La historia muestra que, al decidir una guerra, los líderes a veces subestiman al oponente y caen en el espejismo de la victoria relámpago. Ya sucedió en Ucrania con Putin, donde una invasión concebida como una campaña breve derivó en una guerra de más de tres años. Algo parecido ocurre hoy con la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán. Los hechos ya desmintieron tres hipótesis clave, y su derrumbe ayuda a entender por qué un conflicto pensado para resolverse rápido se convirtió en una guerra de desgaste con consecuencias globales.
La primera hipótesis fue que Irán colapsaría casi de inmediato con la muerte del líder supremo Ali Khamenei y de parte de su cúpula. No ocurrió. La Guardia Revolucionaria Islámica sostuvo, mediante mecanismos de delegación anticipada, la estructura de mando y demostró que el sistema es más resiliente —y más rígido— de lo que se esperaba, aun en una situación crítica.
La segunda hipótesis fallida fue que la reacción iraní sería limitada y, por lo tanto, de bajo impacto contra Israel y contra las bases estadounidenses en países árabes aliados. En otras palabras, se confió en la superioridad tecnológica como garantía de control, asumiendo que los sofisticados sistemas de defensa occidentales neutralizarían la amenaza. Sin embargo, la matemática de esta guerra resultó mucho más adversa.
Mientras un dron kamikaze Shahed-136 le cuesta a Teherán apenas unas decenas de miles de dólares, un solo misil interceptor —como los Patriot o los SM-2— puede costar entre dos y cuatro millones, una relación de costos promedio de 150 a 1. En la práctica, Irán ha mostrado capacidad para saturar defensas muchísimo más caras con plataformas de bajo costo, con el consiguiente drenaje financiero. La lección es que la tecnología, por sí sola, no resuelve la ecuación cuando el conflicto se transforma en una guerra de desgaste.
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Las cifras son elocuentes. Estados Unidos ya ha debido destinar significativos recursos en los primeros días de campaña, y afronta un costo diario estimado en más de mil millones de dólares. La cuestión deja entonces de ser puramente militar y pasa a ser también financiera y política. En una guerra larga, sostener el gasto se vuelve tan decisivo como sostener el fuego.
Como tercera hipótesis, se asumió que el problema de un potencial cierre del estrecho de Ormuz podría resolverse rápidamente. Tampoco ocurrió. Por este paso transitan unos 20 millones de barriles diarios de petróleo, 20% de la producción mundial y una porción crucial del comercio global de gas natural licuado. No hace falta un cierre hermético para alterar el sistema: basta con volver el paso incierto, riesgoso y caro.
Irán no necesita controlar el estrecho en un sentido absoluto para transformarlo en una palanca estratégica. Le alcanza con demostrar capacidad suficiente de administración selectiva y, en buena medida, ya lo ha logrado. Ya se contabilizan cerca de una veintena de buques atacados, y centenares varados esperando el paso. Eso eleva el costo del comercio marítimo y obliga al resto del mundo a pagar las consecuencias en términos de inflación, menor crecimiento y recesión internacional.
La situación se agrava más aún si a esa presión se suman los ataques de ambos bandos sobre nodos exportadores críticos, tal el caso reciente de la isla de Kharg perteneciente a Irán. En tal escenario, el mercado deja de temer solo una interrupción marítima y empieza a descontar también un daño sobre la propia capacidad de oferta.
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Irán no cuenta con los medios para derrotar militarmente a Estados Unidos en un sentido convencional. Por eso ha optado por la guerra asimétrica, una estrategia para la cual se preparó durante años. En este esquema, la premisa es lograr que el conflicto sea tan oneroso que se vuelva políticamente difícil de sostener para los contendientes. En ese
tablero, el Estrecho de Ormuz es su carta central.
Con un cierre total o selectivo, o incluso con la sola capacidad de volver incierta la circulación, la guerra se transforma en un impuesto energético global que no distingue fronteras. La energía se encarece por un efecto dominó que empieza mucho antes de que falte el primer barril físico.
Otro aspecto a tener en cuenta es que según algunas versiones periodísticas recientes, Teherán estaría considerando permitir el paso selectivo de ciertos cargamentos bajo condiciones económicas y diplomáticas específicas, incluido el uso obligatorio del yuan en operaciones petroleras, buscando romper así la actual hegemonía del petrodólar. Si eso se confirmara, el estrecho sumaría a su rol militar y comercial, el de instrumento de una disputa monetaria de fondo.
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Cómo se propaga el shock
Primero aparece la prima de riesgo geopolítico. El mercado no reacciona solo a los hechos, sino también a las expectativas. El temor a una escalada hace que los operadores descuenten el peor escenario posible y traduzcan el miedo en dólares adicionales por barril.
Luego surge la amenaza a la continuidad del suministro. En un sistema global de inventarios ajustados, la mera incertidumbre sobre si los cargamentos futuros llegarán a destino genera una puja por la oferta disponible y presiona sobre el crudo, pero también sobre el gas natural licuado y los refinados.
Por último, actúa la arquitectura global de precios. Como el petróleo funciona como una commodity de referencia única, el encarecimiento en el Golfo termina impactando en el surtidor de cualquier ciudad del mundo. No importa si un país produce su propio petróleo o si lo importa de regiones lejanas: cuando se rompe el precio de referencia, se rompe para todos.
