La posible visita del papa León XIV a la Argentina abre un nuevo eje de debate político y geopolítico, con foco en las diferencias entre el Gobierno de Javier Milei y la visión social y económica de la Iglesia Católica. A partir de la entrevista al historiador italiano Loris Zanatta en Modo Fontevecchia, por Net TV, Radio Perfil (AM 1190), se analizó el escenario y afirmó que “la visita del papa León XIV le va a generar enormes problemas a Milei”, al considerar que podría fortalecer a la oposición y profundizar las tensiones con el oficialismo.
El historiador y ensayista italiano, nacido en 1962, especializado en historia política de América Latina, especialmente en la Argentina, Loris Zanatta, es profesor de Historia de América Latina en la Universidad de Bolonia, Italia, donde desarrolló gran parte de su carrera académica. Su trabajo se centra principalmente en la relación entre Iglesia, Estado, nacionalismo, populismo y movimientos políticos latinoamericanos. Es reconocido por sus investigaciones sobre el peronismo, al que analizó desde su vínculo con la tradición católica y la construcción de una idea de nación.
—Tenemos la visita del Papa León XIV a Sudamérica, muy probablemente a la Argentina, con una defensa, podríamos decir, de la escuela económica clásica vaticana, vinculada a la tradición iniciada por León XIII con la encíclica Rerum Novarum. Esa visión económica, que marcó una línea dentro del pensamiento social de la Iglesia, suponemos que podría entrar en conflicto con las ideas económicas que impulsa Javier Milei en la Argentina. Usted es un gran estudioso de América Latina, especialmente de la Argentina. Me gustaría su opinión: ¿cómo se imagina esa eventual visita de León XIV en la tensión de una visión económica distinta a la del propio Milei, más cercana a Trump, sobre la que León XIV también tiene oposición?
—Será una visita, digamos, con una doble dimensión. Porque, por un lado, la visita del Papa a la Argentina representará para el Gobierno una especie de legitimación internacional, no porque no la tenga. Pero el Gobierno argentino tiene una política exterior bastante peculiar, muy peculiar, pues está totalmente alineado con Estados Unidos e Israel. No hay muchos otros países en el mundo que tengan una posición como esta.
Entonces, una figura universal, ecuménica, importante como el Papa seguramente le dará a su política internacional un aire más universal, más cosmopolita y abierto. Pero seguramente les creará enormes problemas. No tengo la menor duda.
¿Por qué? No solamente porque, como usted bien dijo, los planteos socioeconómicos de León XIV son planteos en abierta contradicción con los principios de la teoría económica y de la política económica de Milei, sino por una razón más. Observo que a muchos argentinos se les escapa, pero es una cierta regularidad de la historia argentina: el llamado campo nacional popular, que en este momento está, se diría, casi desaparecido del mapa político, no está en condiciones de conducir una oposición sólida al Gobierno, pero generalmente se reorganiza alrededor de la Iglesia.
Ya lo estamos viendo: la principal forma de oposición en este momento al Gobierno de Milei no son los partidos de oposición, sino las alocuciones de los días patrios por parte del arzobispo de Buenos Aires. Así que le dará un gran empuje. De esto no tengo la menor duda.
Después cada uno tendrá su opinión. A mí no me parece que este sería el rol de la Iglesia, más allá de lo que puedo opinar de Milei, que no es muy positivo, pero no creo que sea el rol de la Iglesia. Sospecho que la visita dejará un balance positivo para la oposición y negativo para el Gobierno.
—En ese sentido, usted remarcaba la sui generis posición internacional del Gobierno argentino, único país que vota junto con Estados Unidos e Israel en contra de declarar a la esclavitud crimen de lesa humanidad. Por ejemplo, los únicos tres países, sobre más de 150, que votaron en contra.
No sé cuán al tanto está de lo que en la Argentina pomposamente se llama campaña antiargentina a partir de la derrota de la Selección en el Mundial de fútbol y ciertas descalificaciones de algunas celebridades internacionales respecto de que la Argentina es racista. No sé si esta posición que usted bien marca del Gobierno argentino, tan distinta al resto del mundo, ¿tiene algo que ver o, a su juicio, podría tener algo que ver con esta mirada negativa de algunos sectores hacia la Argentina, no ya por su presidente?
