OPINIóN
Elecciones 2023

Crisis de representatividad no es crisis del régimen representativo

La dudosa toma de decisiones, los escándalos de corrupción, las sospechas sobre la idoneidad son parte del juego democrático, pero responsabilidad de sus actores y no del sistema; nunca deberían ponerlo en riesgo.

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Monumento a la Bandera Argentina. | Shutterstock

En los últimos 15 días nos encontramos con una multiplicidad de hechos que generaron en gran parte de la sociedad un nuevo gesto de disconformidad y hastío con sectores de la clase política.

Desde Insaurralde y Kiciloff, pasando por Milei, Massa, Macri, todos dieron lugar a que se discuta la condición con la cual gestionan, se presentan en calidad de aspirantes a representantes legislativos y ejecutivos o su condición de liderazgo de frentes o coaliciones electorales o de gobierno.

Que estemos hablando hoy de estos nombres, es porque en la opinión publicada en redes sociales, o por periodistas de investigación, o actuaciones de jueces y fiscales, y hasta las principales portadas de los diarios de tirada nacional, han puesto la lupa sobre su actuar en tanto alguna sospecha u opacidad en su obrar ha quedado al descubierto.

Siguiendo a Giovanni Sartori y Norberto Bobbio, quienes nos dejaron en claro qué hay en el debe y en el haber de la democracia, aún hoy, podemos distinguir que la crisis que se presagia, preanuncia -o para algunos se da de manera light o asintomática- es de representantes y no del sistema representativo.

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Por un lado, las falsas promesas de la democracia respecto a que venía a resolver los autoritarismos, la posibilidad de participación, debate de ideas y pluralismo, el desarrollo social y económico, las condiciones de igualdad, entre otras demandas que se suponían hacían a la democracia mejor frente a todo autoritarismo es relativo a los continentes y país que se estudien. No hay una postura ni postulado único al respecto.

Por otro lado, la opacidad de la democracia o la vuelta de un poder invisible lejano a la posibilidad del escrutinio ciudadano, dando cuenta de poderes corporativos, grupos de inteligencia o grupos paramilitares o facciosos que sin estar a la vista del pueblo y por fuera del alcance de los poderes de control constitucional influyen de modo decisivo en elecciones o en políticas públicas también es una condición que en todo régimen repúblicano se discute y combate. Es decir, se reconoce el problema y se proyecta y aplican políticas para mitigar este riesgo transnacional.

Finalmente, que el modelo plebiscitario o refrendario sin el debate profundo de las condiciones de la democracia, sin un modelo deliberativo y participativo, lo único que auguraba era una nueva época de populismos de derecha e izquierda, de candidatos con perfiles elocuentes que gracias a la televisión y redes sociales validan una política cercana al show mediático y muy lejos del debate racional y complejo de los asuntos problemáticos y comunes de cada sociedad también es una debate de época, pero podemos pensar en oleadas que oscilan en tendencias hacia prácticas e institucionales en uno y otro sentido. 

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El debate sobre lo deliberativo versus lo emotivo no es nuevo ni será definitivo dada la naturaleza humana y la condición clave que se discute desde el Renacimiento y que tiene que ver con: la imagen, el humor social y la opinión respecto de los hombres de Estado. (Maquiavelo).

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Este análisis del estado de la democracia y sus representantes de baja performance, poca ejemplaridad, mucha opacidad en la toma de decisiones, escándalos de corrupción y sospechas sobre la legalidad e idoneidad, nos exige poner en evidencia que no es lo mismo en términos de escala ni concepto poner en riesgo al sistema por los actores que juegan dentro del sistema.

Por esto, desde Insaurralde con sus gastos y viajes escandalosos, Milei con sus declaraciones temerarias y sospechas en el armado de listas, Massa con su gestión crítica en un contexto de incertidumbre económica, Macri con su indefinición sobre apoyos que ponen en crisis a una coalición, todos, nos dejan un sabor amargo en materia de performance de representantes si tomamos la referencia de los 40 años de democracia.

Queda, por tanto, en los actores y en las fechas de las elecciones por venir (fechas ni sistema que están bajo discusión su legitimidad y se busca mejorar con boleta única, por ejemplo) en la legitimidad de origen que tendrán y posterior legitimidad de gestión que construirán, demostrar que todo lo anterior puede mejorar lentamente para fortalecer el rol y performance de los dirigentes en los tres niveles de gobierno.

A las denominadas décadas ganadas, décadas arrasadas, esperemos qué en los próximos cuatro años podamos sumar y hablar del final de la década, hacia el 2030, como la década del desarrollo en clave civilizada, sostenible y con integridad