INTERNACIONAL
ANÁLISIS

La “operación militar limitada” de Donald Vladimirovich Trump en Venezuela

Me siento tentado a parafrasear a Golda Meir: quizá pueda perdonar a Trump el secuestro de Maduro, pero nunca le perdonaré haberme obligado a adoptar una posición que pueda parecer de apoyo o simpatía hacia Maduro.

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Todo vuelve. “70 años más tarde, el espíritu de McCarthy reencarna en Donald Trump”. | AFP

Mientras nuestros medios están llenos de detalles sobre cómo se organizó la captura de Maduro y de su esposa, convendría concentrarse en lo extraño de este acto: Venezuela está ahora de facto ocupada mientras el mismo gobierno de antes continúa administrando el país. Trump dijo el 3 de enero de 2026 que Estados Unidos va a “dirigir” Venezuela de manera indefinida: “Vamos a dirigir el país hasta que llegue el momento de hacer una transición segura, adecuada y juiciosa” y, de manera aún más directa, que se considera a sí mismo “a cargo de Venezuela”. No sorprende que Trump ignore las demandas de la oposición venezolana proestadounidense de desempeñar un papel central en la nueva situación: EE.UU. quiere “dirigir” el país al margen de cualquier reclamo jurídico internacional (¿es esto una ocupación o…?), y es profundamente significativo que parezca preferir colaborar con la vicepresidenta de Maduro, Delcy Rodríguez (si logra imponer las exigencias de EE.UU.), antes que con las principales figuras de la oposición.

¿Por qué un comportamiento tan extraño? La respuesta es simple: a EE.UU. no le importa la democracia ni la voluntad del pueblo. Trump habla de dirigir el país de manera indefinida, lo que significa hacerlo el tiempo suficiente como para colonizarlo por completo, controlando y beneficiándose de sus recursos naturales. EE.UU. va a estar “muy fuertemente involucrado” en la industria petrolera venezolana: “Tenemos las mayores compañías petroleras del mundo, las más grandes, las mejores, y vamos a estar muy involucrados en eso”. Trump ya promete que “nosotros” (EE.UU.) venderemos enormes cantidades de petróleo barato a nuestros aliados. En otra loca coincidencia de los opuestos, devolver el poder al pueblo venezolano equivale a una nueva expropiación colonial de sus vastos recursos naturales.

En 1976, el gobierno venezolano anterior a Chávez asumió el control de la industria petrolera del país, nacionalizando cientos de empresas privadas y activos de propiedad extranjera, incluidos proyectos operados por el gigante estadounidense ExxonMobil. En 2007, Hugo Chávez, fundador del Estado socialista venezolano, tomó el control de las últimas operaciones petroleras privadas en la Faja del Orinoco, donde se encuentran los mayores yacimientos del país. La Casa Blanca afirmó el sábado que la operación para capturar a Maduro y a su esposa y sacarlos del país estaba justificada, en parte, porque Venezuela había robado petróleo estadounidense. Trump dijo que EE.UU. “dirigirá el país” indefinidamente tras la destitución de Maduro y que se apoderará de las enormes reservas petroleras venezolanas, convocando a empresas estadounidenses a invertir miles de millones de dólares en una industria devastada. Trump añadió que las tropas estadounidenses tendrán presencia en Venezuela “en lo que respecta al petróleo”. ¿Qué significa esto? ¿Cómo puede un país robar su propio petróleo?

