Se cumplen 80 años de la Escuela Primaria de Barrio Jardín, construida en 1946 en San Miguel de Tucumán por el arquitecto Eduardo Sacriste. Fue un proyecto clave para modernizar la infraestructura educativa. Se trata de una obra arquitectónica que marcó un hito en la arquitectura moderna para la educación primaria que, como filosofía de enseñanza, valoraba la observación detallada del entorno y la cultura.
En 1905 nace uno de los grandes maestros de la arquitectura argentina, don Eduardo Sacriste. Fiel a sus principios, desarrolló una amplia producción a la que acompañó con una inagotable labor docente, dos de las grandes pasiones de su vida. Su legado está signado por una intensa actividad, a la que conjugó de manera inseparable con la docencia universitaria. Hoy, sus obras y sus palabras han delineado un sabio camino para transitar la disciplina.
Sacriste se graduó de Arquitecto en la Universidad de Buenos Aires en 1932 y una década más tarde se radicó en Tucumán.Allí instalado se desempeñó como Director del Instituto de Arquitectura y Decano de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Nacional de Tucumán, formando parte de la prestigiosa Escuela de Arquitectura de Tucumán.
Todos los caminos llevan a Tucumán
Dictó clases y seminarios en la mayor parte de las universidades del país. Ha sido autor de numerosos libros, entre los que se destacan: “Usonia”, “Huellas de edificios” y “Charlas a principiantes”.
Realizó más de un centenar de obrasy hasta sus 94 años desarrolló una intensa actividad profesional. Sin lugar a dudas, una de sus obras más emblemáticas la desarrolló hace 80 años: la Escuela Primaria de Barrio Jardín, construida en 1946 en San Miguel de Tucumán,que marcó un hito en la arquitectura moderna para la educación primaria que, como filosofía de enseñanza, valoraba la observación detallada del entorno y la cultura. Allí propone un diálogo armónico entre la naturaleza y los materiales introducidos, en donde el espacio se presenta como verdadero protagonista.

Esta obra cuenta con 1435 metros cuadrados. Está organizada por aulas en tira, orientadas al norte, con galería y ventilación cruzada. Se introdujeron tecnologías apropiadas para la mano de obra local, no especializada: muros portantes de ladrillo vista y cubierta de tejas.Asimismo, el patio cubierto fue pensado para el recreo de los alumnos en los días lluviosos y, a su vez, debido al déficit de equipamiento comunitario del lugar, como espacio de encuentro vecinal.Sus obras, sus palabras y enseñanzas nos han dejado un enorme legado.
Sacriste pregonaba: 'una obra de arquitectura debe pensarse y después dibujarse' ”
Su claridad en el pensamiento y su simpleza en la expresión quedaban cristalizados en cada una de sus obras.
Sacriste solía comentar: “En varias oportunidades me preguntaron cuál era el estilo arquitectónico al que adhería y mi respuesta se reiteraba: cuando me voy a comprar zapatos lo primero que me fijo es que resulte a mi medida, que sean cómodos, luego veré si son verdes o colorados, si tiene hebillas o flecos (...) Una vez un estudiante me pidió una fórmula para proyectar y, luego de meditarlo, le dije: hacen falta sólo dos honestidades, honestidad con el espacio y honestidad con los materiales. Explotando esa nobleza característica la obra será correcta”.
Para este sabio maestro, uno de los principales problemas de la formación era dar por supuesto que el estudiante sabía una cantidad de cosas que no tenía por qué saber. La enseñanza debe limitarse a ordenar una mente para que sea capaz de encarar determinados problemas. “Si se ha dado un método -decía- en lugar de recetas, ante un problema que no conoce, como profesional sabrá cómo encararlo y allí está una de las claves”. Sacriste pregonaba: “una obra de arquitectura debe pensarse y después dibujarse”.
Sólo dos honestidades
Como parte de su legado, es importante delinear algunos rasgos característicos de su producción arquitectónica. En el caso de la Casa Galíndez (1955), en San Miguel de Tucumán, de 235 metros cuadrados cubiertos, la obra se organiza en torno a una amplia galería, el sitio más apropiado para desarrollar la vida familiar en la región. Realizada en estructura de hormigón armado y techo de chapa a dos aguas, con dos plantas, sitúa en el nivel bajo al comedor y a la cocina, y en el alto, al estar y a los dormitorios, para que la ventilación cruzada permite refrescar los ambientes por las tardes.

En la Casa Clericó (1966), en El Galpón de Salta, con 385 metros cuadrados cubiertos, que funcionaba como casco de estancia, utilizó un recurso ordenador: la bóveda de hormigón, que repitió en toda la composición.Otra interesante vivienda es la denominada Casa Torres Posse (1958), en Tafí del Valle, Tucumán, de 220 metros cuadrados cubiertos. Está situada en el centro de un panorámico valle signado por un clima extremo. El proyecto procuró entonces la protección de los fuertes vientos por un lado y, por otro, el aprovechamiento de las espléndidas visuales hacia la sierra.
La Casa García (1966), en San Javier de Tucumán, de 120 metros cuadrados cubiertos, adquiere una forma curva precisamente para obtener las mejores perspectivas del paisaje circundante. Los muros exteriores se construyeron con piedra del lugar y la cubierta con losetas premoldeadas, con un manto de tierra y pasto que aislara de las altas temperaturas.Allí aparece de nuevo la galería, pero bajo la forma de enredadera caduca, de manera que durante el verano protege y en invierno el calor y la luz penetran en la vivienda sin obstáculo.
En el Hospital del Niño Jesús (1947), en San Miguel de Tucumán, suma a los recursos propios de la Arquitectura Moderna, el de la galería como espacio refrescante y atemperador, como lugar de tránsito y a la vez de encuentro.En consecuencia, además de la residencia individual, Sacriste ha construido numerosas escuelas, hospitales, bancos y viviendas en altura, incluso en el centro de Buenos Aires, y en todos los casos jamás se apartó de una fórmula: “para proyectar correctamente sólo hacen falta dos honestidades”. Su vida y su obra dan cuenta de ello.