Tras el discurso de Javier Milei en el Foro de Davos, Pablo Avelluto lo definió como un discurso “irrelevante” en términos políticos y un "ataque a la división de poderes" en términos institucionales. En diálogo con Modo Fontevecchia, por Net TV y Radio Perfil (AM 1190), el exministro de Cultura sostuvo que el mandatario "quiere un Estado mínimo, casi inexistente, pero al mismo tiempo quiere asegurar que todos sigan su batalla cultural".
Pablo Avelluto es licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Buenos Aires. Se desempeña como periodista y editor. Ocupó el cargo de ministro de Cultura de la Nación y posteriormente fue secretario entre 2015 y 2019, durante la presidencia de Mauricio Macri. Se define actualmente alejado de la polarización extrema y sostiene que la falta de diálogo democrático es uno de los problemas centrales del país.
Comentaste en Twitter sobre el discurso del presidente Javier Milei en Davos. ¿Cómo entendiste su misión y lo que expresó?
A mí me llamó poderosamente la atención que muchos periodistas, después del discurso de Milei en Davos, dijeran que había sido moderado. Y yo pensaba: claro, moderado en relación a que no dijo que los homosexuales eran pedófilos. Pero el discurso no tuvo nada de moderado. El discurso fue un ataque a la democracia, a la modernidad, al liberalismo, a la división de poderes, a la secularización de la política, a la separación entre la Iglesia y el Estado. Eso fue el discurso de Milei. Discurso que, pese a lo que decía el ministro de Economía, fue irrelevante.
La imagen más importante del discurso de Milei fue un video que circuló por las redes de alguien que, con su teléfono, mostró que esa platea, mientras el Presidente hablaba, estaba prácticamente vacía. La misma platea que el día anterior había ovacionado, llena, probablemente el mejor discurso político en décadas, que fue el del primer ministro canadiense, que se llama Mark Carney, que es del Partido Liberal. Son dos polos. De un lado, en el polo de Carney, un discurso inspirador, realista, decente, audaz, que lo que nos dice es: “El jarrón ya se rompió y repararlo va a ser imposible. Lo que viene va a ser distinto de lo que tuvimos y eso ya pasó. Esto es una ruptura, no una transición. Los reyes son los padres”. No es algo que va a pasar, no es algo que está pasando, es algo que ya pasó.
Del lado de Milei, en el otro extremo, está lo que yo creo que, también con honestidad, Milei viene mostrando desde antes de ser presidente de la República, legítimamente elegido por los argentinos. Pero lo que viene mostrando, por eso nadie debe darse por sorprendido con Milei, nadie puede decir: “Ah, uy, no es lo que yo esperaba”. Porque la idea de que Milei, más que un ortodoxo económico, más que un ajustador del gasto público, en el fondo se ve a sí mismo como un Mesías que viene a salvar al Occidente judeocristiano de vaya a saber uno qué fantasmas, e incluyo a Perfil entre ellos.
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Los fantasmas somos aquellos que, como Milei, independientemente de que estemos de acuerdo en todo o no, probablemente no, pero todo aquel que siente, y ahí es donde Milei claramente muestra la hilacha, que de liberal no tiene absolutamente nada y de reaccionario, autoritario, tiene todo. Que es que aquel que no piensa como él, el que disiente, el que piensa diferente, es cáncer, hay que extirparlo, es una enfermedad, es un enfermo, es responsable de millones de muertes en el pasado.
Y al mismo tiempo hay otro elemento, y es que Milei es decisivo en ese culto de que hay que volver al pasado. Como dicen en las películas y en los juicios americanos, ahí está mi caso, no necesito probar nada. Los liberales no piensan así. Los liberales no piensan en el pasado, en volver al derecho romano. Los liberales no piensan, y digo los liberales en el sentido amplio, que no es solamente los liberales del Partido Liberal, sino el origen de nuestra modernidad política, el origen de la idea de nuestra democracia.
Nosotros somos hijos de dos momentos simbólicos muy poderosos. Uno, que también tiene que ver con Perfil, que es la caída del Muro de Berlín, en 1989. Para los que no lo saben, en Perfil hay unos paneles del Muro de Berlín. Como decía el primer ministro de Canadá, queríamos creer, aunque sabíamos que tenía problemas, ese relato construido tras la caída del Muro de Berlín y ese relato en el que pudimos creer en Buenos Aires de 1983 o en la Argentina de 1985, de la película, esos símbolos que nos constituyeron, ya no están más. Y eso lo dice Carney y eso lo niega Milei, que quiere volver a viajar en el túnel del tiempo y volver al Imperio Romano.
