Perfil
MODO FONTEVECCHIA
Diálogo internacional y la crisis diplomática en el Mercosur

"Es lamentable la agresión de Milei a Lula para la relación con Brasil"

El expresidente uruguayo Julio María Sanguinetti analiza desde una perspectiva regional los roces entre Argentina y Brasil, la naturaleza del liderazgo de Javier Milei frente al pragmatismo de Lula da Silva, y asegura que la Argentina precisa "un baño de serenidad" para capitalizar sus oportunidades económicas.

Julio María Sanguinetti 15072025
Julio María Sanguinetti, en su casa en Montevideo. | Gentileza Martín Picón

Desde una posición privilegiada por la cercanía geográfica y la perspectiva institucional que le otorga su trayectoria, el expresidente de la República Oriental del Uruguay, Julio María Sanguinetti, reflexiona en Modo Fontevecchia, por +Perfil, Radio Perfil (AM 1190), sobre el convulsionado panorama político de la región. En esta entrevista, el líder oriental desglosa con agudeza el quiebre del diálogo diplomático en el Mercosur, contrasta el estilo disruptivo de Javier Milei con la tradición negociadora de Lula da Silva, y advierte sobre el impacto de la confrontación verbal en la atracción de inversiones. Una mirada imprescindible sobre los desafíos económicos, el giro hacia la seguridad en América Latina y la necesidad urgente de recuperar la templanza republicana.

Julio María Sanguinetti es abogado, periodista, historiador y dirigente político uruguayo que ejerció como presidente de la República Oriental del Uruguay en dos períodos no consecutivos, de 1985 a 1990 y de 1995 al año 2000. Es una de las figuras históricas y de las referencias fundamentales del Partido Colorado. A lo largo de su extensa trayectoria ha sido una figura clave en la transición y consolidación democrática de su país tras la dictadura militar. Además de sus dos presidencias, se desempeñó como diputado, ministro de Industria y Comercio, ministro de Educación y Cultura, y senador de la República en dos períodos.

Julio, muy buenos días. Un gusto volver a hablar con usted; lo saludo con enorme interés. Dado que muchas veces cierto grado de distancia aumenta el panorama, pero mucha distancia impide verlo —creo que Perón decía que el líder tendría que estar un paso adelante, pero no tanto que no se lo pueda ver—, y Uruguay está un paso adelante de Argentina en términos políticos, usted tiene la suficiente cercanía y distancia para tener esa perspectiva. Ayúdenos a comprender ¿cómo ve a la Argentina, cómo ve la política argentina, qué comparación se puede hacer entre la evolución de un líder como Milei y el conflicto que tuvo con un presidente como Lula, y el contraste entre un outsider y un político de carrera? Usted, desde Uruguay, puede mirar con claridad y en perspectiva a estos dos países. Lo escuchamos con atención, Julio.

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Bueno, buenos días ante todo. La verdad es que me tira con todo un panorama en el cual no voy a aparecer con la soberbia de darle recetas a la Argentina, ni mucho menos. Lo que sí puedo decir es que estamos viviendo en la región un momento crítico muy triste, a mi juicio. Luego de años en los cuales contribuimos a crear un clima de entendimiento que llevó al Mercosur, hoy nos encontramos no ya en un Mercosur con dificultades, sino en un Mercosur en el que Brasil y Argentina aparecen profundamente divorciados, como no lo estuvieron nunca en los últimos años. Hay que retrotraerse muy atrás en el tiempo para ver épocas así. Además, se da en un momento en el cual el Mercosur alentaba una lucecita de esperanza con el acuerdo con la Unión Europea, que nos devolvía de algún modo la vida, de que este espacio colectivo de una cultura análoga y de un peso histórico que nos llevaba a tratar de estar en conjunto, volvía a estar en carrera. En el momento en que tenemos que administrar la aplicación de ese tratado, nos enzarzamos en este debate muy triste, en el cual lamento mucho, y muy especialmente, el tono del presidente argentino, Javier Milei. No puedo entender ese clima de insultos, que empobrece su gestión, a mi juicio, e incluso desconcierta a todos aquellos que deseamos que le vaya bien y sentimos que, de algún modo, su rumbo de ordenar la economía tiene una razón de ser. Realmente, ese clima de agresión verbal es muy lamentable y muy ajeno a lo que son, naturalmente, los términos del diálogo entre los Estados.

¿Dice algo más de Argentina y de Brasil? Es decir, el carácter más errático y extremista de Argentina frente al más consensualista e integrador de la política brasileña. ¿Es Milei simplemente una anomalía de la política argentina o es una representación de su constante? Y al revés: ¿es Lula una anomalía de la política brasileña o es una representación de una tradición constante heredada de los portugueses, siempre inclinada a la negociación?

