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Hematoma pragmático

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A un mes del alta médica, la Presidenta encontró lo que hasta ahora es un eficaz tratamiento para su recuperación física, mental y política. Pocos lo quisieron ver, pero este año ya había dado señales contundentes de que –por convencimiento o necesidad– no era tan dogmática o inflexible como muchos creían o querían.
El pragmatismo forma parte del ADN peronista, generador incansable de contradictorias transformaciones. Y siendo la política el arte de lo posible, en el peronismo todo es posible. También en Cristina Fernández de Kirchner.

Las mutaciones K en torno al papa Francisco exponen ese estilo. De la pésima relación siendo Jorge Bergoglio arzobispo y la frialdad oficial con la que se recibió su unción como pontífice (que incluyó algún ataque desde sectores aliados), se pasó con más prisa que pausa a la identificación y a guiños inesperados.
Ese proceso se aceleró en las últimas semanas. El kirchnerismo que impulsó como nadie en el país y en Latinoamérica reconocimientos legales sobre diversidad de género (espantando al catolicismo tradicional) es el mismo que cedió a reformas en el Código Civil –impulsadas por la Iglesia– que involucionan muchos de estos avances. De todas formas, varios diputados K confían en volver al proyecto original cuando traten el tema en 2014.

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Fuentes oficiales admiten que en ese mismo camino también hay que enmarcar la llegada de Jorge Capitanich. A su merecida fama de buen gestor, acumulador de éxitos electorales y candidato con chances 2015, tiene el –en estos tiempos– plus de ser muy católico, lo que es reconocido por Francisco.
La designación al frente de la Sedronar del sacerdote Juan Carlos Molina confirma la tendencia. Es lógico el nombramiento de alguien que asesoraba a Alicia Kirchner y también funciona como respuesta a las críticas de la Iglesia respecto a las responsabilidades políticas por el irrefrenable avance del narcotráfico. Y tampoco debería soslayarse que Molina es tan peronista, conectado a las problemáticas sociales e hincha de San Lorenzo como el Papa, que ya recibió con agrado la noticia.
Otro ejemplo paradigmático de la transformación K es el acuerdo con Repsol. A la misma empresa que se humilló con la expropiación –y el protagonismo excluyente del actual ministro de Economía– ahora se la va a indemnizar, que es lo que se suele hacer según las reglas de juego capitalistas. Nada menos que aquello que pedía a gritos Miguel Galuccio para lograr inversiones y hacer viable el autoabastecimiento energético de YPF, aquel que este mismo Gobierno (con varios responsables que se mantienen en sus cargos) dilapidó.

Es tan cierta la voltereta kirchnerista en esta cuestión petrolera como la generalizada histeria mediática y opositora, una actitud que suele extenderse a casi todo lo que hace o deja de hacer el oficialismo. Lo mismo ocurrió en el acuerdo con Chevron. Los mismos que reclamaban apertura al capital extranjero y sostenían que estábamos aislados del mundo pasaron a denostar el entendimiento por sus cláusulas supuestamente leoninas, como si las empresas fueran ONGs.

Con una reacción obvia, idéntica actitud se registró ante el entendimiento con la compañía española. Los mismos que atacaron la confiscación y proclamaron que nunca Repsol aceptaría reducir sus pretensiones (entre ellos, varios comunicadores de aceitadas relaciones, en el sentido más amplio, con la petrolera hispana) pasaron a detenerse sólo en la contradicción oficial o en tratar de instalar que también este principio de entendimiento es antieconómico. Curioso: todos los medios españoles dan cuenta del malestar interno en Repsol por lo que consideran un muy mal acuerdo para la empresa, mientras aquí hay quienes insisten –e insistirán– en pretender convencernos de lo contrario.

En el Gobierno se habla de más cambios. Nuevas caras en el Gabinete, mayor apertura hacia la oposición, cambios en la cúpula del Indec, negociaciones reservadas con el FMI y fondos buitre... El lifting kirchnerista se aplica al envase y al contenido, por más que los relatos ultra K o anti K digan otra cosa. Semejante concepción de que sólo es verdadero aquello que funciona (“la única verdad es la realidad”) incomodará a los militantes ideológicos, pero es el remedio al que recurrió la Presidenta para mantener el poder y recargarlo. Habrá que ver la efectividad de la dosis.