OPINIóN
Conversaciones difíciles

Hablar para decir o hablar para matar

Cuando hablamos estamos diciendo mucho más que lo que creemos que dicen nuestras palabras. Lenguaje y comunicación es conducta, todo lo que hacemos, todo, comunica a los demás algo y de cómo esa comunicación llegue y sea recibida depende nuestra vida.

Palabras
Palabra | Stefan Keller / Pixabay

La voz humana es muy poderosa, puede empezar una guerra o una caricia.

Cuando hablamos estamos diciendo mucho más que lo que creemos que dicen nuestras palabras. Lenguaje no es solo palabras, lenguaje y comunicación es conducta, todo lo que hacemos, todo, comunica a los demás algo y de cómo esa comunicación llegue y sea recibida depende nuestra vida.

El bife de la discordia. Nos sorprendemos si algo que decimos enciende una llama explosiva y se produce una especie de avalancha airada, ofendida, herida e hiriente, que puede terminar en violencia.

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¡Se enfureció porque el bife estaba frío!” suena absurdo, ¿cómo alguien se puede enojar por eso? Si es solo que estaba frío con pedir que lo calienten se solucionaría la cosa. Es que no era porque estaba frío. Era porque fue entregado con desprecio, con burla o con inquina acompañado por un “¡tomá!” arrojado con la mirada torva. En lugar de ofrenda alimenticia fue un ataque que decía “no me importás, no te quiero, no valés nada”. Fue el gesto, fue el modo, fue el tempo y la intención, no la temperatura del bife. El bife fue un vehículo inerte que cobró vida, una vida lacerante nacida del gesto, el tono y la estocada del “¡tomá!”.

Las palabras son igual que el bife. Tenemos tal vez la voluntaria intención de que sean un puente hacia el encuentro, hacia la conversación, hacia el procesamiento de alguna diferencia, pero si las tiramos con desdén o violencia, crítica o desvalorización, juicio o reclamo, el puente esperado se derrumba y ante la hostilidad y agresión evidentes se levantan contra violencias como barreras defensivas.

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Los dos aspectos. En la comunicación conviven dos aspectos. Uno es qué se dice, el contenido, las palabras que se usan, las entrelíneas que pueden hacer que se entienda una cosa o todo lo contrario, el bife. Al mismo tiempo, y mucho más importante, está el cómo se dice.

El momento, la mirada, el gesto, el tono, elementos que le dicen al otro quién es para nosotros en ese momento de la interacción. Este aspecto es más importante que el anterior porque aquí se dirimen las posiciones de cada uno, los sentimientos y la valoración, el lugar relativo de cada uno en la relación establecida.

Somos mamíferos, gregarios y dependientes de nuestro grupo de pertenencia del que esperamos aceptación. La menor sospecha de ser ninguneados y despreciados nos abre la peligrosa amenaza de ser echados a la intemperie, a merced de las inclemencias y los peligros.

 

Discusión
Hablar para decir o hablar para matar

 

Seguimos temiendo a la oscuridad y nos seguimos reconfortando sentados en ronda con seres queridos alrededor del fuego esperando la mirada amorosa que nos confirme que estamos seguros, que nos podemos relajar porque el cobijo no está amenazado. Ese clima receptivo y de aceptación nos da aliento y fuerza para seguir viviendo. Por el contrario, la ira o la agresión, la crítica o el desprecio, nos sume en el desaliento más cruel, nos arroja a las tinieblas de la soledad, la impotencia y la indefensión, nos destruye.

El miedo a ser echados de la cuevaPasaron miles de años de la época en que la cueva era nuestro refugio y el grupo era nuestra única posibilidad de sobrevivir, pero nuestro cerebro y nuestro sistema neurovegetativo hormonal y emocional siguen siendo los mismos.

No ser queridos, intuir la amenaza de la exclusión dispara en nosotros aquel mismo pavor que sentía nuestro antepasado ante la posibilidad de quedarse solo sin poder alimentarse ni protegerse de los depredadores y peligros circundantes. No estamos habituados a reconocer este miedo que rápidamente se transforma en ira, en grito, en violencia. Es un sentimiento pre reflexivo que puede enceguecernos y anular nuestra capacidad de pensar. ¿Y qué hacemos los mamíferos cuando tenemos miedo, cuando nos sentimos amenazados? Si no podemos huir, contra atacamos. Y cuanto más, mejor, dejamos sentado que no nos dejaremos echar, que lucharemos hasta el final por prevalecer y ganar. Por eso, no era que el bife estaba frío -aunque si hubiera estado a punto, bien sazonado y presentado, habría sido un factor que podía haber reducido la amenaza - era porque al entregarlo estaba diciendo: “¡no te necesito acá, no me importás, no te quiero!”.

Comunicar hacia la nada

Vivimos en una burbuja. Hoy hablamos de burbujas como metáfora de aislamiento y protección. También es una forma de vernos a nosotros mismos que solemos habitar, cada uno, su propia y particular burbuja.

Desde ahí, cuando emprendemos una conversación lo hacemos considerando lo que sea que queramos comunicar, un pedido, un cambio, una información. Cuanto más nos importe lo que tengamos que decir, más pendientes estaremos de nosotros mismos olvidándonos del otro reducido a mero receptor.

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Y el otro, ese otro a quien pretendemos dirigirnos y que queremos que nos escuche y dialogue con nosotros, vive en su propia burbuja. Igual que nosotros. Tiene sus preocupaciones y necesidades, sus capacidades y habilidades, su carácter, historia y circunstancias. Igual que nosotros. ¿Nos estamos acercando teniendo todo esto en la cabeza? ¿o lo hacemos como si el otro fuera una pizarra en blanco, virgen y abierta, esperando con ansias nuestras palabras? ¿Y si no nos entiende, si toma a mal lo que dijimos, sea por lo que dijimos o por cómo lo hicimos? ¿Es porque no le importamos? ¿Es porque no nos valora? ¿Es porque no nos quiere?

Estas son preguntas que surgen a la luz de no tener presente al otro en tanto otro, diferente de uno y que puede o no puede recibirnos como esperábamos en ese momento o de esa manera. Tal vez estaba en otra. Tal vez venía de alguna situación complicada. Tal vez recordando anteriores encuentros levantó sus defensas por las dudas, para no ahogarse en la amenaza latente. En su burbuja. En su mundo. Otro que el nuestro.

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La guerra y la paz. La voz humana es muy poderosa, puede empezar una guerra o una caricia. La palabra es una herramienta de diálogo muy poderosa y puede ser puente de encuentro. Pero también puede ser una herramienta envenenada y destructiva, un misil tóxico que propone una guerra en la que se gana o se muere, a sangre y fuego, se prevalece o se cae derrotado, en un escenario que destruye toda posibilidad de conversación.

De chicos aprendimos a hablar pero no siempre aprendimos a usar nuestro poder como el súper poder que es, el poder de hablar que hace posible el encuentro, la caricia, el entendimiento y la paz. Y como decía el gran Lennon, démosle una oportunidad a la paz.

 

 

* Diana Wang. Especialista en vínculos. Emprendedora de memoria. Psicoterapeuta. Escritora y conferencista.

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  • La autora dictará el taller virtual "Conversaciones difíciles. Tips y herramientas para hacer posible una conversación". El 2, 9 y 16 de junio de 18.30 a 19.45 hs. Información e inscripción: [email protected]