Como los prejuicios de la razón, ciertas formas narrativas son trascendentales en el sentido de ineludibles condiciones subjetivas de toda posible interpretación lingüística de la realidad, pero no son de ninguna manera trascendentales en el sentido de validez apriorística, es decir incondicionada. Están adheridas a las formas contingentes de nuestro lenguaje, y las reglas gramaticales del lenguaje son, como todo lo simbólico, una creación de la poiesis, de la actividad creadora de sentido.
El modo institucionalizado de informar (MIdI) es la narrativa universal predominante en el ámbito del periodismo político audiovisual que se preserva y defiende en nombre de su resultado comercial. Sin embargo, no es inocente, ni neutra, ni independiente de las relaciones que los medios periodísticos entretejen a diario con el poder, cualquiera sea su naturaleza. A consecuencia de este entramado, la necesaria objetividad periodística (referencia inequívoca al objeto de la información y no a otra motivación) se ve influenciada y dañada por elementos ajenos a su esencia. El MIdI no admite la investigación, piedra angular del periodismo. Es el grado cero de la noticia.
Yendo a lo particular, los programas político-periodísticos (PPP) de televisión emulan a los perdidos charlatanes de feria. Son las kermeses de la modernidad. En ellos la palabra se devalúa hasta su mínima expresión: un mero acoplamiento mecánico de sonidos. El lugar común recitado, “televisión es entretenimiento”, rebaja el entretenimiento a un estado de catatonia en el cual el cerebro pasa a ser el órgano menos importante de la persona. Pero, aun cuando así sea para todo lo no periodístico, la muletilla oculta que se puede entretener pensando, sobre todo cuando se trata de una materia prima tan compleja como la información.
El eslogan, encadenamiento de palabras e imágenes estandarizadas que precipitan un sentido prefabricado, les gana al concepto y al ejercicio de la reflexión. El periodismo televisivo es la propuesta del uso de un medio superior para obtener fines inferiores.
Los PPP malcrían al entrevistado, en su infinita bondad lo recrean como simpático muñeco animado. La benevolencia del editor delata la complicidad del medio con el político y subvierte el periodismo en propaganda.
Un nuevo largometraje argentino se presenta como un intento serio de superar el obstáculo que impone la narratividad institucional.
La película
Yo, presidente es el título del documental dirigido por Mariano Cohn y Gastón Duprat que se estrena este jueves 19.
“La necesidad es la madre de la invención”, se repite. Si la máxima atina, los directores debieron verse urgidos por confirmar que hay formas alternativas que permiten desacatar el mandato dominante. Duprat y Cohn (la inversión evita que a Mariano se lo confunda con una sugerente Coni) desnaturalizan la narrativa oficial, creando una transición riesgosa. A pesar del desafío, Yo, presidente soporta con integridad sus casi noventa minutos de duración.
A excepción de Adolfo Rodríguez Saá, quien puso como condición el pago de un millón de dólares en caso de no estar satisfecho con su participación en la película, los directores entrevistaron a todos los presidentes democráticos con mandato terminado, de 1983 en adelante. El quid y la cuestión del documental son los que fueron los “intocables” que alguna vez decidieron la suerte de millones desde una cámara hiperbárica, ajenos a la atmósfera exterior. Duprat y Cohn los someten a la impiedad de otra cámara, menos protectora.
El film da la sensación de haber sido hecho con descartes de películas encontrados en un tacho, junto a la puerta de un canal de televisión. Quien alguna vez trabajó con editores de noticieros sabe que la relación entre lo filmado y lo que efectivamente sale al aire puede ser de hasta seis a uno, aproximadamente, y que lo arrojado a la basura es todo aquello que no se adecua a la cabeza parlante que no yerra, ni duda, ni tose, ni se distrae, ni se repite, ni se arrepiente. El arte del editor MIdI es producir una criatura en estado de rígor mortis incompleto, que sólo arriesga la fatiga labial para decir, casi sin respirar, un recitado de sujetos, verbos y predicados que la costumbre del oír y el decir ahorra a receptor y emisor la necesidad de pensar. Y, al tiempo que construye una cabeza-máquina, le confiere un conjunto de virtudes: infalibilidad, precisión y autoridad que le permiten presumir de un prodigioso control de la palabra y la situación. Es precisamente el proceso editorial, en donde el cut and paste predomina, la instancia en la cual un Golem metafísico cobra vida.