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Trump quiere que Venezuela devuelva a EE.UU. la propiedad nacionalizada de las compañías petroleras estadounidenses, pero Venezuela realizó la mayor parte de las nacionalizaciones ya en 1976, mucho antes de la era Chávez, es decir, cuando aún era considerada un país democrático occidental “normal”. Lo que hizo Venezuela fue entonces visto como parte de un proceso mediante el cual las naciones recuperaban el control de sus propios recursos naturales. El ataque de Trump, por lo tanto, no se dirige solo contra la “extrema izquierda”, sino contra un proceso global de descolonización económica. Además, Trump también trata como propiedad estadounidense robada el petróleo que las empresas de EE.UU. no pudieron extraer: habla explícitamente de confiscar “las enormes reservas petroleras de Venezuela”. Para imaginar una obscenidad similar hay que retroceder dos siglos, cuando Haití alcanzó su independencia mediante una exitosa rebelión de esclavos, aunque el precio que pagó fue terrible. Tras dos décadas de embargo, Francia —el antiguo poder colonial— solo restableció relaciones comerciales y diplomáticas en 1825, y Haití tuvo que aceptar pagar 150 millones de francos como “compensación” por la pérdida de sus esclavos. Esa suma, aproximadamente equivalente al presupuesto anual francés de la época, se redujo luego a 90 millones, pero siguió siendo una carga que impidió cualquier crecimiento económico: a fines del siglo XIX, los pagos de Haití a Francia consumían alrededor del 80% del presupuesto nacional, y la última cuota se pagó en 1947. Cuando en 2004, al celebrarse el bicentenario de la independencia, el presidente Lavalas Jean-Baptiste Aristide exigió a Francia la devolución de esa suma extorsionada, su reclamo fue rechazado de plano por una comisión francesa (¡de la que también formaba parte el izquierdista Régis Debray!). Así, mientras los liberales estadounidenses ponderan la posibilidad de indemnizar a los afroamericanos por la esclavitud, la demanda haitiana de ser reembolsada por la enorme suma que los exesclavos debieron pagar para que se reconociera su libertad fue ignorada por la opinión liberal, aun cuando aquí la extorsión fue doble: primero los esclavos fueron explotados y luego tuvieron que pagar por el reconocimiento de su libertad conquistada con tanto esfuerzo.

¿No suena todo esto familiar? Recordemos el escandaloso enfrentamiento en el Despacho Oval con Zelenski, donde Trump y Vance exigieron que Zelenski expresara su gratitud por la ayuda estadounidense a Ucrania y que la pagara abriendo los recursos naturales del país a las empresas de EE.UU. Así, de nuevo, como en el caso de Ucrania, se libera a un país para esclavizarlo económicamente: Rusia la parte oriental, EE.UU. la parte occidental. Por eso deberíamos seguir de cerca las reacciones europeas al secuestro de Maduro: como era de esperar, todas repiten la misma fórmula: Maduro era un criminal que merecía ser depuesto, pero hay que respetar el derecho internacional (algo similar a la típica reacción de Europa occidental frente al genocidio israelí, reducida por lo general a expresar preocupación por los excesos de Israel), como si EE.UU. no hubiera violado ya brutalmente el derecho internacional… Con la excepción de España (Sánchez), ningún gran país europeo hizo lo que hizo Mamdani: condenar inequívocamente el acto estadounidense. Para evitar malentendidos, no tengo nada en contra del arresto de un líder extranjero criminal, pero ese arresto debe basarse en una forma jurídica internacional clara. En un mundo ideal, deberíamos empezar arrestando a Putin, Netanyahu… y al propio Trump. Junto con Maduro, todos deberían compartir la misma celda en el Tribunal Internacional de Crímenes de La Haya.

¿Y qué hay de la segunda razón de Trump, las drogas, es decir, Maduro como jefe de un cártel narco? La ironía suprema está en cómo la relación entre drogas y colonialismo ha cambiado en los últimos dos siglos. Cuando hoy pensamos en el opio, nuestra primera asociación son los malvados cárteles colombianos o mexicanos, pero habrá cárteles mientras exista una gran demanda de drogas en EE.UU. y otros países desarrollados; así que antes de salvar al mundo de los narcotraficantes deberíamos poner en orden nuestra propia casa. Recordemos el horror de las dos Guerras del Opio, libradas (no solo) por el Imperio británico contra China. Las estadísticas muestran que hasta 1820 China era la economía más fuerte del mundo. Desde fines del siglo XVIII, los británicos exportaban enormes cantidades de opio a China, convirtiendo a millones de personas en adictos y causando enormes daños. El emperador chino intentó impedirlo prohibiendo la importación de opio, y los británicos (junto con otras potencias occidentales) intervinieron militarmente. El resultado fue catastrófico: poco después, la economía china se redujo a la mitad. Pero lo que debería interesarnos es la legitimación de esa brutal intervención militar: el libre comercio es la base de la civilización, y la prohibición china del opio era, por tanto, una amenaza bárbara contra la civilización… No se puede evitar imaginar hoy un acto similar: México y Colombia defendiendo sus cárteles y declarando la guerra a EE.UU. por comportarse de manera incivilizada al impedir el libre comercio del opio…

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¿Cómo puede un país robar su propio petróleo?

