Ezequiel Adamovsky, doctor en Historia por el University College London (UCL), licenciado en Historia por la Universidad de Buenos Aires e investigador del CONICET, lleva décadas estudiando las clases populares en la Argentina y las complejas formas en que el término "negro" es aplicado en el país: tanto como expresión de desprecio como de afecto y de identidad. Por eso, considera que toda afirmación taxativa sobre el racismo en el país peca de simplista
"La conversación se está dando en términos bastante idiotas", dice, en relación al acalorado debate generado en el contexto del Mundial de Fútbol. "Es ridículo decir que en Argentina no existe racismo; existe un racismo intenso. Pero es igualmente ridículo decir que es el país más racista del mundo. No sé de dónde saca Samuel L. Jackson que somos el país más racista del mundo, probablemente de videos de YouTube con información falsa", afirma.
El origen histórico del racismo en Argentina
—¿Qué quiere decir exactamente que un país sea racista?
—El racismo es una forma activa de discriminación. Quiere decir que es un modo de separar y jerarquizar el valor de las personas según una creencia, que es falsa: la idea de que hay atributos que se transmiten por el cuerpo, de generación en generación. Eso es el racismo. Y esa es una idea que estructuró todo el mundo moderno, especialmente en el espacio atlántico: Europa, América y África. Esa idea se utilizó para secuestrar personas de África, convertirlas en esclavas, trasladarlas forzosamente a trabajar a las Américas y Europa, y generar riqueza. En las sociedades atlánticas, el sistema de estratificación social está construido por diferencias de clases (de dinero, de tipo de ocupación), pero también por diferencias de color. Pasa en todas las Américas, de norte a sur, y por supuesto sigue afectando a África. Así que si la pregunta es si la Argentina es una sociedad estructurada por el racismo y si este forma parte de su cultura, por supuesto que sí, tal como sucede en todos los otros países del espacio atlántico.
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De la colonia a la invisibilización afroargentina
—¿Cómo comenzó el racismo en la Argentina en relación a la población afrodescendiente, y cómo evolucionó?
—Argentina nace de una colonia española, y en la época colonial la sociedad estaba establecida como una sociedad de castas. Es decir, una estructura en la cual el grupo étnico y el color de una persona determinaban por nacimiento el lugar que ocupaba. Eso asoció el color negro y la procedencia africana con la condición abyecta de la esclavitud; la menor valía de una persona por ser esclava era una especie de sinónimo de su color de piel, y eso generó todo un sistema de prejuicios, desprecio y odio hacia la población afrodescendiente que nos acompaña hasta hoy. En todo el mundo sigue habiendo una percepción antinegra muy poderosa y nuestro país no es la excepción.
Buenos Aires fue un puerto importante de tráfico de esclavos y en todo nuestro país hubo presencia de ellos. En 1830, los afrodescendientes, tanto libres como esclavos, formaban el 30% de la población; tenían una presencia y visibilidad muy grande. Esa visibilidad comenzó a perderse a fines del siglo XIX, por varios motivos.
—¿Cuáles?
—Por un lado, disminuyó su peso demográfico porque llegó una oleada masiva de inmigración europea. La población afrodescendiente pasó de ser el 30% en 1830 al 2% en 1880, sin que hayan desaparecido ni se hayan extinguido. También perdieron visibilidad por un proceso de gentrificación en la ciudad de Buenos Aires: antes vivían juntos en zonas como San Telmo y luego fueron desplazados hacia el conurbano y se dispersaron.
—¿De dónde viene la idea de la "Argentina blanca"?
—Eso es lo más importante en este proceso de invisibilización: desde fines del siglo XIX, el Estado argentino adoptó una narrativa que indicaba que la Argentina es un país blanco y europeo. Ese discurso se enseñó en las escuelas y presionó fuertemente hacia la invisibilización de la comunidad afroargentina, bajo la premisa de que "en Argentina somos todos blancos". Con lo cual la comunidad afroargentina recibió violencia simbólica por partida doble: por el desprecio hacia lo negro y por la negación de su presencia.
Integración y racismo: por qué "negro" puede representar cariño o desprecio
—¿Cómo convive ese desprecio por lo negro con su integración cultural?
