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SOCIEDAD / Opinión
miércoles 7 marzo, 2018

La información quiere ser libre

Unas pocas plataformas digitales estudian el inconsciente de millones de personas conectadas a la red y saben más de nosotros que nosotros mismos.

por Alejandro M. Correa

Hoy vale más una compañía que maneja información que una de alimentos. Foto: Cedoc

En el futuro todos tendremos 15 minutos de anonimato, pero hoy somos información que ofrenda todo el tiempo sus datos de manera voluntaria: dónde estamos, qué nos gusta, qué tememos y qué amamos. Unas pocas plataformas digitales estudian el inconsciente de millones de personas conectadas a la red y saben más de nosotros que nosotros mismos.

El conocimiento siempre perteneció a la comunidad hasta la invención de la imprenta. Desde entonces se envasó y se le puso precio como a un producto más de la revolución industrial. Nacieron los derechos de autor y las patentes. La información se transformó en propiedad que se maneja como mercancía. Pero en la Era Eléctrica la información vuelve a la comunidad. Con tanta información libre circulando es necesaria su organización. Entonces adquiere un valor especial el que logra administrar de manera eficiente los bienes disponibles y facilita el acceso. El que la maneja y distribuye adquiere poder. Así la rueda gira con más velocidad: si conozco lo que te gusta, te ofrezco lo que ya existe y si no lo produzco. Cambia la forma de transacción pero lo que continúa inalterable es que la información es poder.

Como la información tiene la capacidad de reproducirse, a medida que aparece se multiplica y se vuelve caótica. Como cuando nos volvimos sedentarios la comunicación y la cultura organizaron a la sociedad. En esta época el primer gran organizador de la venta de información fue Steve Jobs con iTunes: rompió el disco en pedazos y modificó la división de las regalías de decenas de actores a unos pocos. Una parte para el autor, otra para el dueño de la licencia y otra para la plataforma. Salvó a la industria de la música de una anunciado quebranto y la sacó de su laberinto. Luego vinieron Amazon, Netflix y Spotify. Facilitan y organizan el acceso a la información a un precio accesible. Pero no llegan a ser soluciones completas.

En un comunicado oficial, Reed Hastings CEO de Netflix, señaló que su mayor desafío en todo el mundo es la competencia que tiene con Popcorn Time. Una plataforma peer to peer creada por el argentino Federico Abad. Tras un acoso judicial furioso de la industria, decidió cerrarla en marzo de 2014. Pero como fue creada con código abierto comenzó a ser gestionada por miles de personas en todo el mundo. La carta de despedida de @abad de Popcorn Time debería ser de lectura obligatoria para el establishment: “La piratería no es un problema de la gente. Es un problema del servicio. Un problema creado por una industria que pinta a la innovación como una amenaza a su anticuada receta comercial.”

Quizás Netflix tenga más valor por conocer el comportamiento de sus usuarios que por el pago mensual. "Mostramos al mundo lo conveniente que podría ser si la industria del cine se amolda al siglo 21". Abad derribó la compuerta que estancaba a toda una industria. Hoy vale más una compañía que maneja información que una de alimentos. Consumimos más información que pan. Mientras la información ejerce presión por diseminarse, cada sector cuida sus posesiones con barreras porosas.

El mundo antiguo se arma y ataca a sus clientes en vez de escucharlos. Nuestros hábitos en los medios eléctricos nos ha ido transformando, dejamos de ser sólo receptores. Nos volvimos instrumentos para que la información pueda trasladarse, crecer y transformarse. Hay mucha confusión en el nuevo ambiente global y envolvente con su acceso casi irrestricto a toda la información disponible.

Las filtraciones de alta confidencialidad son cada vez más frecuentes. Wikileaks, Snowden, Panamá Papers, Chelsea Maning y los casos de abuso sexual son una pequeña muestra de cómo el velo se va descorriendo de manera tan brutal que no llegamos a reaccionar. Noticias de manipulación del ambiente o corrupción corporativa se revelan y de inmediato son tapadas por otra ola de información, una película no estrenada o el hackeo a un servicio que usamos. Además se crea ruido artificial imponiendo temas de agenda para crear más neurosis.

La información quiere ser libre pero la ahogan los modelos de negocios de la era industrial. Algunos ensayan nuevos esquemas en donde se compra un poco de nuestra información. La publicidad paga a los medios de comunicación por un poquito de nosotros, por nuestra atención. Entonces, reflexionan ¿Por qué no pagarle directamente al lector, oyente o espectador? Los mecenas de los medios empiezan a conspirar para prescindir de ellos.

Los diarios reaccionan levantando murallas como los paywall. Solo acceden los que pagan. ¿Pero para qué pagar si otros me lo dan gratis? La información es como el agua que busca el camino que le ofrece menor resistencia. Entonces se expresa en medios alternativos, blogs o redes sociales. Los medios de comunicación tradicionales se enfrentan a una realidad que no conocían y ensayan cómo enfrentarla.

Algunos reaccionan como niños caprichosos y buscan llamar la atención con sensacionalismo y provocación algo que los lleva a la destrucción de su credibilidad. Otros quieren cobrar lo que es gratis. Pero pasan por alto el nudo de la cuestión. Tomamos la costumbre de interactuar y participar con la información. Si no hay intercambio no se produce la sinapsis. Las industrias culturales e información son las nuevas comunidades. Y en las comunidades todos quieren tener su voz y participar.

 

(*) Alejandro María Correa es Investigador de medios de comunicación


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