Yo, presidente es una sucesión de talking heads : cabezas parlantes humanas, demasiado humanas y, por lo tanto, falibles, dubitativas, temerosas, molestas, susceptibles. Su “estilo” rompe con un juicio de valor y competencia de lectura que, a fuerza de reproducirse, se asume como “natural”. La cámara narra sin necesidad de soporte verbal y los directores estimulan a los entrevistados proponiéndoles poses e intercambios que contrastan flagrantemente con la coreografía del MIdI. Ambos se encargan de demostrar cuán vulnerable al paso del tiempo es la palabra del político argentino. No hay “cámara oculta”, aunque en ocasiones se adivina alguna encendida de contrabando.
La vocación de “cartoneros de película” redime a Duprat y a Cohn. Los salva sacándolos del “medio” para ubicarlos al margen pero no en los márgenes, pues en ellos sólo viven los que pierden de vista un objetivo. Sin que se deba tomar al pie de la letra que el film es una sucesión de suturas de sobrantes reales de una sala de edición, es su condición de producto del cirujeo lo que ubica la obra en un lugar distinguido y, en tanto tal, en el podio de las controversias.
Los protagonistas
“Hola, los saludo con todo gusto. Este viejo bigotudo, chicos, es Raúl Alfonsín, ex presidente de la Nación cuando muchos de ustedes no habían nacido.” Así se presenta el abogado de Chascomús a las nuevas generaciones: en plan “abuelo bueno”.
Un pelo rebelde ondea en primerísimo primer plano, encuadramiento que hace altamente vulnerable el objeto enfocado, al tiempo que define la gramática de la película.
“¿Quién fue el responsable?”, le preguntan en relación con los quince muertos durante los centenares de saqueos y episodios de violencia que tuvieron lugar en 1989. “Y, no sé”, responde Alfonsín con su mejor cara de “Yo no fui”. En la Argentina, nadie es responsable: la culpa es siempre del que estuvo antes o de alguien que conspira desde más allá de las fronteras.
“Es muy buena la siesta, se la recomiendo a todos. Siempre llevo mi catre a cualquier oficina que tengo”, aconseja, orondo. El dato libera la pregunta: “¿Cómo hace una persona que trabaja para dormir la siesta?”. Respuesta: “No trabaja”.
En un plano de cuerpo entero que dura treinta segundos interminables, se le pide que haga, que repita y que mantenga, en absoluto silencio, el clásico saludo de campaña, moviendo las manos unidas de costado, por arriba del hombro. El ridículo cobra rango físico.
Sobre el final de la entrevista, Alfonsín recita una cadena de sucesos que marcaron su administración: Obediencia Debida, Punto Final, Semana Santa, Villa Martelli, Monte Caseros, La Tablada, Pacto de Olivos, la entrega del poder antes del fin del mandato. En ningún caso admite responsabilidad. Cuando se le pregunta por su peor error, sólo señala haber dedicado demasiado tiempo a planificar el traslado de la Capital a Viedma.
De los cortes de luz con fixture, la llama de gas agonizante y los teléfonos que no existían, Alfonsín no se expide.
“He vivido una larga vida al servicio del país. Tengo paz en el alma (la casa está en orden)”, concluye.
¿Acaso el Estado argentino no provee a sus ex presidentes con guardia profesional pagada por el contribuyente?
La pregunta brota a cuento del grupo de civiles –portadores de previsibles mostachos, anteojos negros, pistola al cinto y armas largas– que custodian “la Rosadita”, finca menemista por excelencia enclavada entre los cordones de la sierra de Velasco, en Anillaco, localidad en la cual se pensó emplazar, para la exportación de aceitunas, una pista para aviones de gran porte con balizamiento nocturno y sistema ILS de aterrizaje teleguiado.
Una mosca zumbona e insistente se le posa a Menem en cabeza, mejillas y nariz. El recuerdo de la avispa de juvencia es inevitable. Un colaborador la observa con mirada homicida (insecticida). Cuando la entrevista llega a un paréntesis, la persigue con una especie de picana eléctrica portátil y la extermina con frialdad profesional.
Un gran retrato de sí mismo domina la sala central de la casona. Se le pregunta por el autor. Menem se acerca, curioso, a diez centímetros de la tela y responde: “No sé. Parece que olvidó poner su nombre”. Cuando lo interrogan por una pintura con un pequeño venado en el centro, contesta, displicente: “Es un bambi”.
