“Cristina es la conducción, vamos a ver si lo entienden”. El canto empezó entre los militantes reunidos frente al departamento de Cristina Kirchner y rápidamente se convirtió en la banda sonora de una interna que atraviesa al peronismo desde hace años. Máximo Kirchner lo escuchó, dejó pasar unos segundos y pidió que lo cantaran más fuerte. “Vamos, una más”, arengó. La canción volvió a sonar: “Yo siempre te voy a seguir, no me importa lo que digan. Y si querés otra canción, vení, te presto la mía”. La escena ocurrió este martes, a cuatro años del intento de asesinato de la expresidenta, pero el mensaje excedió largamente el homenaje.
09/2026 Máximo Kirchner: “Vamos, una más”, arengando la canción "y si querés otra canción, vení, te presto la mía”
El destinatario estaba ausente. Axel Kicillof no participó del acto frente a San José 1111 y tampoco firmó el documento político que distintos dirigentes del peronismo presentaron en respaldo de Cristina. La distancia fue todavía más significativa porque el gobernador bonaerense sí difundió un mensaje propio por el aniversario del atentado, en el que reclamó que la Justicia avance sobre los responsables del ataque. Una vez más, Cristina quedó en el centro de la escena y la interna volvió a mostrar a los dos dirigentes que desde hace años aparecen en la discusión sobre el futuro del peronismo.
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La canción tenía además memoria. “Y si querés otra canción, vení, te presto la mía” remitía a una frase que Kicillof había pronunciado en septiembre de 2023, cuando habló de la necesidad de que el peronismo encontrara nuevas formas de representar a una sociedad que había cambiado. Máximo Kirchner respondió entonces: “Yo no me dedico a la música, soy militante y dirigente”. Su planteo era que el problema no pasaba por cambiar la canción sino por recuperar el orden y reivindicar la experiencia de los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Kirchner. Aquella discusión fue uno de los primeros cruces públicos entre ambos y con el tiempo dejó de ser una diferencia sobre la estrategia electoral para convertirse en una disputa por el futuro del espacio.
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La historia tiene una particularidad: Máximo Kirchner y Axel Kicillof fueron construidos políticamente por la misma persona. Uno es el hijo biológico de Cristina y heredero de la organización política que ella ayudó a construir; el otro es el dirigente que Cristina impulsó desde el Ministerio de Economía hasta la gobernación bonaerense y al que durante años se señaló como uno de sus posibles herederos políticos. Máximo construyó su legitimidad desde la identidad, La Cámpora y la defensa del kirchnerismo. Kicillof lo hizo desde la gestión y el intento de ampliar el electorado más allá de los límites tradicionales del kirchnerismo. Esa diferencia, que durante años podía ser complementaria, se transformó en competencia cuando Cristina dejó de ocupar el centro de la escena electoral. El problema del heredero es que, para suceder, en algún momento tiene que dejar de serlo.
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Los cruces se hicieron cada vez más explícitos. El 25 de octubre de 2024, Máximo cuestionó que Kicillof hubiera armado una lista y recordó la relación que Cristina había tenido con el gobernador: “Cristina por Axel tenía una debilidad enorme”. Días después, Mayra Mendoza sostuvo que esperaban de Kicillof “desde la lealtad” que acompañara a Cristina en la disputa por el PJ Nacional.
El 8 de abril de 2025, Andrés Larroque fue más directo: acusó al grupo de Máximo de tener a Cristina “de rehén” y reclamó que aceptaran que Axel “es gobernador y no un empleado de un dispositivo de sumisión”. Ese mismo día, Mayra respondió por el desdoblamiento electoral: “El que rompe algo que estábamos en proceso de decidir juntos es Axel”. La disputa empezó entonces a trasladarse al territorio. El 29 de mayo, Juan Zabaleta habló de “60 intendentes” que querían el desdoblamiento y le planteó a Kicillof una disyuntiva: “¿Mirás 17 millones de bonaerenses o mirás La Cámpora?”. En junio, Larroque defendió la construcción del Movimiento Derecho al Futuro y sostuvo que Kicillof no debía armar listas pensando solamente en “su orga”, sino en “los mejores candidatos”, los que más midieran y “más le gusten a la gente”.
