El mundo está lleno de ideas. Y ahora están al alcance de un prompt. El tema no es tenerlas. Es si pueden tomar forma de empresa.
Inventar es producir algo que no existía. Innovar es que eso llegue de otra forma y que esa forma sea novedosa. Schumpeter lo escribió hace un siglo y todavía se confunde en los powerpoints: la innovación no es un invento. Es lo que reorganiza una industria cuando un producto o un servicio resuelve un problema de un modo distinto, y ese modo es nuevo, es novedoso.
Por eso emprender en el campo de la innovación no es abrir un comercio. Un comercio tiene demanda conocida, costo conocido, mostrador. Una empresa de base científico-tecnológica arranca en otro mapa. El laboratorio sigue haciendo pruebas. El cliente no tiene nombre. La regulación todavía no sabe cómo llamarle. El capital pide plazos que el tecnólogo no puede cumplir. Entre el paper y la factura hay un tramo que, en el oficio, se llama valle de la muerte. Ahí se caen proyectos buenos. Y no por falta de talento, por falta de fase piloto, de primer comprador y de alguien que traduzca a un científico en empresa sin romper su proceso.
Ese tramo tiene nombre. Los TRL —los niveles de madurez que NASA empezó a usar para no mezclar un ensayo con un sistema que ya vuela— van del 1 al 9. La universidad es muy buena en el 1, el 2 y el 3. El mercado, cuando aparece, llega en el 8 y el 9. Un parque de innovación trabaja el medio: el 4, el 5, el 6 y el 7. Validación. Prototipo en condiciones reales. Primera unidad. Primer contrato.
¿Qué se hace adentro de un parque de innovación?
Se comparte lo que una startup no puede alquilar sola: laboratorio, bioseguridad, básicamente la estructura física que no entra en una laptop. Se arma el spin-off: la investigación deja el laboratorio o la universidad y se vuelve empresa, con propiedad intelectual, socios y un plan. Se elige quién entra, porque el metro cuadrado de un laboratorio no es el de un escritorio, reúne partes interesadas que en un cowork simple no encontrás. Se acerca la demanda: una corporación o una ciudad formula un problema, prueba productos o servicios y recién después compra. Se acerca el capital que entiende ciclos largos. Y se mira lo que importa: contratos, empleo, empresas que se quedan en el territorio aportando a la economía regional. Eso es transferencia de base científico-tecnológica. De todos modos el parque no reemplaza a la universidad, al laboratorio ni al mercado. Acorta el precipicio entre los dos.
Hoy se abre al público el espacio del “Parque de la Innovación”
Un ecosistema que no es un recinto. Es la red que se crea con los nodos correctos: investigador, founder, inversor, empresa, a veces el Estado. El parque es el nodo físico. Si la proximidad baja el costo de cruzarse, hay infraestructura. Si no, solamente hay metros cuadrados. En el mundo ese nodo toma formas distintas. Conviene mirar algunos, no para coleccionar postales. Para ver el trabajo en otros lugares.
En Barcelona el modelo no es un predio con molinete. Es un barrio. En el 2000 el Ayuntamiento reconvirtió unas doscientas hectáreas industriales de Poblenou y las llamó 22@. Empresas, universidades, vivienda y vereda, en el mismo ecosistema. Una sociedad municipal lo gestiona. El producto no fue un edificio únicamente: fue un distrito. Josep Miquel Piqué dirigió 22@Barcelona y teorizó ese modelo. El Parque de la Innovación de Buenos Aires lo sumó a su Board of Advisors. La Ciudad Autónoma de Buenos Aires no mira 22@ de lejos. Se sienta a esa mesa.
En Hsinchu, Taiwán, el Estado abrió en 1980 un parque científico-industrial. Tierra, energía, universidades al lado, reglas. La ciencia se vuelve fábrica. TSMC se instaló ahí en 1987 y creció en ese mapa. No se discute si “hay innovación”. Se discute si sale un wafer. En París, Xavier Niel compró la Halle Freyssinet —una antigua estación de carga— y metió mil startups bajo un techo. Station F abrió en 2017. Postulás, un comité te elige, pagás. Hugging Face salió de ahí. Un campus que se declara campus. El Estado aparece como socio, no como dueño. Barrio, fábrica, campus. El mismo tramo, distinta arquitectura. Ahora volvamos.
En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires ese tramo ya tiene lugar. El Parque de la Innovación está en Núñez, doce hectáreas del ex Tiro Federal, Libertador y Udaondo. No es una secretaría o un ministerio. Los lotes están en manos de universidades y empresas. Lo administra un ente público no estatal, por derecho privado, con una asamblea mixta. Ciencia, startups, corporaciones y Ciudad, en la misma mesa. Adentro están UBA, UTN, ITBA, Di Tella. El talento no hay que importarlo: hay que conectarlo.
Hay un laboratorio abierto, el +54Lab: la pieza que una biotecnológica o un equipo de hardware no consigue en un cowork. Mesa y Wi-Fi no validan una cepa. Un laboratorio, sí. Hay membresías para startups y para corporates que llegan con un problema, no con una visita guiada. Hay verticales que coinciden con lo que el país ya produce en ciencia: biotecnología, agro, salud, inteligencia artificial, aeroespacial. Hay un proceso de entrada al parque. Se postula con deck, equipo, estado del producto, vínculo científico y necesidad de espacio o laboratorio. Un comité evalúa. Station F elige. Núñez también.
El metro cuadrado de un laboratorio se asigna a quien puede usarlo. Hay red internacional: la IASP, donde se discute transferencia y cómo se queda el talento. Y hay el tipo de proyecto que justifica el predio. Microorganismos de la Antártida. Edición genética para el agro. IA. Salud. Eso no entra en la mesa de un bar de Palermo. Entra donde hay laboratorio, universidad al lado y una empresa dispuesta a probar. Doce hectáreas no son doscientas. No tienen que serlo. Un parque urbano hace una cosa: la franja del medio. Laboratorio que no existe en Palermo. Primer contrato. Empresa que se queda.
La innovación argentina no parte de cero. Produce ciencia, ingenieros, founders. Produce, además, una cultura de armar empresas en condiciones que en otros países cancelarían el trimestre. El cuello de botella casi nunca es la idea. Es el medio. Publicamos. Patentamos poco. Transferimos menos. Formamos investigadores de primer nivel y después les pedimos que improvisen empresa, o que se vayan. Un parque existe para atacar ese agujero. No le pide al predio que resuelva el país. Le pide que resuelva un tramo. En Núñez ese lugar ya está. Tiene dirección, universidades, laboratorio, red y quién entra. Ahora hay que usarlo.
MEG