Cuatrocientas sesenta mil personas ansiosas de expulsar a una señorita de hábitos ligeros de la sagrada casa de los milagros; revistas que duplicaron su venta poniendo en sus tapas a unos pobres chicos cuyos atributos son los de Lucifer: la ferocidad, la estupidez y la belleza; programas de chismes –o poco más- que medían un punto y medio de rating y pasaron a medir quince; colas para asistir a las “galas” pobladas de cincuentones que pugnan por participar de la gran fiesta de esta versión sainetesca de los hundidos y los salvados, que haría horrorizarse a Primo Levi.
La televisión nos tiene acostumbrados (lo digo con la autoridad de quien no desprecia el medio y le dedica un par de horas por día) a sus tristes shows y sus festivales de lo peor, pero el Gran Hermano nacional está excediendo todos los límites desde su inicio, cuando sus cultísimos productores le pusieron ese nombre en lugar de Hermano Mayor, que es como se traduce con exactitud Big Brother, la alucinante entidad inventada por George Orwell para su obra maestra sobre el totalitarismo. Lo digo con la autoridad de quien no ha mirado jamás diez minutos seguidos del programa y goza –por lo tanto- de la autoridad intelectual necesaria para opinar sobre una materia tan grave: la mediocridad erigida a atributo.
Es que Gran Hermano pone en escena esa parte inevitable de toda vida humana de la que todo animal cerebrado trata de huir como de la peste: horas vacías de significado pasadas a inventar tragedias sobre los sillones del living o llenadas artificialmente con ceremonias de las que una persona decente abdica allá por la escuela primaria. Y es esa –sospecho- su única atracción, de la que se derivan su extraordinaria capacidad de transformar la pantalla de TV en un espejo imaginario y su mensaje oculto, que convoca multitudes y que dice: no importa cuán imbécil sea usted, difícilmente logrará superar a nuestros participantes; de manera que la fama, la riqueza y la felicidad están (no importa cuán bajo haya usted caído por el momento) a su alcance. Se trata del mensaje subliminal que otrora encarnaba, mucho más modestamente, el ex gobernador de Tucumán y candidato a vicepresidente de la Nación Palito Ortega: no importa lo insípido que usted sea ni lo mal que cante… etc. y etc.
Pongámonos de acuerdo: no hay nada de malo en la mediocridad. Todo aquel que observe con atención la curva dibujada por el alemán Gauss concluirá que la mediocridad es –por definición- la regla, y la excepcionalidad, verbigracia, la excepción.
Todos somos mediocres en la mayor parte de los aspectos que componen nuestras vidas, aunque a veces logremos destacarnos en una cosa o dos. Lo malo de Gran Hermano, y lo que constituye su carácter de metáfora suprema de la Argentina ayer menemista y hoy kirchnerista, es la mediocridad presentada como virtud suprema y espectacular, digna de ser televisada. Una mediocridad soberbia y exaltada, instalada en lo alto del escenario y convencida de su genialidad, que -por las dudas, para evitar desentonar- está dispuesta a acabar con todo talento y sensibilidad.
Algo tiene Gran Hermano para que su análisis remita inexorablemente a Primo Levi y George Orwell, como bien comprendieron los que le pusieron el nombre. Terminemos, pues, citando a Hannah Arendt, quien encontró la banalidad en el mal. Le faltó la ocasión de admirar a las valientes huestes de Jorge Rial para descubrir también la maldad de lo banal.
"Gran Hermano" continúa batiendo récords y despertando polémicas
El programa sigue siendo lo más visto de la TV argentina: la participación telefónica para expulsar a una participante fue similar al padrón electoral de la provincia de Santiago del Estero. Pero ese fenómeno genera algunas reflexiones acerca de la filosofía Gran Hermano: a pesar del acostumbramiento alrededor de tristes shows que suele proponer la TV, el envío parece exceder aquellos límites desde el principio. La mediocridad erigida como atributo y la maldad de lo banal, son parte esencial de un éxito que trasciende la pantalla y que se convirtió en una cuestión social.