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SOCIEDAD / Base esperanza
sábado 23 mayo, 2020

En la Antártida funciona la única escuela que sigue dando clases con normalidad

Al no haber ningún caso en la región, el Ministerio de Educación de Tierra del Fuego estableció que puede seguir con sus actividades. Asisten a diario 14 niños y adolescentes.

Rutina. La escuela cumple una función no solo educativa: también ejerce un lugar social de organización de la vida de los alumnos. Foto: base antartica esperanza

Del otro lado del teléfono, se adivina, Víctor Navarro se sonríe y comenta lo que le genera observar desde lejos cómo quienes estamos en “el continente” –como llaman allí a la porción de la Argentina que está “del otro lado del canal de Beagle”, dice– estamos, por una vez, desorientados: no hay clases en las escuelas y debemos, al menos hasta que el presidente Alberto Fernández anuncie el final de la cuarentena obligatoria, estar aislados. 

Navarro es el docente de la Escuela Provincial Nº 38 Raúl Alfonsín en la base antártica Esperanza. Su mujer, Mariana Ibarra, es la directora. La pareja y sus dos hijos son parte de los 65 argentinos que viven en esa parte inhóspita del país que hoy mira al resto con extrañeza. “Es algo raro, porque uno cuando viene a la Antártida se prepara para el aislamiento, para que en algún momento del año no tengamos comunicación con el continente, que nos quedemos sin medios de transporte porque, por la geografía del lugar, los vuelos a la base se suspenden y reducen al mínimo. El avión ameriza en el glaciar Buenos Aires solo por alguna razón de emergencia. Así que estamos preparados para estar solos”, explica. En 2018, “de mayo a septiembre no tuvimos comunicación de ningún tipo”, recuerda sobre su experiencia anterior en el lugar, al que los maestros antárticos, como los llama, van por un año –siempre con la condición de ser pareja– y pueden elegir volver, como Navarro e Ibarra. 

Lo que sí no anticiparon era ser noticia: desde que se convirtieron en la única escuela de Argentina que aún funciona con clases presenciales, no paran de contarlo. “Uno no espera que en el continente haya pasado algo como lo que está pasando. Llegó un momento de esta pandemia en la que ser los únicos que podíamos circular libremente fue como una paradoja”, asegura. 

Rutina. En la Antártida viven 15 chicos y adolescentes. Solo uno tiene 19 años y está cursando el CBC a distancia, en su casa. El resto –los otros 14– son los alumnos de la escuela, repartidos desde jardín hasta sexto grado. Los de nivel inicial y primaria “cursan con mi mujer, Mariana, conmigo y con las dos auxiliares de base. Los cinco del secundario estudian con la plataforma de diplomáticos que acredita la escolaridad a distancia. Nosotros les prestamos un lugar para que sigan yendo a un espacio físico como si estuviesen en la secundaria. Para un adolescente, acostumbrarse a cursar solos o a distancia es más difícil”, explica. ¿Suena familiar ahora? 

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“Lo que hacemos en la escuela de la Antártida es convocar a una auxiliar de base, mamá de una familia, para que sea tutora. Ella es la que los va guiando y hace que los chicos entren en los foros, en las plataformas, que entreguen los trabajos prácticos. Se encarga de que todos lleven al día las materias”, explica. Para ellos, la “nueva normalidad” es lo habitual. 

“Si no hay una rutina en la cual los chicos se levanten, vayan a la escuela, tengan horarios, allí es donde empezamos a tener problemas. Lo que hacemos es tener el día organizado. Cuando nos toca estar adentro –porque hay momentos en que nos toca estar una o dos semanas en casa si hay temporal–, lo que hablamos con los padres es que hay que tener el día ordenado y organizado con rutinas; hay un momento para el estudio, otro para jugar, otro para leer, escuchar música. Tratar de que no haya espacios muertos en el día para que no se aburran y empiecen los problemas”, detalla. 

Boletines, en duda. La escuela depende del Ministerio de Educación de Tierra del Fuego. Cuando se suspendió la presencialidad en el país, seis días antes de que se decretara el aislamiento social y obligatorio, el distrito les dijo que al no haber ningún caso no tenían por qué suspender sus clases ni manejarse de manera virtual. “En ese momento no sabíamos que íbamos a convertirnos en la única escuela del país en funcionamiento. Nos pidieron que completáramos el ciclo lectivo normalmente”. 