No, yo creo que Lula es muy representativo del Brasil histórico. Por más que él venga de un origen sindical, hace poco trascendió una expresión informal hacia la directora del Fondo Monetario Internacional —en una charla privada que luego se difundió— donde dijo: «Yo no soy de izquierda; lo que he sido siempre es sindicalista». Y creo que esa es la verdad. Lula no es un marxista ni un marxista-leninista; es sí un sindicalista con una visión de reivindicación social que se inscribe, a su vez, en la élite paulista. Porque Lula es un hombre de San Pablo —pese a haber nacido en el norte—, es un hombre que estuvo sentado años negociando con el poder económico de Brasil negociando. Esa es su característica: es un negociador típico. Recuerdo que cuando asumió la primera vez, llamé a José Sarney, el expresidente, que hoy tiene 94 años y está muy bien. Le pregunté: «José, ¿cómo es Lula? ¿Cómo lo ves?». Y me dijo: «Mirá, es un negociador. Tiene clara la diferencia entre un 1% o un 2% más o menos en las cosas». Así me lo definió y así ha sido Lula. Es un personaje que transita desde ese ámbito. Es verdad que en este período ha asumido un tono más radical en su expresión, lo veo más enojado. No es tanto radicalismo ideológico como enojo; no tiene el encanto de su primer gobierno. Pero, en todo caso, no es una anomalía en Brasil: es un hombre del establishment brasileño, aunque venga del mundo sindical. Milei fue un fenómeno que nació de la crisis profunda en la que el kirchnerismo había caído en el gobierno, la cual llevó a la Argentina a una situación dramática. Frente a eso, la respuesta era Milei o "González", Milei o "Rodríguez"; alguien iba a venir. Bueno, fue Milei. Desgraciadamente, no había... estaba debilitado, no había un partido que lo representara, y lo representó él con su tono y proponiendo una fuerte revolución liberal. La revolución liberal no dejó de ser nunca una utopía, porque era imposible ese anarcocapitalismo del cual hablaba. Uno lo tomaba como un horizonte, es decir: «Bueno, es alguien que camina hacia ese lado», aunque no deja de ser una propuesta utópica. Así ha sido con la inflación o la derrota de la inflación como expresión simbólica de ese cambio. Por ahí viene transitando, diría que razonablemente bien, pero también con una suerte de divorcio entre un discurso mucho más radical hacia lo liberal y una realidad que no lo es tanto. Intentó un shock, pero luego ese shock se fue mediatizando. Son procesos complicados, complejos, que requieren tiempo. Creo que hoy está en una situación compleja justamente porque el tema de la política de shock es la recesión posterior. Es muy difícil bajar drásticamente la inflación y, a su vez, mantener el ritmo económico. Ahora, políticamente, creo que lo que pasa es que, siendo un político liberal y proempresa, su estilo y sus conflictos generan una sensación de inestabilidad que no es favorable a la inversión ni al desarrollo. La Argentina tiene todo en esta etapa: empieza Vaca Muerta, va a haber mucha más exportación energética, la Argentina sale de las absurdas carencias de energía de los últimos 30 años. En fin, tiene de nuevo todas las oportunidades para estabilizarse. Pero para generar ese clima de tranquilidad hay que actuar con tranquilidad. Hay una contradicción entre la búsqueda de un clima de optimismo empresarial y comercial con un estilo de choque y confrontación que lleva a cosas como esta. Felizmente —lo digo también— no ha habido una sobrerreacción brasileña, que podría haber sido mucho más compleja en la medida en que el comercio bilateral es muy importante: Brasil es el primer socio comercial de Argentina. Se está jugando con fuego, desgraciadamente.

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Julio, si analizamos la América Latina andina o la Sudamérica andina, vemos una sucesión de presidentes a lo largo del último año que se van corriendo a la derecha o a la extrema derecha: Ecuador, luego Chile, después Bolivia, Perú, y después Colombia... ¿Existe un sector geopolítico distinto en el Pacífico que en el Atlántico, donde Uruguay y Brasil resisten este corrimiento hacia la derecha o la centro-derecha, mientras Argentina es la anomalía atlántica? ¿Existen áreas dentro de Latinoamérica con culturas políticas más afines a posiciones de derecha o más progresistas, desde su visión sudamericana?