La reacción rusa merece aquí una mención especial. A propósito de la captura de Maduro y su esposa por parte de EE. UU., Rusia declaró que tales acciones, de ser ciertas, constituyen una “violación inaceptable de la soberanía de un Estado independiente, cuyo respeto es un principio clave del derecho internacional”. “En la situación actual, es importante ante todo evitar una mayor escalada y centrarse en encontrar una salida mediante el diálogo. A Venezuela se le debe garantizar el derecho a determinar su propio destino sin ninguna interferencia externa destructiva, y menos aún militar”. Sí, pero ¿no vale exactamente lo mismo para Ucrania, que también “debe tener garantizado el derecho a determinar su propio destino sin ninguna interferencia externa destructiva, y menos aún militar”? La determinación más concisa de lo que está ocurriendo apareció en una columna de The Guardian:

“Esto acelera el deslizamiento desde un mundo mayormente regido por reglas hacia uno de esferas de influencia en competencia, determinadas por el poder armado y la disposición a usarlo. David Rothkopf lo llamó la ‘putinización de la política exterior estadounidense’. Los comentaristas rusos han sugerido con frecuencia que América Latina se encuentra en el dominio de EE.UU., del mismo modo que Ucrania estaba bajo la sombra rusa. Vladimir Putin piensa lo mismo respecto de gran parte de Europa del Este. Xi Jinping sacará sus propias conclusiones”.

Conclusión sobre Taiwán, por supuesto… Otra ironía es que Trump estalló de furia al enterarse de que Ucrania había intentado destruir una de las residencias de Putin (una noticia desmentida por la propia CIA), y ahora hizo lo mismo con Venezuela de una manera mucho más contundente… ¿Mostró así su fuerza? ¿O no fue más bien una demostración (o una reacción) de su debilidad, claramente visible en su reticencia a ejercer una fuerte presión sobre Rusia?

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No siento ninguna simpatía por el régimen de Maduro: probablemente al menos algunas de las acusaciones sobre su participación en el narcotráfico sean ciertas y, mucho más importante, personifica el rotundo fracaso económico y social de la “revolución bolivariana”, que dio mala fama a la política socialista contemporánea. No solo oprimió a la oposición liberal: lo que es mucho más grave, aplastó toda crítica auténticamente de izquierda. Aquí no hay ningún “pero”, ningún añadido del tipo “aun así, la Venezuela de Maduro fue un intento de revolución socialista”. La primera tarea de la izquierda hoy no es fustigar a Trump por su crimen (algo totalmente previsible), sino analizar las razones por las cuales la “revolución bolivariana” fracasó de manera tan estrepitosa.

A pesar de ello, creo que debe condenarse incondicionalmente el secuestro de Maduro y de su esposa, junto con el trasfondo económico y social de ese acto. Esto revive el pasado criminal más oscuro del colonialismo occidental y, para colmo, lo hace bajo la apariencia de apoyar la democracia. Así que, para parafrasear a Stalin por enésima vez, hay que evitar cualquier relativización o comparación aquí: la respuesta a la pregunta “¿qué es peor, Trump o Maduro?” es: ambos son peores.

Recordemos las palabras de Golda Meir dirigidas a los vecinos árabes de Israel: “Podemos perdonarlos por matar a nuestros hijos. Pero nunca los perdonaremos por obligarnos a matar a los suyos”. Owen Jones señaló que estas palabras de Golda Meir están “garabateadas sobre las ruinas de Lifta, una aldea palestina cuyos habitantes fueron expulsados violentamente por paramilitares sionistas durante la Nakba de 1948”. Esta frase “profunda” encierra una hipocresía suprema: traslada la culpa de nuestros crímenes a nuestras víctimas. Los criminales políticos de hoy van aún un paso más abajo: Netanyahu nunca diría algo similar sobre los palestinos de Gaza y Cisjordania, y Trump nunca dirá algo parecido sobre Venezuela; ambos cometen sus crímenes con placer directo, alardeando abiertamente de ellos. Sin embargo, en el caso de Trump y Maduro, me siento tentado a parafrasear a Golda Meir: quizá pueda perdonar a Trump el secuestro de Maduro, pero nunca le perdonaré haberme obligado a adoptar una posición que pueda parecer de apoyo o simpatía hacia Maduro. El conflicto entre el EE. UU. de Trump y la Venezuela de Maduro es simplemente una lucha falsa, una lucha que oscurece cualquier perspectiva auténticamente de izquierda.

*Filósofo, psicoanalista y crítico cultural esloveno.

ML