Pero, otra vez a diferencia del resto del país, tampoco suspendieron aún las calificaciones. “Nosotros estamos evaluando de la misma manera en la que lo hacían todas las escuelas hasta antes de marzo. Seguimos poniendo notas, salvo que en esta semana venga una nueva directiva. Lo del Consejo Federal de Educación (N. de R.: el viernes 15 decidieron por unanimidad que no habrá calificaciones numéricas en ningún distrito del país hasta que vuelvan las clases presenciales) nos tomó de sorpresa, y todavía no tenemos ninguna noticia sobre tener que evaluar de otra forma”. 

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El otro desafío que enfrentan es enseñar en plurigrado. “En Tierra del Fuego tenemos pocas escuelas rurales. Trabajamos planificando bien las actividades para todos los grados y cuando tenemos un contenido, tratamos de darlo para todos e ir complejizándolo a medida que se avanza en los ciclos”. Esta manera de enseñar, asegura, “es muy rica, porque todos están presentes en las explicaciones y absorben los conocimientos de una forma sorprendente. Los más chicos son los que nos sorprenden. Nivelamos para arriba. Le podemos dedicar más tiempo al alumno, es casi un trabajo de uno a uno. En el continente llegué a tener 32 alumnos; acá son menos de diez”, asegura. 

El secretario de Malvinas, Antártida y Atlántico Sur de la Cancillería, Daniel Filmus, dice que “Argentina es el país que tiene mayor trayectoria y despliegue en la Antártida, y su característica de país bicontinental se afianza con la presencia educativa. Siempre la escuela en nuestro país fue una herramienta que afirma la presencia nacional en los confines del territorio”.

Pioneros en aislamiento. La vida en la Antártida puede ponerse difícil, asegura Navarro. El clima los fuerza a estar adentro –las ráfagas de viento superan los 100 km/h y el frío baja a -30 °C fácilmente–, por lo que la rutina puertas adentro está organizada y planificada a la perfección. “Tendríamos que haber dado charlas a todos”, ríe sobre la paradoja de haber tenido que aprender a estar aislados. “La experiencia que nos deja venir aquí es eso: cuando estamos compartiendo mucho tiempo en casa, tenemos que utilizar esa estrategia para que la convivencia sea la mejor posible. En la rutina diaria normal la vida se hace más fácil, se comparte poco tiempo juntos. Pero cuando estamos las 24 horas adentro sin estar organizados es cuando ‘viene el caos’. La planificación nos ayuda a dar un sentido, tenemos el tiempo programado y ocupado para cada actividad y eso lo trasladamos a quedarnos en casa”, asegura.

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Cuando el Covid-19 “era algo lejano, que ocurría en otros países, a los chicos les preocupaba cuando hablaban con sus familiares o amigos en el continente. También si el virus podría llegar acá. Al ver que ellos necesitaban información, hablamos con el jefe de base y coordinamos con los dos médicos que tenemos este año dos charlas: primero en la escuela, y luego con los adultos. Una vez que los chicos se dieron cuenta de que acá no podríamos contagiarnos, su preocupación derivó en cómo hacemos para que nuestros amigos y familiares no se enfermen. Cuando se decretó el aislamiento, ellos veían que allá en el continente había incertidumbre, no se respetaba el aislamiento y, a partir de lo que les comentaron los doctores, les daban recomendaciones a sus familiares y amigos”. 

Y aunque para Navarro la pandemia se ve “como en una película”, dice, los chicos de la base “incorporaron todo lo que hay que hacer para cuidarse: se saludan con el codo, se lavan con frecuencia las manos, usan alcohol en gel después de los recreos, del desayuno”. La vida después también los inquieta: “Lo que hablamos mucho con ellos es que una vez que regresemos seremos nosotros los que tendremos que adaptarnos a esa nueva normalidad. Nos resulta superextraño ver a todos con tapaboca, porque no tenemos que utilizarlos. Sabemos que será un impacto fuerte. Tendremos que cumplir con protocolos a los que no estamos acostumbrados”. 

“Uno, estando acá, no toma dimensión de lo que está pasando con la pandemia. Creo que recién lo haremos con el tiempo”, dice, antes de pedir disculpas: es tarde en la Antártida, y la mañana llega pronto. A las ocho hay que abrir las puertas de la escuela para recibir a los chicos.


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