Seguro marítimo: el misil invisible
No hace falta hundir un portaaviones para ganar una batalla económica; alcanza con que las aseguradoras recalculen el riesgo. En la lógica de esta guerra, el aumento de los seguros marítimos actúa como un misil invisible que impacta directamente en la línea de flotación del comercio global.
Las primas de riesgo de guerra para atravesar Ormuz han saltado desde niveles de alrededor de 0,25% del valor del buque hasta porcentajes que pueden llegar a 3% en escenarios extremos. En un petrolero de gran porte, esa diferencia convierte un costo importante en una carga multimillonaria que tiende a inviabilizar la operación. El resultado es un verdadero impuesto al miedo.
El escenario se agrava con una señal de último momento: el mercado asegurador comenzó a moverse del sobreprecio hacia mecanismos concretos de exclusión y cancelación de cobertura para el Golfo Pérsico. Si esta tendencia se consolida, el peaje caro empieza a parecerse a un bloqueo de hecho. Y cuando eso ocurre, la nafta en Miami o en Buenos Aires sube de inmediato, aunque ningún buque haya dejado todavía de zarpar.
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Geografía de los impactos
La disrupción en Ormuz redibuja el mapa de vulnerabilidades globales. Algunos países sufren por la falta física de crudo; otros, por su precio; otros, porque no pueden cumplir contratos ni sostener su producción. Del lado de la demanda, Asia es el principal afectado físico. Potencias industriales como China, India y Japón dependen de manera mucho más directa del flujo que atraviesa el estrecho. Para ellas, el problema no es solo cuánto cuesta la energía, sino si estará disponible en tiempo y forma.
Occidente, en cambio, se convierte sobre todo en rehén inflacionario. Aunque Estados Unidos y Europa han reducido sustancialmente su dependencia directa del crudo del Golfo, el impacto sobre los precios de combustibles, transporte e importaciones, sobre todo las provenientes de Asia, resulta inevitable.
Del lado de la oferta, para los productores del Golfo el estrecho sigue siendo la principal —y en algunos casos casi única— salida al mundo. El bloqueo afecta su capacidad de cumplimiento y su estabilidad fiscal, porque buena parte de su producción queda atrapada dentro del Golfo y las rutas alternativas no alcanzan para compensar plenamente el cierre.
Una de esas salidas parciales es la ruta del Mar Rojo a través de Bab el-Mandeb. Pero si ese paso también quedara comprometido por la acción de los hutíes de Yemen, aliados de Irán, una disrupción regional podría convertirse en una crisis comercial de mucho mayor envergadura.
Las dificultades de liberar militarmente el Estrecho
Frente al bloqueo, reaparece en Estados Unidos la tentación de una solución radical: escoltas internacionales, despliegue naval y aseguramiento forzado del paso. Pero esa respuesta choca con una realidad física y estratégica mucho más compleja de lo que sugieren los anuncios políticos.
Ormuz es un corredor angosto, de profundidad limitada y con canales de navegación angostos y definidos. Si se hundiera un gran buque allí sería una forma de obstrucción física severa de la infraestructura crítica.
Por eso las partes se mueven con cautela. Nadie quiere que el estrecho se convierta en un cementerio de desechos navales. Una cosa es la coerción militar; otra, muy distinta, una obstrucción material que pueda durar años. A eso se suma el riesgo de un derrame masivo de crudo en un mar semicerrado, con consecuencias ambientales y humanas potencialmente devastadoras para los países ribereños, incluido el colapso de las plantas desalinizadoras de las que depende la vida humana en los Emiratos, Arabia Saudita y Qatar.
Y si, pese a todo, la escalada derivara en alguna forma de intervención terrestre, el conflicto no se simplificaría: se volvería más largo, más costoso y mucho más difícil de contener. Lejos de resolver el problema, una guerra expandida agregaría nuevas capas de fricción militar, política y económica sobre una región que ya funciona como uno de los puntos más delicados del sistema internacional.
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Una ecuación insostenible
La guerra contra Irán muestra que no hace falta derrotar militarmente al adversario para alterar el equilibrio mundial. A veces alcanza con volver el conflicto lo suficientemente costoso, incierto y contagioso como para que el resto del planeta termine pagándolo. Esto es exactamente lo que está sucediendo.
Los países ya están en cuenta regresiva, algunos de ellos considerando consumir sus reservas estratégicas de crudo. A medida que la guerra se prolonga y se encarece, el problema deja de ser solo militar o energético: pasa a ser también político. Ningún gobierno puede sostener indefinidamente una guerra costosa, incierta e impopular sin pagar un precio interno creciente. Y cuanto más se amplía la brecha entre los objetivos declarados y los costos reales, más frágil se vuelve también la legitimidad doméstica de la escalada.
La salida debe ser un alto el fuego que abra espacio para una negociación realista, dejando atrás la ilusión de una victoria total de cualquier parte. Las posiciones aún no convergen, pero el costo de seguir escalando ya es demasiado alto para la región, para la economía global y para los millones de personas que terminarán pagando una guerra que no decidieron. A esta altura, la vía de la escalada más que demostración de fuerza, deja al mundo un mensaje de incapacidad de los liderazgos para reconocer los límites.