—Hubo un proceso simultáneo en el que en la sociedad argentina se fueron construyendo lazos de solidaridad desde muy temprano entre blancos, negros, mestizos e indígenas, sobre todo entre las clases populares. Además, la Revolución de Mayo y la independencia en Argentina tuvieron un sesgo muy igualitarista. En 1813 se sancionó la Libertad de Vientres, que acabó con la transmisión hereditaria de la esclavitud, y se interrumpió el tráfico. La esclavitud se terminó de abolir en 1853 con la Constitución Nacional (en Buenos Aires, en 1860). Desde muy temprano, la población negra libre fue declarada igual en derechos que la blanca. En 1831, Buenos Aires tenía una ley electoral muy progresiva que le daba el derecho al sufragio a cualquier varón libre sin importar su educación o color.
Esa igualdad formal convivía con la continuidad del racismo. A diferencia de Estados Unidos, en Argentina no hubo regímenes de segregación racial. Jamás hubo prohibición del casamiento interracial ni formas legales de separación en transporte, hospitales o baños. En el mundo popular hubo contactos muy estrechos y los afroporteños participaron decisivamente en la formación de la cultura popular como el tango, el carnaval y el candombe.
—¿Cómo es que "negro" en Argentina puede usarse como apelativo afectuoso o como insulto?
—A fines del siglo XIX pasa algo muy interesante: este lazo de solidaridad en el mundo popular crea una cultura compartida con elementos negros muy poderosos. Se afirma una costumbre muy particular: las personas empiezan a dirigirse unas a otras diciéndose "negro" en sentido afectuoso. En la década de 1880 ya aparece documentado que gente de clase popular que no es negra se llama "negro" entre sí. Mi hipótesis es que los blancos copiaron esa costumbre afectuosa de los afroargentinos.
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Simultáneamente, las clases altas comienzan a transferir sobre todos los pobres, sin importar el color de piel, el apelativo "negro" en sentido de desprecio. Algo muy peculiar de la Argentina es que se usa el término para referirse a alguien plebeyo culturalmente o pobre, sin importar si tiene la piel clara u oscura. El desprecio racista que antes se dirigía a los afroargentinos se derramó sobre el conjunto de las clases populares.
Así, durante todo el siglo XX conviven el racismo antinegro tradicional (que ataca a cualquier persona de tez amarronada o simplemente pobre) y, al mismo tiempo, la valoración de lo negro como algo genuinamente popular o afectivo.
—¿Esta resignificación del término "negro" es exclusiva de nuestro país?
—El uso de "negro" en sentido afectivo, nombrando a personas que no necesariamente son de piel oscura, es común en Argentina, Uruguay y otros países latinoamericanos como Cuba. Lo que es peculiar de Argentina es usarlo para referirse al conjunto de las clases bajas (llamar "negro" a un blanco si es pobre).
El uso como afecto tiene que ver con la formación de un sentido de comunidad en el mundo popular. En ese "nosotros popular", los afrodescendientes tuvieron un lugar central aportando prácticas festivas como el candombe. Esos lazos de transferencia cultural le dieron una connotación positiva relacionada con lo popular y la alegría, que convive con la persistencia del uso racista.
Además, como las clases altas trataban de descalificar a las clases bajas llamándolas "negras", el término fue utilizado políticamente como afirmación. Los antiperonistas llamaron "cabecitas negras" a los peronistas para descalificarlos, y tiempo después el peronismo levantó esa bandera en sentido desafiante. Hace unos años hubo incluso una agrupación kirchnerista cuyo nombre era "Negros de Mierda", afirmando esa negritud como algo de valor, a pesar de que la mayoría eran de tez clara.
También aparece el apodo "El Negro" o "La Negra" para personas blancas de renombre, como el Negro Fontanarrosa o la Negra Bozán. En la cultura popular lo negro adquirió un cierto prestigio como algo alternativo, rebelde y moderno.
—Entonces, ¿cómo se explica una expresión como "yo no digo negro de piel, digo negro de alma"?
