En 2005 se celebró en Granada un congreso mundial de filosofía del derecho. Allí, los principales expositores hablaban de la "gobernanza", palabra castellana rescatada del olvido a partir de la expresión "corporate governance". Se referían ni más ni menos que al gobierno del mundo: cómo debía formarse y qué principios habrán de presidir su gestión. Pero eran los días en que se debatía la luego fallida Constitución de Europa...que era para ellos como decir el mundo entero.
Globalización y etnocentrismo parecen, en efecto, dos polos opuestos de una misma reflexión. El primero se impone con la fuerza de los hechos: la diferencia entre pueblos, naciones y estados, con su secuela de límites territoriales, aduanas y pasaportes, viene de épocas en las que los transportes eran lentos, las comunicaciones engorrosas y a menudo inexistentes y los mercados separados por la distancia geográfica.
En nuestros días de velocidad y televisión satelital, de correo electrónico y buques de contenedores, las mercancías son ubicuas, las relaciones instantáneas y la cultura crecientemente uniforme. Es claro que, dentro de este cambio, el fenómeno del poder sigue siendo permanente. Y también es constante la tendencia del poder a colocar a quien lo ejerce en el centro del universo a considerar. Así se explica el etnocentrismo de los países ricos, como antes se explicaron las concepciones que consideraron centrales a Grecia o Roma, a los blancos frente a los indígenas o a los africanos, a los hombres frente a las mujeres, a los nobles frente a los plebeyos y a los chinos (el Imperio del Medio) o a los yámanas ("seres humanos") de la Tierra del Fuego frente a sus respectivos vecinos.
De esta suerte, el poder tiende a gobernar la globalización para extenderla y, al mismo tiempo, restringirla en su propio interés: de este último hecho es claro testimonio el endurecimiento de las restricciones migratorias en Europa y Estados Unidos, paralelo pero contrapuesto a la creciente libertad de circulación de mercaderías y recursos financieros.
Está claro, pues, que el comercio es global y que la cultura se dirige en la misma dirección, esmerilando poco a poco las peculiaridades étnicas o regionales de la periferia. El derecho, en cambio, se encuentra recluido aún en las fronteras de los estados nacionales, pese a ciertas evoluciones parciales y a algunos esfuerzos hacia la uniformidad, como la lex mercatoria, ordenamiento privado transnacional que, previsiblemente, propone una regulación universal de las transacciones por encima o por debajo de la autoridad legislativa de los distintos estados.
Para la unificación definitiva del mundo sólo faltan las leyes globales (que no han de confundirse con el tímido derecho internacional público). Por la vía convencional se hacen algunos adelantos, como el derecho penal internacional; pero todavía la unanimidad está lejos de alcanzarse y las expectativas se dividen en tres direcciones. Los argentinos, dentro de un Mercosur incipiente, miramos lo que hace nuestro gobierno.
Los europeos prestan creciente atención a las normas comunitarias, a las que están obligados a adaptarse. Pero es claro que todos, sin excepción, observamos con ansiedad las decisiones de un solo estado individual, que declara promover los intereses de sus propios ciudadanos pero, por su propio peso, condiciona la vida del mundo entero. La actual crisis financiera mundial, que a todos afecta, es una clara muestra de este fenómeno: desde que los problemas comenzaron, Henry Paulson y Ben Bernanke son primeros actores, mientras los ministros de economía de México o de Australia, por ejemplo, están lejos del escenario en el que se representa el drama global.
La globalización seguirá adelante en cualquier circunstancia, porque su motor es tecnológico y el conocimiento no puede revertirse. La unificación del mundo y las leyes globales parecen inevitables, nos gusten o no. Pero todavía estamos a tiempo de decidir cómo queremos que eso suceda. El proceso seguirá uno de dos caminos, y acaso sea posible influir un poco en la vía a emprender. Una alternativa es la construcción (urgente) de espacios de acuerdo cada vez más amplios, de tal suerte que el resultado final sea fruto de cierto consenso entre los pueblos. La otra es permitir que perduren las disensiones regionales, mientras la gobernanza nos afecta sin consultarnos. La primera prioridad, cuando los hechos aprietan, es pensar. Pensar con claridad, para actuar luego con eficacia.
La tendencia del mundo a unificarse y la emergencia de la actual crisis conforman un tema político, sí. Su base es económica, naturalmente. Su expresión final es jurídica, desde luego. Pero por debajo de todo esto, como trasfondo en el que se fundan criterios y decisiones, como marco común para explicar, construir o proponer maneras coherentes de armonizar los distintos puntos de vista, está la filosofía, que no es otra cosa que la teoría general del pensamiento, de ese mismo pensamiento que ejercemos a cada instante, a nuestro riesgo y a menudo temerariamente. Quienes menosprecian el salvavidas de la teoría y se lanzan sin él a la corriente de la práctica nos obligan a todos a correr riesgos evitables.
(*) Director de la maestría en Filosofía del Derecho de la Universidad de Buenos Aires y juez de la Nación.
Leyes globales para enfrentar la crisis financiera mundial
En 2005 se celebró en Granada un congreso mundial de filosofía del derecho. Allí, los principales expositores hablaban de la "gobernanza". Se referían ni más ni menos que al gobierno del mundo: cómo debía formarse y qué principios habrán de presidir su gestión.