—Es un tema complejo que va mucho más allá del partido de fútbol, por supuesto. Sí, tiene algo que ver el Gobierno.
Primero, déjeme decir que, desde mi punto de vista, es una política exterior la del Gobierno de Milei. Repito: uno puede compartirla o no, yo no la comparto, pero entiendo que después de los varios años de política exterior del kirchnerismo, que se alió con el chavismo y movimientos similares, se puede también entender. Pero es una política muy imprudente.
Es una política muy imprudente y cortoplacista porque estos equilibrios políticos van a cambiar muy rápido. Podría perder las elecciones Netanyahu, podría perder las elecciones Trump. El mundo está cambiando muy rápido y cada país debería apostar a sus intereses primero en una perspectiva de más largo plazo.
Con respecto a lo otro, la palabra campaña antiargentina a mí me suena tan fea. Yo he estudiado toda la vida la historia de Argentina y siempre aparece alguna campaña antiargentina. Es cierto, ha habido acusaciones muy feas, pero también hay una tendencia argentina a victimizarse, a pensar que en el mundo tienen un problema con Argentina, lo que es un poco megalómano, pues el mundo no está tan atento a Argentina.
Hay una sensibilidad exagerada, creo, que depende de un problema identitario que siempre tuvo Argentina y que se puede explicar al ser un país de inmigración, un país joven, un país que es europeo por cultura, pero que está del otro lado del mundo geográficamente, que necesita una especie de reconocimiento todo el tiempo, una sensibilidad excesiva.
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Dicho esto, el racismo está en todos lados. Lo vemos aquí en Italia, lo vemos en Europa y siempre lo ha habido también en la Argentina.
Yo he estudiado el nacionalismo argentino desde sus orígenes. El nacionalismo argentino siempre fue brutalmente racista, abiertamente racista. Esto quiere decir que los argentinos son racistas, pero no hay que confundir los planos, no se puede generalizar a partir de algunos.
Esto es racismo: transformar los rasgos o las ideas de unos en las ideas o los rasgos de todos. Hay que cuidarse con eso, pero habría que mantener un poco más la cabeza fría. Y más hablando de fútbol, no se puede invertir tanto en el fútbol. No exageremos, por lindo e interesante que sea, no exageremos.
—Usted acaba de marcar dos puntos cruciales, que son las elecciones de Israel, las elecciones en Estados Unidos y las posibilidades más debatidas en el caso de Israel, más confirmadas en el caso de Estados Unidos, respecto de la posibilidad de que el oficialismo pierda, que Trump pierda y eventualmente pueda perder Netanyahu. ¿Cuál es su opinión de cuál va a ser el escenario a fin de año y cómo podría cambiar la derrota de estos dos personajes el mapa geopolítico actual, por lo menos en Occidente?
—No lo sé. Soy honesto, sincero. No tiro pronósticos porque, primero, el historiador mira para atrás y, segundo, porque seguro que me equivocaría. Yo creo que mucho depende también de cómo pierden, o sea, no solamente de la dimensión de la derrota. Netanyahu no sabemos si va a perder ni el tipo de derrota que va a tener.
En el caso de Trump hay síntomas preocupantes. Una cosa es si Trump pierde; otra cosa es si Trump pierde y no acepta la derrota. ¿Cómo se podría pensar esto de Estados Unidos? Para una persona de mi generación es increíble. Un candidato derrotado que no reconoce la derrota electoral en Estados Unidos, la madre de todas las democracias.
Pero hay síntomas de que esto podría darse y esto podría crear realmente una conflictividad enorme dentro de Estados Unidos y una inestabilidad aún mayor en las relaciones internacionales.
De manera que son escenarios muy diferentes: una derrota normal o una derrota no aceptada. Lo que sí me gusta pensar en perspectiva es que esta etapa de locura que estamos viviendo todos pueda ir, con el tiempo, un poco aplacándose, sedimentándose.
Yo veo en Europa, pero Europa también está en una situación de inestabilidad, intentos de autonomizarse cada vez más de la inestabilidad que en este momento hay en Estados Unidos y de fortalecer una comunidad también en la política exterior y en la política de defensa.
Ojalá fuera así, porque en ese caso esta gran crisis que estamos viviendo, por lo menos para Europa, sería una ayuda.