Otra mosca releva a la difunta. Los brazos agitados del riojano más famoso no alcanzan para disuadirla. El señor de la picana ingresa en cuadro por derecha, portando un tubo de Raid en aerosol. En vano. El bicho es imbatible. Carlos Saúl decide tomar a la mosca por las alas. Se hace cargo del veneno y lo rocía sobre su cuerpo (el de él). La mosca no deja de rodearlo. Político al fin, dice: “Mejor paro, porque me voy a matar yo”. Y luego: “¿Por qué debería sentirme responsable por lo de la AMIA?”, pregunta ofuscado, y se compara con George Bush hijo.
Perros y laderos
Perros de la calle que se aparean, ventean y evacuan, que se muerden la cola, que se echan y que ladra son utilizados como separadores entre cada entrevista. Pueden verse como la representación zoomórfica de la indolencia, la promiscuidad, el desgano; la somatización del país del no Estado, la improvisación, la falta de organización, del “vamos viendo”, el “estoy en eso” y el “después vemos”; tristes cruceros del canil más grande del mundo: la ciudad gris, de veredas rotas, marquesinas invasivas, luz amarilla, baches marcianos, mugre distribuida con equidad “socialista” y cables que la rayan a mansalva. También descuellan como una manera no muy sutil de sugerir similitudes con los protagonistas de la historia.
En todas las entrevistas participan laderos que acompañan, que espían detrás de un vidrio, una columna, una puerta. Son los siempre descartados por la edición del MIdI y por el periodismo que hace relaciones públicas. En Yo, presidente, Cohn y Duprat los lanzan al estrellato. La inclusión es clave porque en la traza de los segundos se ve la estatura de los primeros. Los laderos son más celosos que sus amos. Dicen lo que éstos no pueden decir y hacen lo que sus jefes no pueden hacer. Se ofuscan cuando la pregunta no está en el manual de procedimientos de lo “políticamente correcto”. Sugieren el silencio cuando el interrogante compromete, hacen señas cuando se trata de un consejo que no admite la voz alta. Son los ausentes del MIdI porque la naturaleza de su trabajo –y a veces de su aspecto– develaría la verdad sobre la fábrica que funciona detrás de la escuelita.
“Chiche” come yogur, fuma y cuida a “Negro”, reducido al tamaño de un enano de jardín con una oportuna apertura de cuadro; recurso que se reitera no como gimmick, sino puesto al servicio de la narración con una misión específica. Los directores ponen en las manos de Duhalde un trofeo de ajedrez que Eduardo dice haber ganado en buena ley. El tamaño desaforado del trasto revela la dimensión física del ex intendente de Lomas de Zamora. Numerosos “gorilas” protegen a Carlos; un taciturno secretario, que parece darse cuenta de qué va la cosa, a Don Raúl; Inés, a “Frenando”. “Me parece que salgo hablando muy lento para mi gusto” es una gema que De la Rúa le regala a la audiencia. Otra: le preguntan por la pastilla de Viagra que alguna vez se vio sobre su escritorio presidencial. Responde: “No sé. Yo no la uso”, sin aclarar a qué se refiere.
Un señor de buen traje y rígido sobrecejo vela por Eduardo Camaño, ex jefe de Estado por un día. “Yo no quería ser presidente, me llevaron ahí, no tenía alternativa”, confiesa sin presumir de patriota, mientras, por iniciativa de los realizadores, juega a los muñecos con útiles de oficina.
“A Rodríguez Saá lo elegí yo, ¿eh?”, descarga con curioso orgullo Federico Ramón Puerta, agitando el puño con el índice erecto. La vanidad del misionero transforma una impresentable bola debajo de un ojo en elegante lunar; defecto que, según él, lo acerca físicamente al ubicuo Juan Perón, con quien se compara, haciendo traer un cuadro del General donde destaca la similitud entusiasmado, como si fuera el signo de un destino.
Yo, presidente. La memoria convoca previsiblemente a Yo, Claudio, que en Argentina puede, con pertinencia, precipitar una relación sinonímica. Sin embargo, como dijo un pensador de cuyo nombre no quiero acordarme, los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces: la primera como tragedia y la segunda como farsa. “Farsa” es el nombre del juego cuyas reglas Duprat y Cohn develan con singular maestría.
* Director ejecutivo de la Fundación Internacional Raoul Wallenberg.