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Del otro lado, Kicillof mantuvo durante buena parte de la pelea un discurso de desdramatización. En septiembre de 2025, consultado específicamente por su relación con La Cámpora y con Mayra Mendoza, dijo que se sentía cómodo con la intendenta y que las diferencias debían discutirse “puertas adentro”. Ya en junio de 2026, Carlos Bianco insistió con esa postura: aseguró que el gobernador mantiene contactos con “todos los sectores” y calificó las críticas como una cuestión “hasta folclórica”.
Pero también dejó expuesta la estrategia del kicillofismo para lo que viene: construir durante 2026 los consensos, las candidaturas y un programa político para el año siguiente, con un objetivo que, según dijo, debía estar puesto en “el verdadero problema”, que para ellos es Javier Milei y no “ni Cristina, ni Axel, ni nadie”. Un mes después, el propio Kicillof volvió a negar una pelea en el conurbano y reivindicó su vínculo con los intendentes de las distintas vertientes del peronismo. La disputa, sin embargo, ya había dejado de ser una discusión entre dos dirigentes: tenía a Máximo y La Cámpora de un lado, a Kicillof y el Movimiento Derecho al Futuro del otro, y a intendentes y dirigentes territoriales obligados a tomar posición.
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En febrero de 2026 apareció una cierta unidad. Máximo dejó la conducción del PJ bonaerense y Kicillof asumió al frente del partido con una lista consensuada. La salida evitó una nueva pelea por la estructura partidaria, pero no resolvió la discusión política. De un lado quedó el gobernador con una construcción territorial propia y del otro La Cámpora, el apellido y una relación directa con Cristina. En rigor, el acuerdo por el partido terminó funcionando como una tregua más que como una solución.
Una pelea que también se juega en los votos
Las estructuras políticas pueden cambiar de manos. Los dirigentes pueden cambiar de espacio, las alianzas pueden modificarse y hasta un partido puede quedar en manos de otro sector. Los votos no necesariamente hacen el mismo recorrido. Y ahí Cristina todavía tiene algo que ninguno de los dirigentes que buscan sucederla puede desconocer: una conexión emocional con una parte del electorado que excede a la estructura de La Cámpora y también a los resultados de una gestión.
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Kicillof tiene la gobernación y construyó su propio espacio, el Movimiento Derecho al Futuro. Máximo tiene La Cámpora y una organización política que sostiene a Cristina como referencia. Pero, ¿qué pasa con los votos? ¿De quién son los votos? ¿Tienen dueña o dueño? ¿Cuántos de los que todavía votan a Cristina votarían automáticamente por Kicillof? ¿Y cuántos lo harían por un candidato bendecido por Cristina que no sea el gobernador? ¿Qué pasaría con Kicillof si no es señalado como heredero político?
El antecedente de Alberto Fernández aparece en el fondo de esta discusión. Durante su gobierno quedó expuesta la dificultad de tener una autoridad institucional y otra política dentro de una misma coalición. Alberto tenía la Presidencia, pero Cristina conservaba una fuerte influencia sobre el espacio. La tensión llegó al gabinete y dirigentes identificados con el kirchnerismo llegaron a amenazar con dejar sus cargos. La elección había resuelto quién ocupaba la Casa Rosada, pero no quién tenía la última palabra dentro de la coalición.
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Las PASO aparecen como una salida posible para ordenar una candidatura, aunque no necesariamente para resolver lo que viene después. El kirchnerismo impulsó ese mecanismo en 2009, fue el mismísimo patriarca del espacio: Néstor Kirchner. Pero nunca lo utilizó para definir una candidatura presidencial entre dirigentes propios. Cristina fue candidata única en 2011 y 2015. La alternativa es conocida, incluso cuando sea trate de unidad forzada.
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La discusión entre Máximo y Kicillof, en definitiva, no es solamente por una candidatura. Las estructuras, los intententes, los gobernadores y la militancia pueden cambiar de bando, pero los votos no necesariamente los siguen. Y mientras Cristina conserve esa capacidad de generar identificación y una fuerte carga emocional en una parte del electorado, todavía será ella quien pueda inclinar la balanza y, llegado el momento, bendecir a un candidato, a su heredero.
cp