En el editorial de hoy, que era la base de la columna que yo escribo para el diario en inglés, para Buenos Aires Times, remarcaba esta visión de Carney de un nuevo orden mundial y cómo va a ser y cómo vería posicionarse uno frente a ese nuevo orden. La decisión de Milei de adoptar totalmente una de esas posiciones que ahora el término es realismo. Yendo a lo de Milei, yo dividiría en dos puntos el análisis. Hay uno que es de oratoria y uno que es de contenido. En el de oratoria fue malísimo, porque leyó monotónicamente, con un montón de lenguaje complejo, y se parecía más a una clase de grado de universidad que a un discurso que harías en un lugar donde querés generar un impacto. Y después, del otro lado, en el contenido, es anarco-capitalista libertario, no liberal.
No te olvides que aquí estamos presenciando una reconfiguración política que viene, en su capítulo argentino al menos, vestida como una coalición de intereses y de sectores políticos. Los liberales argentinos, que como decía Mariano Grondona, a quien valdría la pena volver a leer en estos días, con tantas referencias a Maquiavelo, él estado más preocupado por la libre flotación del dólar que por la libre flotación de los cadáveres en el río, expresando que nuestro liberalismo estaba flojo de papeles en materia de pensamiento democrático.
Y nuevamente, tras el intento que ensayó el PRO, exitoso o frustrado según quien lo vea, nuestros liberales económicos han decidido una vez más coalicionarse con un gobierno autoritario y gerenciar su programa económico y sus ideas de desregulación. Es la zona donde dos excompañeros míos de partido, Luis Caputo y Federico Sturzenegger, se encuentran, que es en Davos, es decir, a la distancia del liberalismo democrático.
Juan González la ha señalado en sus libros y en sus columnas, que es la necesidad de reconocimiento por parte de Milei. Milei necesita hablar como si estuviera dando un examen, mostrando todo lo que ha leído o todos los autores que puede citar o todas las referencias culturales que puede dar, buscando aprobación. Es lo que hacemos cuando queremos que alguien piense que somos algo que no somos. Entonces, esa simulación de Milei por mostrarse de determinada manera, tan propia del teatro político que además está también descrita por Maquiavelo, para mí lo que termina es refutándolo a él mismo.
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Es decir, su proclama libertaria paradójicamente tiene una contradicción fundamental, porque él quiere un Estado mínimo, casi inexistente, pero al mismo tiempo quiere asegurar que todos sigan su batalla cultural, su moral sexual, que estén a favor de volver al código romano, que estén a favor de la civilización judeocristiana como la única posible y la única viable, que crean que los mercados son fundadores de virtud y de bienestar siempre y en todas las circunstancias, y que, si no pensás eso, sos un enfermo al que hay que extirpar para hacer esa sociedad. Milei dice que quiere un Estado mínimo, pero crea un Estado autoritario.
Como han hecho o han intentado todos los autoritarismos de todos los signos ideológicos, necesitás un Estado policial y gigante que se dedique a perseguir gente que no piensa como la doctrina oficial. Y cuando uno va uniendo todo junto, por supuesto a riesgo a veces de ser tildado de alarmista, uno dice: “Te voy a contar la historia de un presidente que es así y que, en la noche de Año Nuevo, cuando vos y yo estábamos por ir a brindar a la casa de nuestra familia, lanzó un decreto que dice que en los servicios de inteligencia, nuestros servicios secretos pueden detener gente porque sí”.
La última vez que pasó esto, vos no habías nacido, yo era un chico, tenía diez años, y mi mamá me dijo: “Tené cuidado en la calle porque está todo muy peligroso”. Era la época en la última vez que el Estado le dio a los servicios de inteligencia la capacidad de detener gente. Yo desearía que esté equivocado, desearía que no fuera así, pero en el fondo yo percibo que estamos entrando, tras esta ruptura que señaló Carney, en una zona muy peligrosa, en un mundo a su vez peligroso, del cual el propio Milei ha decidido subordinarse, en este caso, a Estados Unidos.
TVDCQ