SOCIEDAD
BASURA

Un problema sin resolver

A pesar de que se tomaron medidas y se puso en marcha la campaña de concientización, aún no se ven buenos resultados.

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Inmediatamente después de la inseguridad nuestra de cada día, la basura –también nuestra y de cada día- es el tema que más preocupa a los porteños.

Sería redundante y hasta baladí describir el calamitoso estado de ciertas veredas, calles y esquinas de la ciudad, convertidas en una suerte de reservorio de desperdicios. Lo sabemos, lo vemos y lo padecemos cotidianamente. Mantener limpia una ciudad con más de 3 millones de habitantes y con otros 3 millones que ingresan cada día es una tarea titánica, pero es a la vez una obligación insoslayable del Gobierno porteño.

A través del Ministerio de Medio Ambiente, el ejecutivo está encarando una batería de acciones que parecen estar dando algunos resultados. A esto se suma una profunda, ambiciosa y muy necesaria campaña de concientización dirigida a los vecinos que, cabe señalar, no siempre muestran actitud cívica a la hora de cumplir normas.

El registro de cooperativas que reciclan desperdicios, cursos a empresas para una producción más limpia, capacitación a barrenderos/as, instalación de contenedores en esquinas “calientes”, y separación de los residuos según su composición son algunas de las iniciativas motorizadas por Medio Ambiente, acciones que, lógicamente, necesitan un tiempo de maduración.

Pero también apela a una estrategia que podría denominarse de “escrache y culpa”: los días sábados -cuando no se puede sacar la basura pero sin embargo se depositan en aceras y veredas más de 700 toneladas-, realiza un relevamiento fotográfico de determinadas calles, donde se evidencian los frentes donde hay bolsas de residuos que no deberían estar.

Así, en 77 cuadras de Villa Urquiza se registraron 138 infracciones, en 117 de Caballito, 160 y en 97 de Once, 264. Pero no se focaliza en un componente fundamental de esta problemática: los cartoneros.

Para muchas personas, salir a cartonear hace la diferencia entre comer y no comer. Se ha convertido en una suerte de negocio-profesión, que nació forjado por la crisis de 2001-2002, que tuvo desarrollo propio, pero que no se extinguió con la reactivación.

Los cartoneros recorren la Ciudad, a veces con sus familias, en busca de sustento, que se traduce en papel, cartón y vidrio que extraen de las bolsas, mientras que los residuos menos “redituables” quedan esparcidos; aunque la bolsa se haya sacado en tiempo y forma. Evidentemente, hay unos pocos que ganan mucho, y no son precisamente los cartoneros.

Resulta sorprendente ver ciertas esquinas porteñas preñadas de carros, changos y camionetas destartaladas, convertidas en centros de acopio e intercambio. “Es mejor que hagan eso a que salgan a robar”, argumentan no pocos vecinos.

Lo cierto es que el debate referido a como encauzar esta cuestión está pendiente. Mientras, la Ciudad sigue sucia.