OPINIóN
Análisis

El futuro del Mercosur, atrapado por su pasado

La mayor parte de la población y los gobiernos argentinos han, al menos hasta ahora, priorizado los resabios de lo geopolítico que ha virado a un bolivarianismo simbólico: la integración de la “patria grande” contra un mundo hostil.

El Mercosur en medio del Covid
El Mercosur en medio del Covid | Cedoc

Estos días se cumplieron treinta años de la firma del Tratado de Asunción, que dio origen al Mercosur. Como corresponde a la atracción que sentimos por el sistema métrico decimal, abundaron las reflexiones acerca del futuro del bloque.

El consenso es que el bloque se encuentra paralizado. ¿Cuál es la razón para este estancamiento? Una posible explicación es el contexto histórico en el que se fundó el bloque y cómo ese legado dificulta el avance de la integración. Dicho de otro modo: el futuro está atrapado por el pasado.

Muchas veces las reglas se deciden en un contexto particular, y responden a los incentivos que los actores tenían en ese momento. A veces ocurre que el contexto cambia, pero las reglas siguen fijas en el pasado. Se da así un desfasaje entre lo que las reglas indican y lo que el contexto requiere.

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El Mercosur nació en un contexto en el que los países del Cono Sur estaban saliendo de un período de relaciones tensas comandadas por las fuerzas armadas. En ese contexto (al igual que ocurrió en Europa con la creación de la Comunidad Económica Europea después de la Segunda Guerra Mundial) el agrupamiento tenía una fuerte impronta geopolítica.

Pero económicamente hablando, Brasil estaba preocupado por el futuro de su industria en el contexto de globalización de los noventa. El ya célebre y vilipendiado arancel externo común (AEC) es hijo directo del arancel aduanero brasileño. El AEC consagra la visión proteccionista del gobierno brasileño en ese momento, muy preocupado por proteger al sector industrial brasileño de la competencia estadounidense, europea y asiática.

Así, el contexto de principios de los noventa influyó en generar un bloque en el que varios países compran productos brasileños encarecidos por la protección. Pero en ese momento, la geopolítica le ganó al cálculo económico. La integración de los grandes de América del Sur en un bloque pacífico y democrático fue más importante. En definitiva, que la cooperación entre estos países haya ido del Plan Cóndor a intercambios económicos fue (¡y es!) una gran noticia.

El Reino Unido propuso en Uruguay un acuerdo con el Mercosur

Pero hoy no sorprende el pataleo de Lacalle Pou: Uruguay paga más caros los productos brasileños (y argentinos) pero exporta proporcionalmente mucho más al resto del mundo y casi nada al Mercosur, con lo que para ellos el comercio intra-bloque es pura pérdida. Económicamente, para Uruguay el Mercosur es, efectivamente, un lastre. Para nosotros, que tenemos déficit comercial con Brasil (es decir, subsidiamos sus productos más de lo que ellos subsidian los nuestros), en realidad también. Pero la mayor parte de la población y los gobiernos argentinos han, al menos hasta ahora, priorizado los resabios de lo geopolítico que ha virado a un bolivarianismo simbólico: la integración de la “patria grande” contra un mundo hostil. Eso es lo que parece desprenderse de la respuesta de Fernández a su par uruguayo: estamos juntos porque somos hermanos. No mucho más.

Para salir de esta situación, es indispensable un foco de los gobiernos sobre los procesos de integración regional a partir de las fortalezas productivas del bloque. La agroindustria es el único sector donde los cuatro socios del Mercosur tienen intereses comerciales coincidentes. El proteccionismo agrícola, todavía presente en el Mercosur, es autoflagelación para el bloque. Es preciso que comencemos a discutir racionalmente cuánto países pobres pueden seguir insistiendo en perder dinero y comenzar a focalizarse en lo que el bloque puede ofrecer. Si no lo hacemos, salir del barco no es solo conveniente sino imperioso.