OPINIóN
Literatura

Hugo Ditaranto, un gran y querido poeta

"El placer de leer, siempre (cuadragésima sexta entrega). Un recorrido por el pensamiento, la vida y las letras de este maestro poeta.

El placer de leer.
El placer de leer. | Pixabay

A Hugo Ditaranto lo conocí en la escuela Nº 19 del barrio Los Perales, cercana a “La Ciudad Oculta”, en la Capital Federal, una villa de de la cual venían muchos chicos, donde éramos maestros. Yo de cuarto grado, Hugo de sexto. Tenía referencias suyas por otros maestros de los cuales él y yo éramos amigos, Rubén Cucuzza y Juan Carlos Valdés.

Nunca olvidaré cómo Hugo, quien era diez años mayor que yo, se enfrentaba a la directora de esa escuela y cómo la criticaba, hasta públicamente –el único docente ante una autoridad que yo recuerde en mi larga trayectoria- por su defensa cerrada del orden y el burocratismo.

Visité a Hugo en su casa del barrio de Liniers, donde él había conocido a dos recordados escritores, Elías Castelnuovo y Roberto Arlt; en su departamento en la calle Florencio Balcarce, 5to. piso, frente al parque Rivadavia, que había sido del escritor Conrado Nalé Roxlo; y, finalmente, en la calle Rojas, a una cuadra de la plaza de Primera Junta, donde vivía con su mujer, Esther, muy simpática, también maestra.

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El placer de leer, siempre (cuadragésima quinta entrega)

La primera visita fue con Juan Carlos Valdés, y las siguientes, solo. Un departamento ordenado y limpio, abarrotado de libros, revistas y discos, muchos de ellos probablemente comprados en librerías de libros usados y en los puestos del Parque Rivadavia, en el que Esther o el mismo Hugo te ofrecían té o café y galletitas o medias lunas para que te sintieras cómodo.

Dispuestos para la charla, yo sabía que uno podía iniciar la conversación con algunas referencias a un hecho de la familia, del trabajo, de amigos comunes, de la política nacional o internacional, pero rápidamente Hugo, que era de la generación que había luchado contra “el fascismo, el nazismo, el franquismo, el stalinismo, de allá y de acá”, tomaba la batuta y se despachaba a gusto sobre cuestiones que él había escrito: 

“Si no sabías una canción nativa y no podías bailar un gato, eras un bolchevique sin remedio; el pensar y actuar bien con la mujer, es algo fundamental para ser un buen tipo; somos como somos, quizás porque los que nos conquistaron no eran alegres y los aborígenes tampoco;  una de las modalidades argentinas es hablar mal de todo el mundo, pero jamás hacerse cargo de sus propios errores. Lo normal es que ningún argentino individualmente, se ha equivocado nunca; hay que salir a la calle, mezclarse con los otros, que seguramente empezaron a hacer lo mismo y tratar de vivir en plenitud; con los años se recordará más el mayo francés que la revolución Rusa, o la China o la Cubana; acabo de enterarme que en la base naval, la de Trelew han asesinado al mejor estilo nazi, a presos políticos: quién hará justicia con este horror?”  

Uno escuchaba los pensamientos de esa máquina de hablar, hasta que se acercaba la noche…“una pena, Hugo, otro día la seguimos, vos sabés que Villa Industrial está lejos y el colectivo que me deja cerca de mi casa viene lleno de gente y no muy seguido…”.

Edmundo O'Gorman, hombre de mundo

Tengo el privilegio de conservar tres libros de su autoría que me regaló: “Los procesos”; “Un país para el olvido” (al sur del purgatorio); y “Fernando, un perro de verdad”, los tres editados por Besana, Buenos Aires, en 1981, 2001 y 2004 respectivamente.

De su libro “Un País para el Olvido” (al sur del purgatorio), tomo unos fragmentos sobre la escuela que “se parece a una fábrica, a un cuartel, a una comisaría. El alumno es un amansado a obedecer, a llegar temprano, no contestar, a recordar cosas inútiles, a portarse bien, a no correr, a mirar para abajo cuando se le habla gritando. La escuela es la preparatoria del amargo rencor.

Todo es mecánico, el aprendizaje, la ciega sumisión, el autoritarismo, la vigilancia a los gritos, la penitencia, el mal, un rincón de la dirección para el castigo en los recreos y/o peor es la tarea escrita que te persigue como una penitencia hasta en tu propia casa. Ni hablar del “saquen una hoja” sorpresivamente, el mañana se transforma en una tortura desde el ayer. Nada se razona, todo se memoriza, de lo que se trata es de romper la comprensión, el diálogo, el supremo razonar.”

En “Los procesos”, un costoso libro, con música e imágenes, editado gracias al aporte de  44 amigas y amigos, participaron actores: José María Gutiérrez, Inda Ldesma, Cipe Lincovsky y Héctor Tealdi, y músicos, entre ellos Andrés Calamaro, traducido al griego, italiano y ruso, en el que Hugo escribió, entre otros, sobre Adán, Sócrates, Espartaco, Jesús, Juan de Wiclef –quien

Luchó contra el espíritu supersticioso,

contra lo funesto para la libertad.

Buscaba la prosperidad de su patria.

Sintió lo dogmático

como una muralla al espíritu humano.

Difundía copias de la Biblia

que había vertido a la legua vulgar,

a la lengua de todos.

Pero todos sus libros fueron quemados

23 años después de su muerte.

18 años más tarde

por orden del Concilio de Constanza

abren su tumba,

queman sus restos,

y lo arrojan  en un arroyo

cerca de Lutterworth, 

donde aún vaga su espíritu libre.-

Juan Hus, Juana de Arco, Miguel Servet, Caupolicán, Giordano Bruno, La Inquisición, Tupac Amariu, Camila y Ladislao; sobre los seres y las cosas: Historia de la muerte; El reloj; Los bandidos; Las brujas y “Nos queda la palabra”, dedicado a Blas de Otero, uno de los grandes poetas españoles:

En la sombra del ayer

destino del olvido.

En las manos hurgando el cielo ajeno,

el cielo dibujado.

En la soledad del corazón

andando por los aires.

Nos queda la palabra.

Después de todo lo vivido,

lo empozado. Ayeres de las sombras.

En la pared que ira el solitario,

en todo lo negado al prisionero,

somos menos que un pájaro 

por el cielo robado.

Pero nos queda la palabra.

 

Después de todo lo sufrido

llegando hasta el infierno,

nos cuesta comprender lo cotidiano.

Saber que si no están, existen.

La fe de la palabra atando ayeres.

Soñadera de tarde.

Abrazo anochecido.

Pero nos queda la palabra…y el mañana.

Maestro de escuela, escritor, poeta, muy querido por sus alumnos y amigos, Hugo Ditaranto murió el 10 de abril del 2013. Quienes lo conocimos, lo seguimos recordando.