Para entender el origen del universo, no miró al cielo, sino a un pedazo de queso podrido lleno de gusanos. Con esa premisa insólita, el italiano Carlo Ginzburg revolucionó para siempre nuestra forma de leer el pasado, demostrando que los grandes relatos también se esconden en los personajes más minúsculos. El maestro indiscutido de la "microhistoria" murió este miércoles en la ciudad de Bolonia, dejando huérfana a una disciplina a la que le enseñó a mirar con lupa. Tenía 87 años.
La noticia de su partida fue confirmada a la prensa por su esposa, la también historiadora del arte Luisa Ciammitti, quien detalló que el funeral se realizará el viernes 19. Inmediatamente, el mundo académico e intelectual se mostró de luto para despedir a un pensador que logró algo casi imposible: sacar el estudio de la historia de los polvorientos despachos universitarios y convertirla en un relato apasionante, accesible y humano.

El gran aporte de Ginzburg fue correr el foco de atención. Hasta su llegada, los manuales de historia parecían estar reservados exclusivamente para los reyes, los generales victoriosos y las grandes batallas épicas. Él, en cambio, decidió bajar la vista. Convirtió en protagonistas a los herejes, los campesinos, las supuestas brujas y los perseguidos; aquellos sujetos anónimos que jamás dejaron un testimonio escrito, pero cuyas vidas y sufrimientos quedaron atrapados en las listas negras de sus verdugos.
Su consagración definitiva llegó en 1976 con la publicación de una obra maestra absoluta: El queso y los gusanos. En ese libro, el historiador rescató del olvido a Domenico Scandella, alias Menocchio, un humilde molinero del siglo XVI en la región del Friuli. Este hombre de campo fue condenado a la hoguera por la Inquisición, simplemente por atreverse a pensar distinto y comparar la creación cósmica con el proceso de putrefacción de un queso del que nacen los ángeles como si fueran gusanos.

Esa sensibilidad para empatizar con los oprimidos no nació de cualquier lugar, sino de una herencia familiar atravesada por la tragedia y la literatura. Carlo nació en Turín en la primavera de 1939, en el seno de un hogar brillante. Su madre fue la enorme novelista Natalia Ginzburg, y su padre, el filólogo Leone Ginzburg, un feroz militante antifascista que murió asesinado tras ser torturado en una prisión de Roma cuando Carlo apenas tenía cinco años.
A pesar de ese dolor fundacional, Ginzburg construyó una carrera académica impresionante que lo llevó a pisar las aulas más prestigiosas del planeta. Formado en la Scuola Normale Superiore de Pisa (donde años más tarde fue nombrado profesor), repartió su tiempo y su sabiduría dando clases en la Universidad de Bolonia y en gigantes estadounidenses como Harvard, Yale, Princeton y UCLA.
¿Tiene la historia un valor pedagógico?
La huella en Argentina y el peso de la infancia
El vínculo del historiador con nuestro país tuvo un broche de oro muy reciente, cuando en 2023 viajó a Buenos Aires para recibir el título de Doctor Honoris Causa por parte de la Universidad de Buenos Aires (UBA). En esa visita, Ginzburg deslumbró a docentes y alumnos con su lucidez y reflexionó abiertamente sobre los fantasmas que impulsaron su curiosidad intelectual durante más de seis décadas.
Fue justamente en esa gira donde el pensador habló sobre su metodología de trabajo y cómo eso impactó de lleno en su historia personal. Ginzburg explicó que su obsesión por rescatar a las víctimas de la Inquisición y la persecución religiosa estaba íntimamente ligada a su propia experiencia de supervivencia como nene judío que tuvo que esconderse del nazismo y el fascismo en la Italia de la Segunda Guerra Mundial.

Esa empatía con el dolor ajeno lo llevó a desarrollar la famosa técnica del "paradigma indiciario". Básicamente, Ginzburg le enseñó a varias generaciones de investigadores que, para encontrar la voz de los silenciados, hay que saber leer entre líneas los documentos oficiales. Así, transformó los expedientes, diseñados originalmente para condenar, en la única herramienta posible para revivir las creencias y esperanzas de los sectores populares.
"Mi privilegio no fue solo criarme rodeado de libros, también lo fue tener modelos", solía repetir el italiano cuando le preguntaban sobre el abrumador peso de su apellido familiar. Sin embargo, supo construir su propio camino sin quedar a la sombra de sus padres, convirtiéndose él mismo en el modelo definitivo para cualquier estudiante que sueñe con entender cómo vivía la gente común hace medio milenio.
TC/AF