—Se relaciona con un cambio en las doctrinas racistas a fines del siglo XIX: el racismo científico y el positivismo. Se planteó que la mezcla con alguien no blanco generaba una "mancha" en los genes que persistía incluso si la persona lucía blanca. La idea era que alguien podía ser blanco pero tener esa mancha por ancestría o por compartir el universo popular, y que podía transmitirlo a su descendencia: lo que los positivistas llamaban atavismos..Se asoció con atributos de desprecio moral: que son vagos, violentos, irracionales, desordenados, promiscuos, de vida disipada; todo lo que se asocia a lo plebeyo. Cuando se dice "negro de alma", se desprecia todo ese universo cultural más que la apariencia física.
La mirada internacional y el debate sobre los discursos vs. la realidad material
—Entonces, ¿de dónde cree que surgió esta idea de que la Argentina es un país más racista que otros, que circuló tanto durante este Mundial?
—Hubo un movimiento sin precedentes de ataque a la Argentina y uno de los ejes fue este supuesto racismo singular. Por un lado, la denigración de la Argentina es una prédica constante incluso en propios sectores locales. Tuvimos un vocero presidencial que acaba de decir que Argentina es un país "bananero", utilizando un desprecio que alude a lo caribeño e indirectamente a lo afro. Invitaría a ver el desprecio por lo argentino que hay por parte de los propios argentinos: periodistas hablando del conurbano "africanizado" o alusiones constantes relacionando lo argentino con lo negro y africano en sentido de desprecio.
Argentina es de los pocos países cuyas élites invitaron a pensarse como un país blanco y europeo, lo que significa negar la presencia del no blanco. Eso produce un sentido de superioridad de muchos argentinos respecto de lo latinoamericano. Recordamos a Alberto Fernández diciendo que "los argentinos descendemos de los barcos y los brasileños de la selva", o a Mauricio Macri diciendo algo parecido. Eso repercute en toda América Latina y genera problemas internos y externos.
—¿Cómo se interpretan en este marco las declaraciones de la vicegobernadora de Mendoza, Hebe Casado, que llamó a la Selección de Francia "equipo africano"?
Las declaraciones como las de la vicegobernadora de Mendoza corren por otro carril: ahí hay ignorancia al no ver que Francia hoy es una sociedad diversa y se busca desacreditar a su selección por asociación con lo africano.
—¿Qué relación hay entre tener un país racista y que se escuchen cantos racistas en las canchas?
—El racismo no es una cuestión de palabras ni de que alguien opine mal de otro. Lo principal del racismo es que ordena a las personas, y a algunas les quita oportunidades y las somete a violencias materiales concretas. Si tengo que decir qué es lo más racista de la sociedad argentina, es lo mismo que en cualquier otra sociedad: si uno ve quiénes son los pobres y quiénes son los ricos, va a ver que los ricos tienden a ser todos blancos y los más pobres tienden a ser de tez más oscura. Eso es el racismo. Si uno ve quién está en las cárceles o a quién le aplica gatillo fácil la policía, va a encontrar que esos cuerpos son particularmente de tez amarronada y no blancos.
A veces se corre el foco a la cuestión del vocabulario y esto me parece un problema. Uno podría "limpiar" el vocabulario, quitar todas las palabras o los cantitos de fútbol despectivos del ámbito público; sin embargo, si la sociedad sigue siendo exactamente igual de racista, la policía seguirá matando a chicos de tez amarronada y ellos seguirán ganando menos en el mercado de trabajo que los blancos.
En este sentido, es cierto que los cantos de una hinchada argentina con agresiones racistas contribuyen al racismo. Y cuando son escuchados por sociedades como la francesa, la estadounidense o la inglesa —que ya limpiaron su lenguaje público de expresiones racistas implícitas—, les suena totalmente chocante. Perciben que quienes cantan son personas abominablemente racistas. Todo eso contribuye. Pero quiero insistir: ni la palabra ni el canto en una cancha de fútbol son una indicación crucial para determinar si una persona o una sociedad es o no racista. El foco está en la práctica material de la discriminación. Luego vemos lo simbólico y los términos, que por supuesto también son importantes, pero no hay que descuidar lo crucial.