Cuando los urbanistas europeos debaten sobre regeneración urbana, el nombre de Barcelona aparece casi inevitablemente. Con frecuencia se evoca la postal olímpica de 1992 como si el secreto de la ciudad catalana fuera haber organizado unos Juegos. Esa lectura es superficial. Barcelona transformó su estructura urbana aprovechando el evento como palanca, y esa distinción es exactamente lo que vuelve el caso barcelonés relevante para pensar una zona muy concreta del conurbano bonaerense: el corredor de la Avenida Los Quilmes-Calchaquí, en el municipio de Quilmes.
A principios de los años ochenta, Barcelona era una ciudad con una economía industrial en retroceso, franjas periféricas descuidadas y un espacio público degradado. La visión racionalista había priorizado la circulación de automóviles y la lógica de la separación funcional del territorio por sobre la vida urbana de escala humana.
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El urbanista Oriol Bohigas, quien diseñó el plan de regeneración que precedió y acompañó los Juegos Olímpicos, formuló un diagnóstico tan simple como radical: la ciudad se reconstruye desde abajo. Primero hay que intervenir en los espacios públicos de los barrios más postergados, demostrar con obras pequeñas y de calidad que el cambio es posible, y construir desde allí el consenso político y social necesario para encarar transformaciones más ambiciosas.


El corazón de ese modelo fue la lógica iterativa e incremental: calidad antes que cantidad, intervención a escala humana antes que megaproyecto, espacio público como instrumento de política social y económica. Y la materia prima sobre la que trabajó fue el suelo industrial en desuso: galpones, fábricas obsoletas, terrenos vacantes heredados de una economía que ya no existía. El llamado brownfield land (suelo degradado con historia productiva) se convirtió en el recurso estratégico de la transformación barcelonesa.
De Quilmes a Barcelona
Volvamos al contexto argentino, específicamente a la zona sur del conurbano bonaerense. En el partido de Quilmes, el corredor de la Avenida Los Quilmes-Calchaquí tiene una condición paradójica: es simultáneamente una línea de fractura y un eje de oportunidad. Divide al municipio en términos geográficos y socioeconómicos (al Este los barrios de clase media, al Oeste la zona más castigada) y al mismo tiempo es el corredor que históricamente articuló la conexión Norte-Sur del territorio, desde Buenos Aires por el Acceso Sudeste o la Avenida Mitre, hacia La Plata y, más lejos, hacia la Costa Atlántica.
Esa centralidad geográfica tiene un potencial enorme que hoy duerme. Las imágenes satelitales son muy gráficas: estacionamientos vacíos de supermercados mayoristas que ocupan manzanas enteras con asfalto y nada más, galpones de actividad escasa o nula, terrenos que fueron estaciones de servicio o comercios de grandes superficies, tejido de casas bajas unifamiliares de densidad mínima.
Es un territorio subutilizado ubicado en el corazón de uno de los municipios más poblados del país, a menos de diez kilómetros de grandes centros urbanos como Avellaneda, Lanús, Almirante Brown, Florencio Varela y Berazategui; y a 25 minutos del Obelisco porteño.
La analogía con la Barcelona pre-olímpica surge sola. También allí el suelo postindustrial estaba en el corazón de la ciudad, también allí la baja densidad y el deterioro convivían con una ubicación geográfica y conectividad extraordinaria, también allí el potencial era inversamente proporcional al uso efectivo del suelo.
La transformación de un baldío de recicladores urbanos a un espacio verde, público y temático
¿Qué lecciones viajan desde Barcelona? La primera es la de la escala de inicio. Barcelona arrancó con plazas, veredas, luminarias: pequeñas intervenciones de calidad en barrios concretos. Una técnica conocida como acupuntura urbana. Cada mejora visible construía legitimidad para la siguiente.
Para el corredor Los Quilmes-Calchaquí, esto significa que la transformación puede comenzar con intervenciones puntuales de alta calidad en el espacio público (una plaza bien diseñada, un boulevard, un tramo de vereda con arbolado y equipamiento) que demuestren que el corredor puede ser otra cosa. Un indicio de lo posible lo dio la construcción del Metrobús hace algunos años, pero quedó sólo en eso.
La segunda lección es la más importante: el suelo vacante como activo estratégico. Barcelona lo entendió cuando reconvirtió el suelo industrial del Poblenou y otras zonas periféricas en espacios de uso mixto que combinaban vivienda, comercio, cultura y espacio público de calidad. Los vacíos se volvieron plazas, los galpones se convirtieron en equipamiento cultural, los terrenos ociosos se densificaron con edificios de escala media que aumentaron la población sin degradar el entorno.
Para el corredor Los Quilmes-Calchaquí, esa lógica es directamente aplicable. Un estacionamiento de supermercado mayorista que hoy ocupa una manzana entera podría albergar, en una fracción de su superficie, un edificio de viviendas de pocos pisos con planta baja comercial y, en el resto, un espacio público activo. Un galpón bien ubicado podría convertirse en un mercado de productores locales, un espacio cultural, una sede de servicios.
La densificación inteligente, el edificio mediano bien integrado al tejido existente, por ejemplo, permite multiplicar la población residente y, con ella, la demanda que hace viable el comercio de proximidad y los servicios para los barrios de los alrededores. La conectividad mencionada del corredor convierte esa demanda potencial en algo más que una hipótesis.
Aquí reside la oportunidad más transformadora. Intervenir sobre el corredor Los Quilmes-Calchaquí con esa lógica modifica algo más profundo que la avenida en sí misma: empieza a disolver la fractura que hoy la define.
Un corredor con espacios públicos de calidad, usos mixtos del suelo, vivienda accesible y actividad comercial deja de ser una cicatriz que separa el Este del Oeste para convertirse en un nodo que los articula. La gente de ambos lados empieza a confluir en los mismos lugares, a compartir una centralidad que hoy no existe. La transformación urbana bien pensada reescribe las relaciones entre partes de una ciudad que la historia o la desidia separó.
La tercera lección es una advertencia. Barcelona aprendió que cuando el sector privado pasó de ser socio a ser conductor del proceso, los resultados favorecieron a quienes ya tenían más. Como pasó con el destino final de la Villa Olímpica, con cómo se transformó el barrio La Barceloneta o con otro proyecto de regeneración urbana con motivo del evento Forum 2004.
De Quilmes a Barcelona, falta decisión política
Para Quilmes, incorporar criterios de acceso y mezcla social desde el diseño inicial es la condición para que la transformación no reproduzca, con mejor arquitectura, la misma fractura que busca resolver.
La morfología urbana es una decisión política. La ciudad dispersa, de baja densidad, dominada por el automóvil y estructurada por lógicas funcionalistas es el producto de décadas de opciones de política pública, de normas de zonificación, de inversiones en infraestructura y de omisiones deliberadas. Y como toda decisión política, puede ser revisada.
El corredor Los Quilmes-Calchaquí no necesita unos Juegos Olímpicos. Necesita una visión y un plan de intervención iterativo e incremental que empiece por lo posible hoy y construya hacia lo que se desea alcanzar: un área de nueva centralidad para Quilmes y toda la zona sur del conurbano bonaerense. Barcelona tardó una década en transformarse, pero empezó como empiezan casi todas las transformaciones urbanas duraderas: alguien decidió que una plaza podía ser el principio de otra ciudad. Entre un galpón sin uso y un estacionamiento vacío sobre la Avenida Los Quilmes-Calchaquí, ese punto de partida existe.