Cuentan que fue un vecino quien llamó al 911 luego de escuchar un fuerte portazo en el caserón de la cuadra. Caía la tarde en el primer día hábil después del fin de semana largo y la policía no imaginaba lo que iba a encontrarse al otro lado de la puerta de esa gran casa en la esquina de 111 y 6: dos chicos mirando abstraídos un canal de dibujitos animados mientras, a pocos metros de distancia, yacía el cuerpo de su madre, bañado en sangre, ya sin vida.
Hacía poco que Cynthia Filippone residía en Villa Gesell. Venía de Villa Bosch, había estudiado antropología en la UBA y vendía mates de cuero y madera en el Paseo de los Artesanos de 3 y 104. Tenía dos hijos (una nena de 6 y un varón de 8) y vivía con Daniel Hernández, su concubino, uruguayo de nacimiento. Estaba por cumplir 41 años cuando la muerte la encontró colgando la ropa en el fondo de su casa durante el ocaso de una tarde húmeda y gris, como suelen serlo casi todas las de otoño en cualquier ciudad de la Costa Atlántica.
Cynthia fue atacada al menos dos veces con un objeto punzante (presumiblemente un arma blanca). Tenía un corte en una mejilla y otro de mayor profundidad a la altura de la tráquea. Un sendero de sangre permitió suponer el recorrido final que hizo la víctima en su agonía fatal, desde el tendedero hasta el interior de su casa, donde se desplomó desangrada. En principio, se cree que la mujer tuvo tiempo de escapar de su agresor unos metros, guarecerse en su hogar y trabar la cerradura de la puerta lateral por la que ingresó. Para darle sustento a esta hipótesis será clave la pericia que se realice sobre el juego de llaves incautado, que a su vez tenía restos hemáticos. Las huellas digitales detectadas en el llavero permitirán determinar si Cynthia entró sola y se refugió en su vivienda, o si en verdad el atacante la persiguió y la encerró en la casa, huyendo luego por otra de las puertas que tiene la amplia residencia sobre la zona céntrica de Gesell. Una tercera versión sugiere que fue su hijo varón quién echó llave y luego se comunicó por teléfono con Daniel, el concubino de su madre.
De la forma que hubiere sido, el desenlace fue de todos modos breve, ya que Cynthia se desplomó a los pocos minutos, ya sin signos vitales. A pesar de haber sido atacada en el patio trasero, el mayor volumen de sangre se registró adentro de la casa. ¿Cómo hizo para impedir que la misma brotara de su cuello en los primeros instantes posteriores al ataque? ¿Tuvo la capacidad de reacción y la habilidad para obstruirse el prominente agujero que le habían hecho en el cuello mientras ella escapaba desesperada? ¿O acaso cabe pensar en la posibilidad de que haya sufrido una primera embestida afuera y luego otra adentro? La Justicia se maneja con absoluto hermetismo, aunque dos personas fueron testigos impensados de tamaña brutalidad: los hijos de la mujer, quienes miraban un canal de dibujitos animados cuando ella ingresó a la vivienda, ya herida, segundos antes de morir desangrada ante la vista de ambos.
El robo como móvil del asesinato fue descartado, basándose en que la vivienda no estaba revuelta y teniendo en cuenta también que no faltaban elementos de valor. Suponen que el crimen tuvo que ver con un ajuste de cuentas, una disputa pasional o alguna inquina de carácter personal.
Cynthia era una mujer de bajo perfil, conocida por varios geselinos y valorada positivamente. Sin embargo, algunas personas cercanas a su espíritu coincidieron en resaltar la mala relación que ella tenía con Simón, el hijo de su pareja. O, al menos, fue esa la versión que la Justicia y la Policía prefirieron subrayar. Por eso, trataron de reconstruir sus movimientos en el momento del asesinato. Tanto él como su padre aseguran que a esa hora estaban paseando por la playa, versión que se consolidó con las cámaras de seguridad de un hotel cercano al mar. Las cintas revelan que ambos ingresan a la playa después de las 18 horas y se retiraron 18.50, aproximadamente diez minutos antes de que el 911 recibiera el llamado clave de la vecina. La distancia entre ese punto sobre la playa y la casa es de seis cuadras, cercanía que los investigadores evaluaron como sospechosa. Por tal motivo decidieron detener a ambos, aunque luego liberaron a Daniel y mantuvieron incomunicado a Simón, a la espera de que declare.
La amplitud del patio y la facilidad que hay para ingresar a él (sus límites son unas débiles ligustrinas) no solamente le permitieron al asesino acceder y huir del lugar sin ningún tipo de dificultad, sino que además obstaculiza la posibilidad de precisar por donde entró y por donde escapó. Sin embargo, la pericia se aferra a un elemento que puede ser fundamental: un pelo encontrado en la mano de Cynthia, cuyas características no parecen coincidir con el de su cabellera. Nadie vio nada pero todos saben lo que sucedió. Y todo caso que concita la atención de la opinión pública aumenta las presiones y acorta los tiempos de la investigación, intimando a una resolución rápida. Exactamente lo contrario a lo que sucedió en octubre de 2010 con Agostina Sorich, una nena de 12 años desaparecida en los suburbios de Villa Gesell que no despertó absolutamente ningún interés de parte de las fuerzas políticas de la ciudad ni tampoco del Poder Judicial. La ciudad, tan conmovida como aquel entonces, permanece absorta, conmovida, sin encontrar demasiada explicación a tamaña inhumanidad.
(*) Desde Villa Gesell, especial para Perfil.com