La primera cosa que uno advierte, no solo acá sino en la democracia occidental en general, es que a los gobiernos les cuesta ganar hoy. ¿Por qué? Porque las expectativas superan las posibilidades. Es una situación general: hoy los gobiernos están perdiendo las elecciones. Había habido muchos gobiernos volcados hacia la izquierda y hoy aparece esto. Ahora, seamos claros: lo que hoy llamamos vuelco a la izquierda o vuelco a la derecha es la actitud frente a un fenómeno disruptivo. En el hemisferio norte son las migraciones, y en nuestro hemisferio es la seguridad pública. Más que la economía propiamente dicha, hoy el fenómeno más disruptivo es la seguridad. El presidente de Colombia llega por la seguridad fundamentalmente; Keiko Fujimori llega porque también representa la seguridad y dice que va a pelear con el ejército. Hay hoy una reacción frente a los fenómenos de la delincuencia, que han alterado el clima de tranquilidad, y eso es lo que se percibe. En este momento, eso genera un alineamiento con el presidente de Estados Unidos, lo cual podría estar bien o mal según cómo se use. Desgraciadamente, el presidente de Estados Unidos es muy errático en sus decisiones. Hoy está en un momento de tránsito, especialmente con el tema Venezuela. Esta alianza para la lucha contra el narco, por ahora, son titulares sin mucha realidad. Está el tema de Venezuela, que me parece muy relevante. Ahí el gobierno de Donald Trump se juzga mucho, especialmente el secretario de Estado, Marco Rubio, que notoriamente es uno de los posibles herederos para la próxima elección y tendrá que mostrar algún resultado. Han entrado ahora en un diálogo que miramos naturalmente con expectativa, pero que tiene que cuajar de algún modo. Estados Unidos hizo la operación quirúrgica profunda con la situación en Venezuela, lo cual mucha gente condena. Yo creo que, en una situación de ilegalidad, es difícil pedir medidas legales, pero eso vale en la medida en que vayamos realmente a una elección. Eso es lo que el gobierno actual todavía está cuestionando. El presidente Trump ha actuado un poco erráticamente: ahora santifica a Delcy Rodríguez y aleja a María Corina Machado, que ha sido la heroína democrática del país y lo sigue siendo. Hoy no hay duda de que la inmensa mayoría del país votaría a Corina, como ya lo hubiera hecho. Ahí hay un tema fundamental en el cual Estados Unidos juega su credibilidad, porque su gran problema hoy es la credibilidad, muy debilitada por su actuación en el exterior. En América Latina, todos estos gobiernos que hoy aparecen vertebrados en torno a esa alianza contra el narco tienen que mostrar resultados a través de una coordinación efectiva en esa lucha tan difícil, que es la que ha generado esta aparente oleada hacia la derecha. Que es derecha o izquierda según se enfrente con más o menos dureza el fenómeno delictivo.

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Julio, usted dijo textualmente: «La Argentina hoy está precisando un baño de serenidad». Habrá visto que las encuestas vienen marcando que el estilo del presidente Milei genera cada vez más rechazo en Argentina, acumulando alrededor de dos tercios de desaprobación. Cuando usted dice que el país precisa un baño de serenidad, además de un deseo, ¿es una percepción de que ese sea el próximo ciclo de la Argentina? ¿Es decir, el año próximo, cuando tenga que elegir a su nuevo presidente?

La crispación no es buena. Desgraciadamente hay mucha crispación, y el estilo presidencial la genera. Percibo en los últimos meses una actitud un poco menos agresiva hacia adentro, aunque muy agresiva hacia afuera, como lo que señalábamos recién con Brasil. La Argentina precisa serenidad. Dando sensación de tranquilidad, por sí misma tiene capacidad empresarial, tecnología y recursos que recién empiezan a rendir y muchos otros por explotar, en la medida en que se genere un clima de estabilidad, esa sensación de que vamos transitando hacia una etapa de calma y no un vaivén dramático de blanco a negro y de negro a blanco. Eso es lo que ya pasó, porque, en definitiva, Milei fue una respuesta en blanco y negro a una situación que había llegado a ser en blanco y negro, donde no había chance de nada intermedio. Creo que el rumbo tomado no está mal como rumbo, pero lo que pasa es que es muy difícil la aplicación. Todos hemos vivido la etapa inflacionaria hace tiempo y luego surge el debate: ¿shock o gradualidad? Yo creo que en esto no hay manuales dogmáticos; esto es como la medicina: primero la clínica, la gradualidad, el medicamento, el tratamiento. Cuando todo esto no funciona, la cirugía. O sea, el shock no es ni bueno ni malo: es como una operación quirúrgica, muy buena en el momento oportuno, pero que de pronto puede ser innecesaria y riesgosa en otro momento. En principio, siempre busquemos alcanzar la estabilidad por métodos graduales; si no se llega, bueno, vamos al shock. De algún modo fue lo que hizo Argentina arrancando con el shock, y hoy estamos en una situación de limbo en la cual está el propio gobierno, porque su programa empieza a mostrar signos de enlentecimiento y también porque el estilo del presidente empieza a agotar. Ya no se está en la lucha electoral, eso pasó; hay que mirar hacia adelante. La Argentina tiene que tener la serenidad para manejar todos los enormes recursos humanos y materiales que posee.

Julio, muchísimas, muchísimas gracias. Le mandamos un abrazo.

Bueno, muchas gracias a ustedes, y confiamos en que todo sea para bien.

Así será. Un poco de optimismo.

No, no, yo soy siempre optimista, porque no se puede hacer política sin optimismo, sin la creencia de que es posible. Y creo que si hay un país en el cual todo debería ser posible, es la Argentina.

Muchas gracias, querido Julio. Le mandamos un afectuoso abrazo del otro lado de la costa del Río de la Plata, muy gentil.

MEG