Durante décadas los diseñadores fueron más que creativos, se convirtieron en celebridades capaces de eclipsar incluso a las casas de lujo que dirigían. John Galliano, Karl Lagerfeld o Hedi Slimane marcaron una época en la que la figura del creador se erigía como una marca en sí misma. Hoy ese ciclo parece llegar a su fin.
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Los recientes nombramientos de Jonathan Anderson en Dior y de Matthieu Blazy en Chanel consolidan una nueva tendencia. Se trata de perfiles que prefieren la discreción, con carreras centradas en la técnica, la confección y la coherencia artística a largo plazo, en lugar de la exposición mediática y la teatralidad.

La edad de oro de los diseñadores estrella en los años 90 y 2000 convirtió a los directores artísticos en figuras globales. Sus apariciones, declaraciones y polémicas eran tan comentadas como las colecciones que presentaban. Sin embargo, en un contexto económico desafiante, con desaceleración de la demanda en Asia y políticas proteccionistas en Estados Unidos, el lujo vuelve a poner al producto en el centro.
“Es un poco como la temporada que recompensa a los buenos alumnos”, reflexiona Pierre Groppo, jefe de moda de Vanity Fair France. Adrien Communier, de GQ France, coincide al señalar que “estamos muy lejos de Galliano o Lagerfeld, que eran reconocibles entre todos y parecían entidades por encima de las marcas”.
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Con ventas más moderadas tras los años de auge pospandemia, las casas de moda buscan reforzar su legitimidad a través de la calidad, la técnica y la herencia de marca. Alice Feillard, directora de compras en Galeries Lafayette, lo sintetiza al afirmar que las marcas necesitan recuperar un verdadero valor añadido. Menos espectáculo y más estilo. El cliente de hoy busca autenticidad y producto.
La estrategia es clara y apunta a contar la historia de la maison, subrayar su experiencia artesanal y reforzar la identidad de la firma por encima de la personalidad del diseñador.
Tanto Jonathan Anderson como Matthieu Blazy representan este cambio de rumbo. Ambos, con 41 años, llegan a Dior y Chanel tras carreras que evidencian talento y resultados. Anderson, al frente de Loewe durante más de una década, transformó a la casa española en uno de los mayores éxitos de LVMH, al tiempo que consolidó su propia firma JW Anderson.
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Blazy dejó su huella en Bottega Veneta, donde supo modernizar el icónico cuero trenzado y reposicionar la marca bajo el paraguas del grupo Kering. “Son perfiles cuya meta no es tanto revolucionar como construir un discurso coherente, auténtico y fuerte”, apunta Serge Carreira, especialista en lujo de Sciences Po París.
La conclusión parece inevitable. Las estrellas ya no son los diseñadores, sino las casas mismas. “Es algo muy positivo. Necesitamos recuperar más creatividad genuina”, asegura Feillard.
Aunque menos expuestos en medios y redes, estos creativos enfrentan un desafío mayor. Deben demostrar resultados financieros sin sacrificar identidad. “Se espera de ellos una visión creativa sólida, pero también rendimiento económico”, afirma la autora Sophie Abriat.
La moda cierra así una etapa en la que los diseñadores competían con las marcas por protagonismo. En la nueva era, la discreción, la coherencia y la artesanía toman la delantera. El brillo de las pasarelas cede lugar al valor duradero de los productos y el lujo redefine su camino lejos de los focos de la fama.
LV / EM