Y me gustaría que lo mismo fuera en Latinoamérica, o sea, que Latinoamérica demostrara un poco de madurez en la política internacional, porque, por lo que veo, hay un total alineamiento con Trump.
Pero falta la voz latinoamericana, o sea, un intento institucional de colaboración latinoamericana para solucionar de forma mancomunada la gran crisis que atraviesa el hemisferio y no veo a nadie que pueda asumir ese rol, lamentablemente.
—Usted percibe, así como en el caso de la Argentina, que usted marcaba que el lugar de crítico agonista con el Gobierno lo ocupaba la Iglesia, independientemente de que usted considera que ese no era el papel de la Iglesia. ¿Posibilidades similares tiene León XIV, desde su prédica y su visión ideológica, de jugar algún papel en la política norteamericana?
—Sí, seguro que también en la política norteamericana tendrá un rol. Pero, a pesar de esto, la conformación de la cultura política norteamericana y de la política norteamericana es muy diferente de la argentina. Mire la paradoja que se está dando en Estados Unidos. La paradoja en Estados Unidos es que tenemos una clase dirigente, a partir del presidente de Estados Unidos, protestante, por supuesto, de la mayoría protestante de Estados Unidos, que está socavando el principio de la libertad religiosa que está en la Constitución de Estados Unidos.
Están tratando de crear una religión de Estado a partir de la oficina para los asuntos religiosos que se creó en la Casa Blanca, en la propuesta legislativa para eliminar el principio de la neutralidad religiosa del Estado.
Y, en cambio, la Iglesia Católica, que a lo largo de su historia fue, hasta el Concilio Vaticano II durante siglos, aquella que teorizó y practicó el Estado confesional, quiere defender en Estados Unidos la libertad religiosa. Esto es muy norteamericano, es totalmente norteamericano.
En la Argentina tuvimos la tradición opuesta. La Iglesia, todavía hoy en algunos sectores o de forma inconsciente, sigue, a pesar de ser una Iglesia abierta que tiene diálogo ecuménico, utilizando en cierta medida el argumento de la catolicidad del pueblo de la nación para indicar un rol político que, yo repito, no le conviene a nadie que tenga.
—La historia demuestra que cuando determinados regímenes o gobiernos están en situación de dificultad hacen una guerra para tratar de salir de la crisis. Nosotros tenemos en la Argentina el mejor ejemplo cercano de la Guerra de Malvinas, de la última dictadura militar.
He escuchado colegas suyos, analistas en el caso de Israel, que presumen que antes de las elecciones Netanyahu va a hacer ataques más importantes, casualmente para tratar de ganar las elecciones y, paralelamente, por el otro lado, Trump también pareciera ser que va a reiniciar las hostilidades en Irán. Uno podría interpretar cierta necesidad de mostrar algo frente a las elecciones.
¿Podríamos decir que la historia nos enseña que las dificultades de los gobernantes frente a momentos cruciales donde se decide su futuro son pronosticadores de mayor probabilidad de incremento de guerras?
—Es probable. Yo siempre digo, con cierta amargura e ironía también, que lamentablemente la historia no enseña. O sea, lo que nos dice es cuáles son los errores que muy probablemente repetiremos y veo que siempre repetimos lo mismo. Sí, es muy cínico, es muy cínico, pero no me cabe la menor duda de que tanto Netanyahu como Trump piensan en la guerra como un instrumento de popularidad.
O sea, que podrían utilizarla. Ya la están utilizando, la han utilizado mucho, me parece, como instrumento de popularidad.
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Ahora, en el caso de Trump, el juego es un juego peligroso porque la guerra en Irán, en lugar de traerle popularidad, me parece que le está trayendo problemas. A todo el mundo le está trayendo problemas de tipo económico, pero a él, digámoslo, hasta ahora fue un fracaso, para no decir un papelón.
Yo, en cambio, pienso que Trump, antes de las elecciones, con vista a mejorar su popularidad, podría intentar hacer algo con Cuba. Digo algo porque no sé qué, no sé si una operación como la venezolana o de otro tipo de alcance aún mayor. No sabría decir.
Pero si Trump tuviera, o lo convencieran, de que tiene la oportunidad de sacar ventaja en términos de popularidad de la caída del régimen cubano, que debería haberse caído hace mucho tiempo, pero si tiene esta percepción, Trump no dudará en utilizarla de la forma más brutal.
MV