Hollywood nos entrenó en la lógica del superhéroe: un individuo fuera de la ley que no ejecuta tanto la ley como una idea de justicia que se cree superior a ella. Superman, Spider-Man, Batman. En especial Batman, que por medios tecnológicos se posiciona desde la fuerza contra lo que el relato construye como “el malvado”.
Esa estética nos da una pista para leer lo ocurrido con la incursión en Venezuela. Muchos, desde distintas latitudes, interpretan el hecho como una gesta heroica y lo reciben bajo una gramática que legitima la excepción: la legalidad deja de ser la condición de la justicia y pasa a ser su obstáculo, la fuerza aparece como remedio virtuoso cuando el sistema "no alcanza". Batman encarna, en su forma más pura, la figura del vigilante.
El vigilante es un personaje preciso porque es el policía ni el juez ni el legislador. Es alguien que actúa por fuera de la ley, y lo hace porque el orden institucional aparece como incapaz, corrupto, cobarde o lento. La ciudad está tomada por el crimen, el tribunal no funciona, la política es impotente y los policías son inoperantes.
En ese contexto, el vigilante en vez de presentarse como un delincuente más, aparece como una conciencia superior, alguien que es festejado por la ciudad como un salvador o un liberador. Claramente su legitimidad no proviene de una norma o de una ley, sino que habita en el relato de la gente que aplaude su accionar.
Si lo pensamos en términos semióticos, este punto no es un dato menor. El problema de la excepción es que es un modo de producir sentido. Lo que veo es que la excepción se vuelve aceptable cuando se estetiza, cuando se vuelve una escena. Entonces la máscara, la irrupción nocturna, la captura espectacular, el traslado como trofeo, todo hace que la operación deje de ser simplemente un acto de fuerza y se convierte en un poder que restituye orden y satisface una demanda afectiva de reparación. Ahora lo que me preocupa es que en ese régimen de sentido, la pregunta por las reglas, los tratados internacionales, por ejemplo, aparece como simple pedantería o complicidad con el villano.
Orden versus caos. Justicia versus impunidad. Coraje versus burocracia. Es la estética del vigilante que funciona por opciones simples. Y, sobre todo, héroe versus villano. Esta última oposición tiene efectos políticos concretos. El villano es el mal absoluto y como consecuencia se vuelve objeto de neutralización. Por eso, en la conversación pública, aparecen lógicas del tipo “si criticás el método, defendés al régimen”. Una falacia de falsa dicotomía.
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Claro, es una trampa retórica, pero es más que eso. En el mundo del vigilante no hay tercera posición. Es decir, o estás con el héroe o estás con el villano. El matiz, la prudencia, el pensamiento crítico y el discernimiento se interpretan como una traición. En este contexto el pensamiento se empobrece, porque pensar exige sostener dos ideas al mismo tiempo: condenar un régimen criminal y, a la vez, resistir la idea de que la justicia autoriza cualquier medio.
La eficacia del vigilante depende de otro desplazamiento que vale la pena señalar porque el sujeto que actúa deja de ser un Estado con intereses y pasa a ser una figura moral. Lo que quiero decir es que un Estado, en sentido estricto, es cálculo, alianzas, recursos, disuasión, control de rutas, influencia regional. En cambio el vigilante se sostiene en una misión, busca justicia, o mejor dicho venganza. Pareciera que la máscara moral desactiva la sospecha.
El problema radica en que cuando la sospecha se desactiva y se suspende el pensamiento crítico toda pregunta por los intereses de fondo y toda duda por el procedimiento se vuelve defensa de una dictadura e indulgencia con el criminal.
Esta estetización de la excepción naturaliza la idea de que la legalidad es un lujo que hay que evitar. Cuando el público aprende a desear que el vigilante intervenga también aprende a tolerar la suspensión del derecho como condición para lograr el fin. En términos políticos, eso es un aprendizaje peligroso. Porque la excepción, una vez aplaudida, se transforma en un modus operandi y, por ende, disponible para repetir el procedimiento.
El sujeto que actúa deja de ser un Estado con intereses y pasa a ser una figura moral"
Un orden jurídico, local o internacional, se sostiene en la previsibilidad. Es decir, las reglas valen incluso cuando el acusado es odioso. La excepción rompe esa previsibilidad e instala el principio de que el que tiene poder decide. Ahora bien si el criterio es el poder y la potencia ¿no se vuelve el derecho un mero adorno?. En ese mundo, el discurso de la justicia refina la violencia, la hace selectiva, presentable y la recubre con una narrativa de salvación.
Que la gente desee un vigilante, sobre todo cuando vive situaciones de horror sostenido, es comprensible. Son pueblos agotados por la impotencia institucional que terminan pidiendo una mano que las salve aunque sea « mano dura”. Ese deseo no debe ser ridiculizado ni juzgado. Debe ser entendido.
Pero, ojo, comprenderlo no es legitimar sus consecuencias. La pregunta política no es si el villano merecía caer, ser juzgado, y condenado. La pregunta es qué mundo se inaugura cuando celebramos que la justicia sea, ante todo, un acto de fuerza sin procedimiento y a expensas de acuerdos y tratados internacionales.
La estética del vigilante vuelve irresistible la idea de que "algo había que hacer". Y muchas veces, sí, algo hay que hacer. La discusión real empieza cuando preguntamos qué es ese "algo", quién lo decide, con qué controles, y qué precedente o jurisprudencia deja. Porque si el "algo" se convierte en una regla universal como dice Kant, y justo la regla es la excepción, entonces llega una nueva forma de tutela, pero ahora legitimada por la fascinación de la máscara del vigilante.