real política de Estado. Repasemos algunos números.
En la protesta social, la Comisión Provincial por la Memoria monitoreó 139 manifestaciones en los primeros dos años de gestión, de las cuales 51 terminaron en hechos represivos —más de una de cada tres—, con 2.585 heridos y 258 detenidos. En el período diciembre 2023 - noviembre 2025, eso equivale a un promedio de tres heridos por día en el contexto de una protesta y un detenido cada tres días, además de tareas de filmación e identificación de manifestantes en cerca del 70% de las movilizaciones. Los periodistas fueron un blanco particular: 282 heridos en ese mismo período, uno cada tres días, un nivel de sistematicidad sin antecedentes desde el retorno de la democracia, con el caso límite del fotoperiodista Pablo Grillo, que casi muere cubriendo una represión.
Este es el gráfico sobre el incremento de la represión de las fuerzas de seguridad en comparación con otros gobiernos.
Esto es un promedio anual de heridos en marchas por año: menos de 100 con Alberto Fernández, 250 con Macri y 1.292 con Milei. Esto surge de la comparación entre los primeros dos años de cada gobierno. Si se unen estos números con lo que dijo Milei sobre los "terroristas infiltrados", se tiene una idea de por qué tanta saña al reprimir manifestantes que no cometían ningún acto violento.
La idea de la categorización del enemigo interno como "terrorista" no es una idea que solo se plantea en Argentina. De hecho, cuando Milei fue a impulsar la campaña de Flávio Bolsonaro en Brasil, el ahora candidato e hijo de Jair Bolsonaro le dijo lo siguiente:
Pero es en Estados Unidos donde evidentemente renació este concepto del terrorismo de la extrema izquierda y su lobby para que sea aceptado por las universidades y las instituciones de la sociedad. Marco Rubio, secretario de Estado norteamericano, disertó sobre este tema:
La creación de un enemigo interno al que se lo tilda de terrorista —es decir, de un criminal grave que merece ser reprimido, enjuiciado y al que se lo culpa por todos los problemas del país— es un elemento más en el avance de Milei contra la democracia. En los nuevos lineamientos de la SIDE se admite que el organismo de inteligencia espíe a cualquier persona que, con su crítica o planteos, erosione la credibilidad del presidente u otros funcionarios.
Sumado a esto, hay leyes que el gobierno se resistió a cumplir durante meses porque habían sido impulsadas por la oposición, y Milei reparte publicidad oficial de YPF como premio a quienes se subordinan a sus planteos y repiten el discurso oficial, mientras lanza acusaciones de "ensobrados" y ahora "terroristas" a quienes nos esforzamos por hacer un periodismo crítico.
Son todos elementos que restringen gradualmente el sistema democrático. Es muy importante señalarlos y discutirlos porque, evidentemente, una democracia no se pierde de un día para el otro, sino que son estos pequeños cambios —al principio discursivos, luego legales y por último de hecho— los que van torciendo el destino de una república.
Un día dejamos que echen a un periodista de una radio por orden del Gobierno, como le pasó a Marcelo Longobardi; otro día nos dicen que se puede espiar a cualquier crítico, y otro que quienes se movilizan por la educación son terroristas. Finalmente, se cumplirá la metáfora de la rana que fue cocinada en agua tan tibia que no se dio cuenta.
Desde estas columnas seguiremos marcando estos puntos que se riñen con la democracia: aunque el presidente piense que es terrorismo, se llama democracia.
Producción de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi
MEG/LT